2ªPARTE DE BIO BIO SANGRIENTO

CARABINERO FIDEL MONTOYA

este libro se termino de imprimir,  en el mes de Septiembre de 1974

A TODAS LAS VICTIMAS CAIDAS EN LA REVUELTA DE RANQUIL

 

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Minutos después, la caravana partió alegre.
Sin embargo, no habían cabalgado aún ocho kilómetros, cuando San Martín se percató que había perdido la billetera con todos los documentos. Inmediatamente pensó que no podrían estar lejos ya que hace unos minutos cambio la cartera de bolsillo del pantalón al otro lado, que era el más seguro. Pidió a su compañero que siguiera con el arreo y él regresó unos quinientos metros. Hizo un rastreo minucioso; pero fue imposible. Resignado, volvió al lado del grupo. No hubo necesidad de preguntas. La cara de San Martín decía todo...
Llegaron al rancho de un inquilino del fundo, quien se hallaba en la puerta de su casa, con aire de saludar a los uniformados. No obstante, su intención, San Martín preguntó a boca de jarro:
—¿Quién fue el que pasó por aquí en sentido contrario al camino que llevamos nosotros?
—Un indio, creo que fue Hueñun de Raleo. —¿Cuánto rato hace; Don? —Unos diez minutos. —¿Y antes?
—Los hermanos Mellados; cinco minutos antes. Vienen de Pehuenco y llevan el mismo camino que ustedes.
San Martín se golpeó la frente:
—Claro, compañeros. Los Mellado nos alcanzaron y pasaron, más o menos en la parte en que tiene que haberse perdido la billetera.

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Se despidieron rápidamente y apuraron a las bestias tras las huellas de los hombres mencionados. Al rato se dieron cuenta que a ese paso no iban a alcanzar a los Mellados. Optaron entonces por abandonar a los novillos por su cuenta y se tendieron en galope en la persecución
A los veinte minutos emparejaron pasos con los hermanos:
—"A tierra, jóvenes" —ordenó San Martín enérgicamente.
Los dos se miraron asombrados. Sin embargo, como el Carabinero insistiera, optaron por desmontar de malas ganas.
Los allanaron e interrogaron, sin resultado positivo. Viendo que no había nada más que hacer, hubo qua dejarlos continuar su camino.
Al anochecer, los carabineros llegaron a Lonquimay, donde San Martín dio cuenta de todo al jefe de Tenencia, quien dejó constancia de los hechos.
Entretanto, Vergara supo la noticia por boca de un mozo que anduvo en Troyo. Inmediatamente se lo comunicó a Bascuñán. Una vez que el administrador del fundo se hubo marchado, el cabo lo comentó con Mariano:
—A San Martín aún le queda mucho que pagar. Es sentirlo...
Al amanecer, llegaron los carabineros a su cuartel. No hubo comentario alguno. Sólo silencio pesado...
* * *
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Tres días habían pasado desde que San Martín regresó al Retén. Un muchachón llegó a solicitar que Bascuñán fuera a socorrer a un paisano en Pehuenco. Estaba muy enfermo.
El cabo y Mariano ensillaron rápidamente y partieron al pueblo mencionado. Al entrar a la ruca de barro y quila, se encontraron que un grupo de gente que estaba rodeando al enfermo. Bascuñán hizo desalojar el cuarto, dejando sólo al dueño de casa dentro. Mariano al mirar hacia el lecho se acercó al cabo y le dijo en voz baja:
—Ser Hueñan. A lo mejor encontrar billetera de San Martín.
El otro cerró un ojo significativamente, dándole por entendido. Inmediatamente procedió a examinarlo. Y mientras lo auscultaba, le tiró una pregunta a la cara:
—¿Y la billetera?
—¿Qué billetera? —preguntó el indio rápidamente. —La que te encontrastes...
—No señor; no tenerla.
El cabo, conociendo la idiosincrasia de los indios, le mostró el abdomen hinchado, mientras le decía:
—Tarde te llegó la maldición. Mucho antes debía haberte pescado. Y no te mejorarás hasta que entregue.? la billetera.
—Entregar ¿Qué? —dijo el enfermo con amargura.

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Te vuelvo a decir; la billetera —levantó la voz el carabinero con firmeza,
Hueñán, incorporándose con dificultad en su camastro, sacó de entre las pilchas su vestón y de su bolsillo extrajo una billetera ajada de color café.
—¿Esta ser la billetera?
—Esta misma —contestó el cabo, mientras la revisaba. No cabía duda, porque tenia el nombre de San Martín y la dirección del Retén de Guayalí. Mariano, al mirarla, confirmó las palabras del cabo:
—Esa ser, mi cabo.
Bascuñán se dirigió enérgicamente al indio:
—¿Sabes leer, acaso?.
—Sí señor. ,
—Por qué no la entregaste en el Retén?. —Estaba por ir cuando me enfermé.
Mientras duraba la escena, el dueño de casa salió a comentar los hechos con sus vecinos y familiares. El enfermero retiró las jeringas del agua hervida y comenzó su labor profesional. Terminó pronto, y al salir de la casa, dijo al corrillo:
—Ustedes tenían un ladrón en la casa. El indio viejo se disculpó: —Nosotros no saber nada.


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Los demás comenzaron una algarabía en su dialecto, con el propósito de despistar al policía. Esto lo sabía bien Bascuñán, porque siempre pasaba así. Es por eso que les interrumpió con un grito:
—Si quieren hablar lo tienen que hacer como lo hago yo; y si no, se callan los condenados.
Se hizo un silencio sepulcral. Solo se escuchaba los quejidos de Hueñán.
Cuando ya estaba por montar a caballo para partir, desde adentro llamaron a Bascuñán. El enfermo quería hablar con él. Entró y se acercó al lado del indio. Al verlo, este preguntó con ansiedad:
—¿Y la maldición?
—Pierda cuidado, Huenún. Al entregar la billetera, ha terminado. Hoy en la tarde o mañana en la mañana, es¬tarás mejor.
En los bajos del paisano se pudo ver una sensación de alivio.
—Gracias, señor...
—El Cabo salió y los dos jinetes se alejaron de la reducción, Mariano preguntó:
—¿Por qué no traer preso a Huenún?
—Aparecieron los documentos y el dinero. ¡Qué más podemos pedir! Capaz que. se nos muera en el calabozo... y después tendríamos líos.
—Tiene razón, mi Cabo.

CAPITULO VIII

El 16 de abril llegó a los lavaderos de oro de Troyo, Antonio Ortiz Palma, en busca de ocupación. Después de una conversación con el Concesionario, don Juan Zolerzi, fue aceptado inmediatamente, siendo agregado a la cuadrilla de José Carrasco. Sus compañeros de pique, serían Miguel Urrutia, Abel González y Juan Pizarro. Todos ellos vivían en un Rancho, donde fue aceptado como nuevo huésped.
Al comienzo, lo miraron con recelo. Incluso, una vez que llegó un colono a conversar con sus compañeros le insinuaron que la charla sería en privado y no era conveniente que se quedara dentro. Supo después que el colono había recorrido otros ranchos del mineral, después de abandonar el de sus camaradas. Le parecía muy natural que no tuviesen todavía toda la confianza en él. Sin embargo, antes de acostarse, aquella noche, Carrasco le preguntó sorpresivamente:
—Amigo, ¿Tú tienes ideas políticas?
—Si más o menos —respondió Ortiz.
—Pero, ¿Cuál es el partido de tu preferencia?
—Estoy afiliado al Partido Socialista de Antofagasta.
Todos se miraron con asombro, hasta que Carrasco tomó nