1ª PARTE BIO BIO SANGRIENTO

CARABINERO BERNARDO SAN MARTIN

 

Este libro se terminó de imprimir, en el mes de Septiembre    de     1974.

a todas las victimas caidas en la revuelta de ranquil

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"BIO-BIO SANGRIENTO",

Cuyo autor es el Sargento 1? Germán Troncoso González, de dotación de la 5« Comisaría Curacantín de la Prefectura de Malleco, vivió su Infancia en los alrededores de la Vega Central, sector en donde cultivó amistades cuya influencia habría podido llevarle más fácilmente al campo del delito que al del orden. Sin embargo, ingresó a Carabineros, y así como demostró ser capaz de sobreponerse al medio, ha demostrado también ser capaz de sobreponerse a las limitaciones de una educación incompleta, esa puede ser la causa de algunos ripios en la construcción de sus frases.
Sin embargo, posee un natural dominio del relato, que con prosa sencilla, manejada hábilmente, crea suspenso y despierta el interés por conocer el desenlace.
La novela narra los hechos conocidas como los "Sucesos de Ranquil", ocurridos en la década del 30, en la región de lonqulmay. Al ser trasladado a esa zona, se despertó en el Sargento 1? Troncoso un enorme interés por conocerlos en detalle, y su cruda realidad le conmovió al punto de decidiese a escribir sobre ellos una novela.

COMENTARIO

DIEGO MIRANDA BECERRA,

Tte. Coronel de carabineros.

RECONOCIMIENTO


A todos aquellos que, participando en los acontecimientos ocurridos en Ranquil en el año 1934, o a consecuencia de ello, hicieron posible recopilar estas páginas.
Marcelino Fernández Sáez y Eusebio Urra Aburto. dos de los diez Carabineros que llegaron al sitio del suceso.
Osear Montoya y Anacleto Córdova Estrada, Cabo y Carabinero respectivamente, que servían en el Retén de Liucura, dependiente de la Sub-comisaría Lonquimay.
Celmira Belmar Barros cónyuge del Carabinero Fidel Montoya Villagrán, asesinado en los luctuosos sucesos.
Isidoro Llanos, profesor Municipal en esa fecha y que dirigía la única Escuela del lugar.
José Silva, peón de la Hacienda Guayalí, que en compañía de cuatro hermanos y su padre, fueron obligados a plegarse al movimiento subversivo.
Pablo Siade, oficial de la Guardia Civil que se estableció en Lonquimay, al quedar desguarnecido de Carabineros.


Marne Hidalgos,

Vecina de Curacautin.

CAPITULO I

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El tren corría monótonamente; cada cierto tiempo se detenía en las pequeñas estaciones de ese ramal. Un hombre, cuyo físico e indumentaria desentonaba con el resto de los pasajeros por lo distinguido, levantaba la vista de un libro que iba leyendo y miraba largamente hacia el campo a través de las amplias ventanillas del vagón de tercera clase.
A su lado, tres hombres tragaban cerveza tras cerveza, como si fueran las últimas bebidas que consumirían en su vida. Al conversar, lo hacían a gritos, obstaculizando, visiblemente, la lectura del primero, quien miraba ahora hacia todos los lados, buscando un sitio donde cambiarse. Pero era inútil: bultos, paquetes, sacos, bolsas, catres, chuicos y cajones, ocupaban todos los lugares disponibles. Pareciera que las tiendas de Curacautín, lugar de donde salía el tren con destino a Lonquimay, hubiesen quedado desocupadas.
Hombres y mujeres bebían y fumaban al unísono, mezclándose los olores de tabaco y alcohol, a los de la transpiración, emanada de cuerpos fornidos, acostumbrados a talar árboles o trabajar la tierra.
Algunos asientos más atrás, viajaban dos parejas de mapuches distinguiéndose las mujeres por sus atuendos

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de monedas de plata alrededor del cuello y sus mejillas pintadas con coloretes, hecho de ladrillo.
En ese mismo instante, el inspector, con su inconfundible gorra azul, le pedía los boletos a unos de los mapuches. Este por más que se trajinaba, no lograba encontrarlos. En su dialecto, seguramente, se los pedía a sus compañeros; pero estos hacían gestos negativo? con la cabeza.
—No señor dijo humildemente el indígena.
—Si, "no tenerlo, señor"— gritó encolerizado el funcionario, agregando.
—Estay acostumbrado a viajar gratis en tren; pero ahora no señor; te buscay los boletos hasta que lo; encontris; y si no, tienes que pagar.
Como el otro insistiera en seguir buscando, de nuevo explotó el de la gorra.
—¡Apúrate, apúrate! No creas que voy a estar todo el día aquí contigo...
Ambas mujeres metieron las manos debajo de los refajos, hurgueteando hasta sacar unos billetes arrugados, entregándoselos a sus hombres; y éstos, a su vez. sin levantar la vista, como si con su acción hubieran ofendido al inspector, le alcanzaron el dinero.
En el carro no se escuchó ninguna palabra de desaprobación como si eso fuera la cosa más natural del mundo; es decir, casi ninguna palabra, porque uno de los bebedores

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se atrevió a decir, pero con el cuidado de que no le escuchara el conductor:
—Con los gritos que da este hijo de perra, no deja conversar.
Al rato, el que leía, se levantó y con ánimo visible de estar más tranquilo, pasó a otro carro, que también era de tercera clase, continuando hasta llegar a uno de primera clase. Allí estaba el hombre de la gorra, que con voz ronca gritaba:
—Todos los boletos, señores, todos los boletos.
En su carrera recolectora, se detuvo al lado de un señor que leía "El Mercurio". Este, con toda parsimonia, dejó a un lado el periódico, bajó lentamente los pies que tenía sobre el asiento que se hallaba delante de él y sémi sentado, vació un bolsillo de su chaqueta, después otro y otro, sin encontrar el pasaje comentando entre los trajines:
—¿Porqué la Empresa hará los boletos tan chicos? El de la gorra, simulando una sonrisa, agregó.
—Efectivamente, señor, esa es la queja de la mayoría de los pasajeros.
—No me explico. Recién lo tenía por aquí... Perdone que lo haga esperar con...
—No, no señor. Nosotros estamos para atender en la mejor forma posible a los pasajeros Adoptando un aire servil, agregó en forma zalamera.

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—No hace falta que lo siga buscando. Seguramente se le ha caído y debe estar en alguna parte.
Se alejó el funcionario con aire feliz. Parecía tener aureola.
En el carro se encendieron las luces.
El pasajero lector comprendió que irían a pasar por el túnel "Las Raíces", el más largo de Chile. Automáticamente miró su reloj, pensando, al mismo tiempo, en la veleidad del inspector.
En Lonquimay las estrellas se habían apoderado del firmamento. El lugar estaba oscuro. Sólo a una centena de metros se divisaba una débil luz que se movía. Al bajarse del tren, el pasajero lector se dirigió a una sombra que pasaba:
—¿Dónde queda la estación?
. y la
—¡Ja, ja ja! Se ve que usted no es de aquí.. sombra se alejó junto con su risa.
Caminando, el forastero insistió en su pregunta a dos personas más, sin recibir respuesta alguna. Así llegó a un destartalado vehículo con pretensiones de bus, a cuyo lado, una antigua diligencia del oeste norteamericano se habría sentido aerodinámica. Después de preguntar si el vehículo le llevaría donde tenía que llegar, subió los arrugados peldaños. Dos pasajeros conversaban a viva voz:
—¿Cuándo irán a poner luz en la estación? —¿Estación compadre?

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—Bueno, si no hay estación, por lo menos en el lugar donde se detiene el tren. Antes de llegar acá metí las patas en un charco profundo.
Varios se rieron de buena gana.
El mal iluminado pueblo se hallaba a un kilómetro. Finalmente el conductor le indicó el lugar donde debía bajarse. Mientras cancelaba el pasaje, se percató de que era objeto de una severa inspección topográfica. Bajo su voluminosa valija, pensando en lo fácil que es para esa gente notar a un extraño. Así cavilando subió los tres escalones que llevaban a la casa de su destino. A un lado de la muralla, junto a la puerta, había un letrero:
CARABINEROS DE CHILE TENENCIA DE LONQUIMAY
En la Guardia, entregó una hoja oficio, doblada en cuatro. El que la recibió, la abrió y leyó en voz baja, mientras el forastero se presentó:
—Buenas noches, compañero; Cabo Luis Vásquez,
Como todo recién trasladado, se sentía cohibido y sólo deseaba cumplir con las normas del Reglamento y retirarse a descansar después del largo viaje.
—Bien, mi Cabo. Puede alojar en la pensión que tiene un jubilado del Cuerpo, en la calle Independiente. Y le indicó como llegar allí.
—Gracias; buenas noches. —Buenas noches, mi Cabo.

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CAPITULO II
A la mañana siguiente, el Cabo Vásquez se afeitó y tomó desayuno. En el comedor, fue observando detalles que la noche anterior no podía hacer por falta de luz y por el cansancio. En la pared más larga de la galería, colgaban dos grandes cuadros: uno era del ex Presidente de la República y el otro, de ex Director de Carabineros. Entre éstos y a los lados había cuadros menores: la promesa de servicio tenía un bonito marco; un banderín conmemorativo del aniversario del cuerpo y un retrato que mostraba dos Carabineros delante de un hito de frontera. El uniforme correcto, carabinas al hombro; pero lo que causó la sonrisa del recién llegado, era la posición "a discreción" de uno de ellos. Al darse vuelta, se encontró con el dueño de la pensión... y era precisamente el que, en el retrato, se hallaba en postura incorrecta:
—¡Montoya, para servirle! ¡Vásquez, señor!
El forastero miró su reloj y se percató que sólo faltaban tres minutos para presentarse en el cuartel.
En la Tenencia, los compañeros demostraban avidez por conocer los últimos acontecimientos de la Capital, mientras que el nuevo en la zona, indagó sobre Icalma, destino

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final de su servicio. El jefe, le comunicó que no podría partir antes de diez o quince días y que mientras tanto, tendría que efectuar algunos servicios en la región donde se hallaba. A su orden mi Teniente.
En la pensión, jubilado y Cabo hicieron muy buenas migas. Después de la cena, el primero se dedicaba a contar anécdotas de su vida de servicio en la zona, ya que, casi todo el tiempo lo había hecho allí. Aquella noche, el tema era Ranquil en 1934. Parecía un tema predilecto del lugareño, cada vez que se presentaba un afuerino.
El Cabo puso atención, ya que estaba acostumbrado a escuchar, en Santiago, versiones nada favorable a Carabineros, en los acontecimientos mencionados. Se los llamaba "La Matanza de Ranquil" recordaba grandes cartelones en desfiles y consignas:
MASACRADORES DEL PUEBLO: SAN GREGORIO,

LA CORUÑA Y RANQUIL"
En medio de una pausa de Montoya, el auditor dijo:
—Soy nacido y criado en la Capital y siempre tuve la creencia de que lo de Ranquil había sido una felonía de Carabineros.
El otro le contestó con una pregunta: —¿Le gusta leer? —Mucho.

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El dueño de casa se levantó y tomó la dirección de su dormitorio. Al rato, regresó con un libro en las manos:
—Tome; léalo.
El pensionista estaba impaciente por dejar la compañía, por lo que, en la primera oportunidad, se despidió y subió a su cuarto.
Esa noche y la siguiente, en el dormitorio de Vásquez la llama de una vela danzó ondulante hasta la madrugada. A la hora de la cena, del tercer día, devolvió el libro. El dueño le preguntó con una sonrisa de satisfacción.
—¿Le gustó?
—Sí, pero no deja en muy buen pie a Carabineros,
—No le haga caso. Esa es la versión de los "rebeldes" y no es la real. El dueño de casa echó leña al fogón da la estufa de fierro y se acomodó en un sillón, indicando al cabo que acercara su propio asiento al calor. Este último, obedeció en seguida, comprendiendo que su interlocutor se preparaba a una larga velada; y así fue.
El relato fue largo y con emoción en muchos pasajes. Era impresionante ver a ese hombre rudo de las montañas, arrugado por los vientos y el sol, enjugarse las lágrimas con su pañuelo de color.
Ya eran más de las dos de la madrugada, cuando dio señales de terminar, con las siguientes palabras:
—Si usted quiere comprobar todo esto, hay muchos hombres y mujeres que viven en estos lugares; y aquí

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Mismo, en Lonquimay, que fueron testigos oculares de los hechos. —¿Haría el favor de darme algunos nombres?
El narrador nombró una veintena de personas y el otro tomó nota de ellas en una libreta:
—Puede ser que encuentre a estos testigos, porque el asunto me interesa sobremanera. Miró su reloj: Son las tres. Buenas noches y gracias por todo.
Los dos se retiraron a sus respectivos dormitorios. * * *
Cuarenta y ocho horas después da la conversación del Cabo Vásquez con el dueño de la pensión, se produjo una coyuntura para el primero: iba a acompañar a una patrulla que tenía entrevista con el personal del Retén de Troyo en el balseadero de Caracoles. Era el mismo sitio de los acontecimientos de Ranquil. El recién llegado se ofreció como voluntario para la partida. Fue aceptada su oferta y se le asignó al Carabinero Morales, quien llevaba, como lo aseveraba con orgullo, "veinticuatro años en la Institución", de los cuales, veintitrés los pasó en estos lugares.
Vásquez recibió su equipo de cargo, menos silla de montar, por no haber existencia en el almacén. Sin embargo, el hombre de guardia le facilitó sus aperos. Pero el Carabinero de ciudad, no sabía muy bien el oficio de

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ensillar. Hugo risas y ayudó. Al atardecer, todo estaba listo y los dos hombres partieron hacia los cerros.
Más o menos a las dos horas de cabalgar, una hermosa luna se iba empinando, lentamente, sobre los macizos cordilleranos, permitiendo observar claramente el paisaje. La soledad y el silencio impresionaron profundamente al Cabo. Lo único que se escuchaba era el monótono golpear de las herraduras sobre el gredoso suelo.
—Estamos, aproximadamente, a unos doscientos metros de la balsa mi Cabo. —Dijo Morales.
Vásquez no tenía ánimos para contestar. El cansancio y los dolores en todo el cuerpo le privaron de las tentativas de responder. Lo único que quiso, era bajarse del caballo y tenderse en alguna parte; ya que sentarse tampoco podría. Como si alguien quisiera aliviar sus pesares, se escuchó de pronto una melancólica voz, acompañada por una guitarra. Poco a poco se hizo posible distinguir el sentido de la canción a través de las palabras. Desmontaron cerca de la casucha de donde salía el canto. Ahora se oía claramente.
En la segunda quincena de Junio del treinta y cuatro de triste y grandes escenas han quedado negros rastros. En leones, tigres e hienas Se convierten corazones.
Morales explicó.


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—Esas son las décimas de los sucesos de Ranquil. Cinta el encargado de la balsa.
—Me parece encontrar relación entre el canto y el relato que me hizo Montoya de estos mismos hechos.
—¡Ah! el huacho Montoya. El sabe mucho de esto mi Cabe.
Vásquez meditó unos segundos y después preguntó: —¿Dónde se llevará a cabo la entrevista?
—Aquí mismo, mi Cabo. Y ¿Por qué no aprovechamos de pasar al rancho? El lanchero es reuena persona.
El jefe de la pareja aceptó, más que nada por curiosidad. Aún quedaban algunas horas de espera.
El Carabinero golpeó la puerta. La voz y la guitarra enmudecieron:
—¿Quién es?
—Morales, del Retén Lonquimay.
—¡Ah! El señor Morales, de Lonquimay era una voz con ironía agradable.
—¡Abran, muchachos! ¡Abran!
La luz de los lamparines encandiló a los uniformados
los primeros momentos; lo que fue aprovechado por los
de la casa para empujarlo, festivamente, hacia adentro.
Saludaron efusivamente al Carabinero y frente al
Cabo conservaron un poco de reserva, el dueño de casa,
se jactaba de conocer a todos los uniformados de

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la zona, se extrañó por no serle familiar la cara de Vásquez. Este explicó:
—Efectivamente, soy recién llegado a estos lados...
—Tomen asiento, mientras les servimos una cazuelita, para que se calienten un poco.
Vásquez hizo un ademán de agradecimiento, como para rechazar la molestia; pero el Carabinero le hizo un guiño significativo, no dejándolo hablar. Cuando quedaron unos segundos solos, le dijo:
—Esta gente es muy carnosa y si usted rechaza una atención, lo toman como ofensa... Y después de todo, ¿Quién lo va saber?
—Tiene toda la razón. Comamos pues cazuela.
Acababa de pronunciar estas palabras, cuando una mujer joven y saludable, avanzaba con dos humeantes y olorosos platos.
El lanchero entregó la guitarra a unos de sus amigos, quien de inmediato entonó una cueca, que todos cantaron, mientras tres parejas se aprestaron a bailar. Ei ambiente era realmente agradable.
Una vez terminada la comida, el Cabo expresó la idea de conocer más detalles del tema de la canción quo escuchó al llegar.
—Quizás no sea la mejor oportunidad para ello; pero como me tengo que presentar pronto al Retén de Icalma, posiblemente no tendré otra para saber lo que me interesa.



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Un muchachón alto se dirigió al lanchero:
—Cuéntale, padre. El Cabo es afuerino antes que le cuenten las cosas de otro modo, es preferible que sepa como se vivieron.
CAPITULO III
El veterano, como si quisiera apelmazar sus recuerdos, se tomó la cabeza con ambas manos, para hacer brotar las ideas con más facilidad y comenzó el relato:
—"Mi Cabo, para hilvanar los hechos, hay que remontarse al año 1914. Pero UD. pensará" ¿Y qué tiene que ver esa fecha?". Sin embargo existe una relación. En la época de la Primera Guerra Mundial, las condiciones de aquí eran iguales, casi como las de ahora, sólo que aumentaron los colonos y disminuyeran los indígenas. Debe considerarse también que las distancias son enormes, entre un lugar habitado y otro, mientras que los caminos de entonces eran peores que ahora. Para llegar a Ranquil, sólo se contaba con una huella de carreta y no habla posibilidad expedita para enviar mensajes a Lonquimay. En invierno la muía se demoraba ocho a diez horas y en verano, seis; ya que aquí sólo se conocen esas estaciones del año, porque los cambios son bruscos y no se notan las de primavera y otoño. En invierno, el puelche castiga la zona cruelmente, llueve y nieva continuamente. El frío termina metiéndose en los huesos, llegando, a veces a treinta grados bajo cero. El verano dura apenas

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tres a cuatro meses y es la época en que los pobladores aprovechan para vender sus productos y animalito* menores, traen mercaderías para abastecerse para el mal tiempo. Sin embargo, hay pobladores, la mayoría de ellos, que no tienen nada que vender, y por lo tanto, nada que comprar.
"Los indígenas forman la mayoría de estos últimos. Apenas se alimentan con piñones de las araucarias".
"Desde Lonquimay venían, de vez en cuando, comerciantes, con el fin de adquirir cueros de animales y lanas. También compraban el poco de oro que podían reunir algunos residentes.
El año mencionado, José Torres, un comerciante que acostumbraba a viajar a Ranquil en carreta, llegó acompañado por un compadre suyo, con dos vehículos, acamparon a la orilla del Bío-Bío alto. Al día siguiente dejando las carretas atrás, montaron en cabalgadura-;, llevando delante suyo unos bolsas de cuero de chivo, llenas con aguardiente. Se dirigieron a Raleo. Esa temporada eran ellos los primeros hombres blancos que llegan allí. A mediodía alcanzaron el bosque que daba a la reducción indígena. De pronto, divisaron a una muchacha india que al verlos, comenzó a correr hacia el poblado, a través del bosque. Los hombres se miraron significativamente y emprendieron la persecución. En un claro, Torres tiró el lazo y atrapó a la niña, arrastrándola unos metros antes de detenerse. En resumen, mi Cabo, la violaron bestialmente...

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El narrador se veía impresionado por los recuerdos. Sin embargo, continuó:
__"La niña tenía dieciocho años. Quedó botada allí durante varias horas, entre consciente y sin sentido Fue propio hermano, quien salió a buscarla, que la encontró en ese estado. Allí mismo comenzó a interrogarla; pero soberbia mujer no despegó los labios, hasta que, cansado y malhumorado, él le lanzó el insulto: "india tenía que ser".
Ese año, en Septiembre, la nieve era aún dueña del lugar. La niña violada había quedado encinta; y, para evitar la furia de los padres se puso en las manos de una "Machi", para provocarse la pérdida. La "Meica" era de otra reducción, por razones de discreción. Volvió a su casa con una botella con un brebaje oscuro que bebió en la noche y al día siguiente. Ese día no pudo levantarse de su jergón de cuero de oveja, relleno de quila. A la india vieja le entró cuidado por su hija y comenzó a revisarla. No obstante saber del embarazo, le pareció muy hinchada la niña. Nuevo interrogatorio y nuevo mutismo. Ante la actitud de la muchacha, la madre llamó a la machi del lugar. Esta, preparó otro brebaje y se lo hizo tragar a la enferma. Era para apurar el parto. La india transpiró copiosamente y después de dos horas de "ayes", parió un robusto varón. No obstante, como aún faltaban quince días para que se cumpliera la fecha del alumbramiento, la placenta no fue expulsada aquel día ni ?.l día siguiente. La noticia de la enfermedad de la Carmela (nombre de la muchacha) corrió por la reducción y la casa se llenó de gente. Los hombres se reunieron al rededor-

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de la cocina-fogón y las mujeres en el cuarto de la niña. Al rato de estar allí, los visitantes comenzaron a protestar por la poca atención que recibían de parte de los dueños de casa, ya que se trataba de uno de los indios más pudientes del lugar. A la hora de comer, la que hacía de cocinera, echó agua y harina cruda a la olla y preparó una sopa delgada. Las murmuraciones se hicieron más audaces, hasta llegar a los oídos del padre de la enferma, quien dijo:
"Carneen un cordero de la Carmela. Para eso ella tiene".
"El hermano, aunque de mala gana, montó en un ca bailo y encerró un piño en el corral. Una vez que encontró al animal con marca de su hermana, lo sacó del grupo, lo acarreó hasta cerca de la ruca y lo sacrificó Todos estaban contentos, después de engullir una suculenta cena".
Nuevamente, el lanchero se detuvo. Encendió un cigarro liado a mano, dio unas chupadas fuertes y continuó:
—"Al tercer día, la placenta aún se encontraba en el vientre de la Carmela. La Machi reunió a las mujeres y, revisando el tamaño de las manos de cada una de ellas, mandó a la de las extremidades más pequeña, que extrajera la bolsa". Esta obedeció. Después de un rato de forcejear, sacó una masa informe de pellejo hediondo, que esparció el olor en todo el recinto. La enferma se hallaba ski conocimiento. Entonces la Machi dijo: "Carmela ta mal sacarla fuera". Ahora todos sabían que la muchacha estaba muy mal".
"Rápidamente fabricaron una camilla y unos mocetones cargaron a la enferma y partieron hacia el paso de Cara-

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s nevando pan, charqui y carne asada. Apenas habían uñado unos tres kilómetros, el hermano de la muchacha hizo parar el cortejo. Carmela tenía los ojos entelados y desaparecía el brillo. A los pocos minutos, el ven tenía en sus manos un cadáver; la abrazó y la besó con ternura, clamando venganza por la víctima. Inmediatamente tomaron el camino de regreso. Aún se encontraron algunos invitados en la casa. Se comenzó a armar el ataúd con madera rústica, pintada con alquitrán El padre hizo carnear un caballo, manjar predilecto de los indios. Se adquirió grandes cantidades de vino y chicha de manzana, para todos los días del velorio".
Tres días permaneció el cadáver sobre una tarima la muchacha fue adornada de sus mejores atavíos y Joyas de plata. Grandes velones de cebo la rodearon y cada hora que pasaba le llevaban alimentos que colocaban al costado del catafalco. Al cuarto día, fue faenado otro caballo; pero esta vez, el animal era de un colono. Pero, la voracidad era tan grande, que difícilmente alguien hubiera encontrado huella de él. Al atardecer, el cadáver fue colocado en el cajón y conducido al cementerio de la reducción.
CAPITULO IV
Aquí el relato del lanchero se iba haciendo impersonal y el Cabo Vásquez comenzó a vivir la historia como si fuera de su conocimiento personal. Los personajes cobraron animación y empezaron a moverse por sus propios medios:


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—"El niño de la Carmela fue llevado hasta el fundo Huallaly para que lo amamantara una paisana que acababa de perder a su guagua, recién nacida. Entre tanto, el hermano de la víctima, ocupó su tiempo en averiguar quien era el padre del sobrino. Finalmente llegó a la conclusión que tendría que haber sido el huinca Torres".
—"Inscribió al muchacho en Lonquimay con el nombre de Mariano Torres Maripil, hijo de José Torres y Carmela Maripil; padre no compareciente. Su infancia de huérfano, fue similar a la de otros niños indígenas. Cie-ció al lado de su madre de leche y continuamente viajaba a la reducción de sus abuelos. Sin embargo, pese a las costumbres indígenas que iba adquiriendo, se sentía mal en la tribu. Prefería la amistad de los blancos. Especialmente le agradaba pasar al Retén de Carabineros de Guayali, donde compartía quehaceres con los funcionarios policiales.
"Al cumplir los quince años, se empleó como mozo en el Retén ya que llevaba tres años conviviendo con los uniformados y nunca hubo la menor queja de parto de la tropa".
"Una mañana, después de varios días malos, amaneció despejado. Torres Maripil se levantó temprano y tras de forrajear al ganado, preparó el desayuno para el personal, cebando, entre tanto, un mate".
—Aquí el relato cobra vida y el narrador se hace intérprete literal de los diálogos de la narración:
—"Buenos días, Mariano saludó el Cabo.

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—"Buenos días, señor —Respondió el muchacho, al mismo tiempo le pasó el amargo a su jefe.
Mientras los Carabineros se alimentaban, tomando grandes tazones de leche y comiendo tortillas de rescoldo con queso caliente, el Cabo Rafael Bascuñan, Jefe del Retén, comunicó al joven que debería acompañarlo en misión de patrullaje, porque los otros dos Carabineros tendrían que partir a Lonquimay.
A la media hora, los dos estaban montando sus caballos, listos para partir. El Cabo le preguntó:
—"¿Llevas el "roquín"?
—Puedo olvidar cahuello (*); pero nunca el roquín
Los dos jinetes cabalgaron con calma sobre la nieve. Pasaron a descansar a uno de los ranchos de los cuidadores del fundo Guayalí. Allí se informaron que no había novedad en el contorno. Sin embargo, mientras tomaban un mate, sus vistas cayeron sobre un novillo descuerado y despostado, que colgaba en una viga.
—Usted no es ná fijado para comer carne, don, dijo el policía, riendo.
—Así no más es; pero no po'emos comerla. Tenemos que quemarla.
—¿Quemarla? —preguntó extrañado el uniformado, —Seguro; novillo dar picada-intervino Mariano.
(*) Caballo (vocablo costumbrista).
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—Que pica ni que ocho cuartos, ¿estos indios desgraciados de Ralco, por venir a cazar liebres al mallín, corrieron con los perros a los vacunos y este se cayó a un pantano.
—Pero, ¿quemarlo?
—Sí mi Cabo. Esa es la orden que teñimos del administrador.
—Pero no es posible, cuando hay tanta gente hambrienta; incluso los mismos indios de Raleo.
—Sería premiar más encima a esos condenados, señor Bascuñan... El patrón, on Alhagaray dice que la muerte de los animales desprestigia el fundo. Por lo tanto, hay que quemarlos.
Mariano recordando su condición de cocinero, hizo un gesto significativo al Cabo, indicando al animal colgado
El jefe comprendió y dijo:
—Ya que lo va quemar, ¿por qué no me hace la "gauchada" de venderme un trozo y así se ahorra leña?
—Tiene toda la razón —contestó el cuidador. Vale más la leña que se quema que la carne, ¿Y si después saben los patrones...?
—¿Quién va a decirle? insistió Mariano. —Si es así, les pasaría un costillar. —Preferible una pierna, don —replicó Bascuñán.
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Envolvieron la pierna en una manta del mozo y una vez que estuvo montado, la alzaron entre todos. Antes de retirarse, el Cabo preguntó.
—¿Cuánto le debo?
El cuidador quedó pensativo un rato. Después contestó:
—No me debe nada, mi Cabo. Total, después nos iremos de gauchada en gauchada.
Hasta allí llegó el patrullaje. No podían continuar con 1?. carne a cuestas. Mientras regresaban, Mariano preguntó:
—¿Por qué huinca odiar tanto?
—Acuérdate que yo también soy huinca.
—Tu ser otra cosa. Otros blancos querer ver muertos a todos los paisanos.
—Será por los daños que hacen...
—Más daños hacen chilenos, —replicó el muchacho, con ira.
El policía le contestó, molesto:
—Te he dicho mil veces que a los blancos no tienes por qué decirles chilenos. Tú y los tuyos son más chi¬lenos que todos nosotros.
Al mismo tiempo que decía esto, exigió con las espuelas a su cabalgadura, como, si estuviera enojado con alguien. Al rato pensó con satisfacción que le preocupaba el porvenir del mozo".

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CAPITULO V
El lanchero, antes de continuar con el relato, tomó la guitarra y cantó la siguiente décima:
"Leiva Tapia el cabecilla
era aquel gran dirigente
con sus palabras sencillas
puso el valle al corriente".
Vásquez, como si despertara de un sueño, nuevamente se percató que no estaba observando los hechos, sino que escuchando una historia. Sin embargo, a medida qua el rumor de las palabras del narrador entraban en su mente, el cuadro con sus variaciones se hacía cuerpo otra vez.
—"Era verano del año 1934. El lavadero de oro del Tallón, de propiedad fiscal, estaba en plena explotación. Se hallaba a quince kilómetros de Lonquimay, en dirección a la frontera con Argentina. En la misma época se comenzaba la construcción del túnel de las Raíces. Inmediatamente se notaba la diferencia de salarios que había entre los obreros camineros y los agrícolas do la zona. Estos últimos se percataron de su miseria, viendo y haciendo comparaciones.


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Juan Segundo Leiva Tapia, era uno de los colonos, avecindados allí. Recibió ochenta hectáreas y vivía con su mujer, Valentina Muñoz, y sus hijos Juan Lenin y Rubén. La hijuela estaba ubicada en Pehuenco y le puso por nombre Santa Rosa.
Leiva había nacido en Neuquén y se crió, hasta los cinco años en esa ciudad argentina. Pero a la edad mencionada, sus padres lo trajeron a Chile. Aquí se educó; y según dicen, cursó hasta segundo año de Derecho. Pertenecía a un partido político de extrema izquierda. Sus jefes se dieron cuenta inmediatamente de los dones de líder del muchacho y lo encargaron de la misión de organizar a los colonos e indígenas de la zona. Las condiciones se iban dando favorables, por la miseria que aumentaba continuamente, por el atraso en materia educacional, por los permanentes desalojos con orden judicial. El argumento de los dirigente? era "abuso de autoridad". En el sector privado, las pulperías explotaban inicuamente a los vecinos. Con la ayuda de un ex minero de Lota, llamado Alarcón. Leiva organizó un sindicato campesino, reuniendo en él los inquilinos y pequeños propietarios de Trabul, Nitrito, Ranquil, Lolco y Lonquimay. Esta última sede de la entidad. Leiva fue elegido presidente y el minero, secretario. En nombre de esa federación, el presidente del sindicato asistió a un congreso campesino realizado en Temuco.
Durante una de las sesiones de ese congreso, Leiva expresó sus ideas políticas y, por recomendación de los ¿Ingentes, tuvo que abandonar el evento. Inmediatamente

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organizó una fracción de delegados y constituyó un congreso paralelo y disidente.
Al regresar a Lonquimay, sus compañeros prepararon una amplia reunión, con asistencia de obreros de la zona, en el único hotel de la ciudad. El presidente del sindicato, junto a otros dirigentes, fueron clasificando los poderes de los asistentes y una vez constituida la asamblea, Leiva pronunció un violento discurso en contra del Gobierno de las autoridades de la zona y de los que tenían fortunas.
De pronto, en medio de una pausa del orador, se levantó Alfonso Zañártu, guardabosques de la Reserva Fiscal de Troyo, y con voz potente, dijo:
—Todo lo que está diciendo usted, señor Leiva, es mentira. Sus intenciones políticas las conocemos todos ¿ y no nos dejaremos engañar. Sólo los tontos le creen...
Se armó una batahola en el local y los dirigentes optaron por clausurar la reunión ahí mismo. A la salida, Leiva se topó con Zañártu:
—Me la tendrás que pagar, desgraciado. Zañártu intentó castigar al ofensor; pero se metieron varios amigos y lo separaron".
"Leiva Tapia era abogado también era profesor un rebelde consumado era un gran agitador. Por esas orillas sembró el pánico más grandioso

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Que allí se cometieron los crímenes más alevosos y los indefensos vieron grandes hechos desastrosos.
La intranquilidad creció en la zona en forma alarmante. En el fundo Lolco, los colonos fueron notificados de desalojo y de que se les iba a trasladar a otros lugare3 de propiedad de Estado. El dueño del fundo, inmovilizado por una parálisis en la Capital, alegaba ocupación ilegal y ganó el pleito. Los vecinos se movían de una casa a otra, aconsejándose unos a otros.
En la casa de Riva, los lamparines a parafina estaban encendidos. Los perros ladraban furiosamente, anunciando visitas. El viejo como lo llamaban, se inquietó poique en muchas oportunidades se vio metido en líos por sus bravos canes. Salió al patio e hizo callar a los animales. Una voz fuerte se escuchó en las sombras:
—Retire sus perros, don' Rivas; para poder pasar.
Los perros rodearon al amo, con las colas entre las patas:
—Adelante don, pase.
El recién llegado amarró su caballo a la vara, retiró la tranca de la puerta y entró. Se trataba del hijo de Vicente Rivas, pariente suyo, cuyas visitas se sucedían últimamente con frecuencia.
Entraren al comedor y cerraron la puerta tras sí. Todo lo que habían tratado en las visitas hechas por el joven, era un secreto para la familia del "viejo" Rivas. Ahora el

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muchacho extendió un mapa en la mesa. Era el fundo Lolco dividido en hijuelas.
La hija del dueño de casa, entraba de vez en cuando, trayendo mates, tortillas con mantequilla y echando leña a la estufa.
Los lamparines y la estufa permanecían encendidas toda la noche. De las palabras sueltas, la niña logró hilvanar algo para contar a su madre y sus hermanos mayores. Entre la familia se creó un ambiente de inquietud. Alguien comentó:
—Todo esto no me gusta. Se trata de asuntos políticos, en donde nosotros podemos salir perjudicados.
Hugo confirmación unánime y el silencio acentuó ¡a intranquilidad.
Al día siguiente, el padre, en la mesa de almuerzo, hizo algunas confidencias:
—Ya saben ustedes de la notificación de desalojo. Según el pariente Rivas, después de abandonar las tierras Sería-mos dejados a nuestra suerte en medio del camino, sin obtener nada a cambio. Es por eso que resistiremos la entrega de las parcelas que con nuestro sudor hacemos producir. Los obreros de la Capital y otras partes, apoyarán nuestra lucha y al fin el Gobierno tendrá que ceder y dejarnos aquí.
—No ganaremos nada con eso. Finalmente nos echarán por la fuerza. La justicia ya dictó sentencia y no pueden echarse atrás. Puede haber tragedia

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Las palabras del hijo mayor, inquietaron al viejo Rivas, quien confidenció en voz baja:
—Si resistimos, agrandaremos nuestra hijuela. Y ustedes ya son hombres y necesitan también algo propio
—A cambio de eso, ¿Qué piden? —Preguntó otro hijo —Que por ningún motivo, entreguemos las tierras.
—¿Y si los Carabineros insisten en echarnos, preguntó la mujer.
—Sólo tendremos que aguantar uno o dos días. Después se sabrá a que atenerse.
La mujer insistió:
—A todo eso, algunos de nuestros hijos habrán muerto,
y cambiando de tono, volviéndose enérgica, agregó. —Hemos decidido anoche no participar en toma alguna de? terrenos. v
—Bueno, mujer. Se hará como tú digas, —contesta el marido malhumorado.
* * * *
A la misma hora que la familia Rivas discutía el apunto desalojo, a un centenar de kilómetros de allí, el Intendente de la Provincia de Cautín, emanó una orden de desalojo contra los colonos del Alto Bío-Bío. El cumplimiento de la orden estaría a cargo de la Cuarta Comisaría de Victoria.


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El Capitán Luis del Fierro Herrera, Jefe de la Misión, notificó con veinticuatro horas de anticipación, a la tropa, que sería de la partida. Llevarían equipo de campaña y alimentos para varios días.
A la hora señalada, el Capitán partió al mando de quince Carabineros. Montaron los mejores caballos de la Unidad para recorrer en buenas condiciones los seiscientos kiló-metros de ida y vuelta a Ranquil.
La primera parada la hizo el destacamento en Cura-cautín, donde pernoctaron. Al día siguiente, partieron más temprano que el anterior, pese a que la distancia a Lonqui-may era menos que la jornada pasada. Pero el terreno era más difícil.
Al atardecer, cruzaron la cordillera de las Raíces, llenos de sudor y polvo entraron a la Subcomisaría frente-riza de Lonquimay. El Teniente Cabrera, a cargo do la Unidad, invitó al jefe de la expedición a su casa y le informó sobre las dificultades que se presentaban ante las notificaciones. Le contó de las tentativas de resistencia y los dos acordaron que el pelotón fuera engrosado por cinco funcionarios más de la localidad. Así fue que apenas aclaraba, el Capitán Fierro puso los veinte hombres en dirección a Nitrito. La tropa se extrañaba ante tal despliegue de fuerzas; sobre todo, los del lugar, que conocían a los pobladores, y poblaciones, a las cuales consideraban pacíficas. Los de la Capital provincial, se extasiaban entretanto, con la hermosura del paisaje, cuando llegaron a la laguna de San Pedro, a la balsa de Caracoles sobre el Bío-Bío y otros parajes dignos de admiración. Pasaron Ranquil, Troyo. Al medio día, llegaron a Nitrito.

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Después de un breve descanso y merienda, fueron divididos en parejas con el fin de ir comunicando a los colonos que tenían cuarenta y ocho horas para abandonar los terrenos, según órdenes superiores.
* * * *
Ante las casas, los perros salieron al encuentro de los policías. Detrás de los canes, venían los niños a chillar; y finalmente las mujeres insultaron a los uniformados. La noticia de la llegada de los Carabineros aviase dispersado como un reguero de pólvora en todas las direcciones. El grito de terror y de guerra era "Llegaron los pacos". Miraban a los recién llegados con odio, como si ellos hubiesen sido los responsables directos del desalojo.

Esa noche y el día siguiente, fueron aprovechados por los hermanos Benito y Simón Sagredo para recorrer las casas y decirles:
—Estas tierras son nuestras. Las hemos ganado a fuerza de trabajo y sacrificio. No debemos entregarlas así y porque sí...
Donde había resistencia a sus ideas, permanecían todo el tiempo necesario para convencer a la gente.
A medio día, comenzó a funcionar el cumplimiento de Las órdenes judiciales. Los colonos resistían levemente; las mujeres y los niños se colgaban de los brazos y piernas de los uniformados, imprecándoles su proceder. Se tiraban al suelo y lloraban a gritos. Esos gritos, los ladridos


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de los perros y el forcejeo de los hombres, agregaron irritación al ambiente, ya de por sí tenso. Finalmente, los perros fueron lanzados abiertamente contra los hombres del orden:
—¡Cómanselos! ¡A los bandidos!
Los animales se lanzaron contra las nalgas y las piernas de los Carabineros. Sólo las polainas y los parches-entrepiernas defendían la carne uniformada. Las otras partes sufrían los mordiscos y algunos sangraban.
En todas partes estaban los hermanos Sagrado, ayudaban a cargar los enseres en las carretas. Cuando ya las casas estaban vacías, o cuando nadie los veía, procedieron a incendiar los hogares abandonados, después de llenarlos ríe elementos de fácil pasto. Enseguida montaron en sus caballos, gritando a voz en cuello:
—¡Estos condenados le están prendiendo fuego a las casas!
Cuando el Capitán Fierro se percató de la verdad, mandó a detener a los incendiarios. Y cuando los Carabineros se retiraron  de Nitrito, los hermanos Sagredo, iban en medio de la tropa.
CAPITULO VI
Todo el tiempo que el Cabo Bascuñán llevaba en el servicio de Carabineros, lo hacía en lugares apartados de las ciudades. Por tales razones hubo que aprender oficios diversos, tales como partero, enfermero, componedor de pleitos entre vecinos, etc.

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Las primeras armas de enfermero, las hizo en animales, antes de atreverse en hombres. A fuerza de clavar agujas en los duros cueros de las bestias, se animó a hacerlo en la piel de la gente. Para el efecto adquirió libros de medicina práctica y revista de especialidad. Confiaba mucho en las yerbas. Las machis curaban con pastos y él no podía ser menos. Todos sabían que su botiquín en el Retan se hallaba provisto de surtido abundante y él atendía tanto a sus compañeros como los vecinos...
Un día, al atardecer, irrumpió en el Retén el administrador del fundo Guayalí. Los Carabineros se entretenían con un manoseado naipe, unas de las pocas diversiones que tenían en estos lugares.
—Buenas tardes, —saludó el recién llegado.
—Buenas las tenga, señor Vergara, —respondió el Cabo agregando —¿En qué podemos servirle?
—Con usted quiero conversar.
El Cabo se levantó y los dos salieron al patio. El administrador le comunicó que una empleada que tenía en la casa, se enfermó gravemente y que era preciso qua Bascuñán la atendiera.
El Carabinero accedió al pedido, e inmediatamente se preparó para acompañar a Vergara. Salieron a los pocos minutos, mientras cabalgaban, el enfermero indagó detalles de la enferma. Por los datos que obtuvo, sacó las consecuencias de que no podía tratarse de otra que de María, muchacha joven y agraciada que andaba en coloquios amorosos con Mariano. El administrador confirmó el nombre.

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Pronto llegaron a la casa de Vergara. Inmediatamente el enfermero fue llevado a la pieza donde estaba la niña. Comenzó por tomarle el pulso; controló la temperatura y la respiración. En seguida preguntó a la niña que malestar sentía.
—Un gran dolor en el brazo derecho, como una quemazón. Siento también como si un bicho anduviera dentro
—El Carabinero movió la cabeza con aprobación; se levantó y pasó al comedor, donde los presentes parecían esperarlo con ansias.
—¿Qué tiene mi Cabo? —preguntó Vergara.
—Para serle franco, no le encuentro nada anormal? No tiene fiebre; el pulso y la respiración están bien...
—No lo puedo creer. Anoche no nos dejó dormir con sus quejidos.
—Creo que mi presencia no se justifica aquí.
Y tomando su maletín, se iba encaminando hacia a la puerta de salida. Vergara se adelantó y lo retuvo:
—Ya que está aquí, no se irá sin acompañarnos a la cena que está por servirse.
El Carabinero pensó en lentejas que le esperaban en el Retén. La experiencia le decía que Mariano era lerdo para retirar las piedrecillas que traían, y aceptó, con un poco de reticencia cortés.
Pronto llegó la cazuela de ave, que olía de lejos. Bascuñán se sirvió dos platos, tras la insistencia de los dueños de casa; comió postre y cuando todos estaban tomando

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café, del interior de la pieza de la enferma, salieron unos gritos desaforados. Todos corrieron al lugar de los gritos.
La muchacha se veía alterada. Con su brazo derecho-golpeaba el tabique violentamente, mientras miraba hacia el rincón del cuarto:

—¡Saquen a esa mujer de allí! ¡Sáquenla! –grito desesperada.
Allí estaba el lamparín a carburo y no se divisaba sombra alguna en el rincón. Los dos hombres sujetaron a la niña para que no siguiera golpeando el tabique y se calmara. La paz duró unos segundos y la violencia volvió a desatarse. Sin embargo, el policía notó que nada S3 alteraba en el funcionamiento normal de la paciente. Después al pensar un rato dijo:
—No creo en brujos; pero que los hay, los hay. Hay que llevarla a un médico,-, aunque no creo que vaya a legrar algo. Si quiere un consejo inmediato, llame a una machi...
De nuevo se oyeron los gritos. Ahora eran más agudos todavía. El Carabinero recapacitó y se acercó al lecho de la enferma.
—Sacaré la verdad, ahora mismo. Siempre que se trate de algo raro que me imagino.
Mientras le sujetaba las manos, hacía preguntas a gritos para que la niña oyera en medio de sus chillidos No obstante, las respuestas eran muy atinadas y no demostraban alteración alguna a la mente. De pronto, se 1e ocurrió una pregunta:

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—Esa mujer, que estaba en el rincón. ¿Es la qué te hizo mal?
La enferma se incorporó extrañada: —¿Cómo lo supo?
El enfermero se rió. Al fin se levantaba el telón que lo cubría todo hasta ahora. Era preciso seguir en ese sentido hacia otros puntos del asunto. Ante el requerimiento de Bascuñan, la niña se confidenció:
—Hace tres días fui, con mi tía a un velorio en casa de los Valenzuela; nos sirvieron mate con tortas. En el momento de retirarnos una muchacha no quería soltarme la mano, al mismo tiempo que se acercaba a mi oído y me hablaba, refregando fuerte su mano en la mía.
—Esa muchacha ¿Es la misma qué estaba en la pieza hace rato?
—Sí la misma.
—Debe tener algún motivo para querer hacerte mal.
—No ninguno.
—¿Y si le digo que hay un hombre?
De nuevo se traicionó la niña. En su rostro se dibujé el asombro.
—Sí hay un hombre...
—¿A quién pertenece?
—"Es mío" —replicó María con autoridad.

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El culpable de todo es Mariano. Los celos causaron el
Desaguisado.
—Si; señor —dijo la niña avergonzada. Pero él me prefiere a mí.
—Anoche, ¿Pudo dormir?
—No señor. Esa mujer no me dejó.
—Esta noche dormirás tranquila; pero tienes que llamarla.
—¿Llamarla?
—Sí, llamarla por su nombre.
La enferma se puso a llamarla en el acto:
—Juana ven, Juana...
Unos segundos después, María se puso lívida e indicando al rincón de su temor, gritó como "loca:
—"Ahí está, ahí está".
En seguida levantó el brazo derecho y comenzó a golpear la pared —Bascuñan esperó un rato, tras cual dije solemnemente, con persuasión:
—La echaré y podrás quedar tranquila.
Para el efecto de echar el fantasma, empleó ademanes violentos al tiempo que lanzaba improperios.
La muchacha miró al rincón y sus ojos fueron caminando por la pared hasta la puerta. Allí se detuvo, viendo como el Carabinero le abría y la cerraba con violencia. Su rostro se iluminó y la calma se posó en él.

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Mientras tanto, el curandero pidió un paño rojo, dos agujas e hilo de coser. Armó una bolsita cuadrada, colocó las dos agujas en cruz adentro y puso el objeto al lado derecho del busto de María, mientras decía a los presentes:
Es necesario cuidarla durante la noche, por si acaso.
—Si no fuera mucho la molestia, le pediría que se quedara aquí esta noche, por las dudas —dijo el dueño de casa.
—Siempre que no presente problemas para ustedes contestó el enfermero.
—Todo lo contrario —se apresuró a contestar Vergara
Mientras los dos hablaban, ¡legó a la casa un vecino que se desempeñaba como profesor particular. Los dueños del fundo pagaban cuotas para que enseñara las primeras letras a los niños pobres del lugar. La conversación se hizo general y el administrador ofreció café al recién llegado.
—Encantado —dijo el profesor Leal.
La conversación continuó entusiasta, con el tema del momento: brujería. Bascuñán recordó que había un neutra-lizador para conjurar a los "tuétué", brujos que salían de noche a recorrer los espacios, montando escobas:
—Se los invita a la casa y se les hace sentarse en una silla donde previamente se coloca unas tijeras abiertas, «sobre las cuales, para disimular, se ponía un cojín. Si es brujo, no se puede parar...


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Los otros afirmaron haber oído hablar de ello, pero que no les constaba que fuera cierto. La velada duró hasta tarde y todos se despidieron con ganas de irse a la cama. Bascuñán durmió profundamente hasta muy entrada de la mañana, ya que parte de la velada la pasó junto a !a enferma.
Al abrir los ojos, vio ante si a Vergara, quién le indicó que el profesor Leal venía hacia a la casa. Efectivamente, a través de la ventana, se veía la silueta medio desgarbada del maestro.
—Póngale las tijeras; póngaselas —dijo con vehemencia el Carabinero.
El administrador salió y en segundos preparó el asiento como se lo indicaba Bascuñán. En ese momento entró el profesor:
—Adelante, señor Leal —dijo zalamero, el dueño de casa, tome asiento.
El maestro entró en sospecha y, levantó el cojín. En su cara se notó un gesto de ira, pero se contuvo arte el desaliento del administrador:
—El de la idea fue el Cabo Bascuñán.
Ambos se rieron y juntos caminaron al lecho donde aún SP encontraba el curandero, quien dijo al verlo entrar:
—Así que sin querer, cayó el brujo...
Leal, sin decir palabra, tomó en vilo la ropa de cama y la tiró para atrás, ai mismo tiempo que aparecía la fi-

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gura de la señora de Vergara en la puerta. El hombre, desnudo, apenas atinó a darse vuelta de espaldas.
La señora, al ver la escena, lanzó un gritito femenino, se tapó la cara con las manos, y salió corriendo del cuarto. Casi al medio día llegó la meica del reducto indígena de Raleo, Bascuñán se escondió en una pieza contigua a la de María para que la mujer no tuviese cuidado en hablar, mientras él podía escuchar lo que decía.
Lo primero que hizo la meica, fue tomar los humores de la enferma en un frasco y lo observó detenidamente- a la luz de la ventana.
—Hace cuatro días que le hicieron el mal. Fue en un velorio. Pero flechazo masiado fuerte. Dieron cuando pasar la mano; ser difícil sacarlo. Tienen que llevarla al doctor.
Vergara, su mujer y Bascuñán tras el tabique, estaban pendientes de las palabras de la indígena. De pronto la meica reparó en la bolsa hecha por el Carabinero:
—¿Quién puso esto?
—El Cabo Bascuñán —respondió el dueño de casa.
La paisana movió afirmativamente la cabeza y habló en su lengua.
Hube que insistir mucho para que la meica diera algún remedio a la enferma. Aduciendo que el mal estaba avanzando, la mujer no quiso aventurarse. Sin embargo al atardecer dejó una pócima y recomendó guardar la orina. Finalmente, un tío de la muchacha se la llevó a su casa, con la receta de que la tratara con yerbas.

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Bascuñán esperó dos días antes de hacer una visita al tío de María. Como no estaba muy distante, no le costaba ir, además de conocer a la familia como gente de bien.
Al llegar a la puerta de la casa y mientras amarraba el caballo, sintió un alboroto en el interior. Sabía que no podía ser como sucedía en otros casos cuando se acercaba un hombre de orden, ya que esta gente no tenía problemas con la justicia. Es por eso que le intrigó el asunto. Entró y a su encuentro apareció la tía de María con la bacinica, en que estaban los humores recién miccionados por la enferma. El carabinero miró y su asombro se hizo tan patente como el de los dueños de casa: en medio del Ambarino líquido nadaba un bicho inverosímil. El enfer mero ordenó escanciarlo en un vaso. Lo puso delante da sí, en la mesa y mientras hablaba en voz baja, escribía:
—Tres centímetros de largo, más o menos; tiene la for ma de un esqueleto de pescado; cabeza color rojo; el cuerpo es verdoso y se desplaza en el líquido con movimientos ondulatorios, especialmente la cola.
Bascuñán sacó de su maletín un frasco con alcohol, una pinza y un pequeño corchito. Introdujo al bicho en el en¬vase angosto y lo tapó.
Más tarde llegó la machi. Bascuñán tomó el frasco donde tenía el animalito, para mostrárselo a la mujer; pero antes de hacerlo, comprobó que estaba muerto y que su color habíase tornado negro.
Al ver el bicho, la india musitó: —Salió el mal; mejorará...

CAPITULO VII
Un día, cuando el Jefe del Retén, acompañado por Mariano salieron a buscar carne, sin importarle de que¿ animal, el cabo preguntó al mozo:
—¿Cómo está María?
El muchacho, al comienzo un poco cortado, se recuperó inmediatamente.
—Mucho mejor, según la meica. Dice que ya no se muere.
—Supongo que la habrías llorado. —Dijo el jefe con una sonrisa.
—Mucho, señor —contestó el otro seriamente—. Estoy esperando que se mejore para robármela.
—¿Por qué no se la pides a los padres, corno corresponde?
—¿Y si me la niegan?
E.1 policía hizo un gesto de resignación. Total, era una costumbre de los indios, desde tiempos remotos, robarse a la muchacha y después casarse con ella. Sin embargo, también era costumbre pagar una indemnización a los padres.
—¿Tienes caballo para pagarla?

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Mi abuelo me tiene dos; hijos de una yegua de mi madre.
Se desviaron del camino principal, para tomar un sendero hacia el rancho de un inquilino que podría tener carne. Pronto llegaron al corral del hombre que venían a ver. Lo primero que vieron era un grupo de tres vacunos encerrados:
—Ser bonitos los pampas, dijo Mariano.
El Jefe iba a contestar, cuando una jauría de perros comenzó a torear a los caballos. Un hombre salió del rancho y, a silbidos llamó a sus canes.
Enseguida invitó a los jinetes a pasar adentro, y, antes que el cabo pudiera decir algo, el colono se apresuró a declarar.
—Quiero darle cuenta de los animales que tengo en el corral.
—¿Los dos pampas colorados y negros?
—Sí, de esos mismo. Resulta que ayer, a medio día los encontré pastando frente a mi hijuela. Por sus señas parecen ser argentinos. Hoy iba a mandar al mozo a comunicar al Cuartel. Pero, por el trabajo era imposible, mañana iría sin falta...
El policía se olvidó de su misión y procedió a hacerse cargo de lo que le correspondía. Comprobaron las marcas y las señas de los animales y partieron con ellos en el acto. Parecían tener prisa, ya que tras de ellos dejaron polvo por el galope de los caballos y los novillos.


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—Pa'mí que el mesmo viejo ser contrabandista —gritó Mariano a su compañero de carrera.
—Nada de raro que tengas razón. Pero no tenemos como comprobarlo.
Mariano estaba al tanto de los premios que la aduana daba por descubrir contrabando. Con un poco de timidez, preguntó:
—¿Cóomo ir este trabajo?...
—Te representará como diez meses de tu sueldo.
El indio se sonrió ladinamente y apuró más a los animales con su cabalgadura.
* * * *
Dos días estuvieron los vacunos en el cuadro de cuartel. El corral estaba hecho de estaca y de alambre de fardos de pasto y se encontraba a unos cíen metros del Retén. Llegaban visitas como nunca. Todos tenían algo que celebrar. Traían vino, chicha, aguardiente y comida.
El cabo, por el hecho de que la gente vivía distante una de otra, dio permiso para que se reunieran y festejaran a los amigos. Sin embargo, en la tarde del tercer día, cuando dos carabineros regresaron de una ronda, su asombro era grande al mirar el corral:
—¿Dónde tiene encerrados los novillos, mi Cabo? —Preguntaron al llegar al cuartel.

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—En el mismo lugar de antes —contestó el Jefe— ¿Por qué pregunta?
—Porque no están allí.
Allí mismo se terminó la fiesta. Los tres carabineros y el mozo del Retén partieron para el corral... Una estaca se hallaba en el suelo y dos hebras de alambre cortadas marcaban el desastre.
—Uno de estos desgraciados los largó —dijo furioso Bascuñan.
—Hay que apurarse. Estos son bastante rápidos para caminar, dijo uno de los subalternos.
—'Meló dice a mí". Como si no lo supiera —dijo el jefe. Partan inmediatamente y háganse acompañar por Mariano que tiene condiciones para seguir huellas.
Se encaminó al cuartel y "preparó la documentación, para despachar a los animales al día siguiente, si sus hombres los encontraban.
A las tres horas, entre nubes de polvo y gritos de triunfo, los uniformados regresaron con los animales. Según contaron todo se debió a la pericia de Mariano. Había contento entre ellos. Durmieron bien y despertaron en la madrugada, cuando vieron al señor Vergara en la puerta del Cuartel. Este les explicó que, estando en conocimiento que iban a entregar los novillos a Lonquimay, quería pedir un favor al carabinero San Martín. Una cobranza y un pago de ocho mil pesos, de unos compromisos pendientes, el carabinero aludido miró a su jefe y este le dio permiso para cumplir el encargo.

-50-

Minutos después, la caravana partió alegre.
Sin embargo, no habían cabalgado aún ocho kilómetros, cuando San Martín se percató que había perdido la billetera con todos los documentos. Inmediatamente pensó que no podrían estar lejos ya que hace unos minutos cambio la cartera de bolsillo del pantalón al otro lado, que era el más seguro. Pidió a su compañero que siguiera con el arreo y él regresó unos quinientos metros. Hizo un rastreo minucioso; pero fue imposible. Resignado, volvió al lado del grupo. No hubo necesidad de preguntas. La cara de San Martín decía todo...
Llegaron al rancho de un inquilino del fundo, quien se hallaba en la puerta de su casa, con aire de saludar a los uniformados. No obstante, su intención, San Martín preguntó a boca de jarro:
—¿Quién fue el que pasó por aquí en sentido contrario al camino que llevamos nosotros?
—Un indio, creo que fue Hueñun de Raleo. —¿Cuánto rato hace; Don? —Unos diez minutos. —¿Y antes?
—Los hermanos Mellados; cinco minutos antes. Vienen de Pehuenco y llevan el mismo camino que ustedes.
San Martín se golpeó la frente:
—Claro, compañeros. Los Mellado nos alcanzaron y pasaron, más o menos en la parte en que tiene que haberse perdido la billetera.

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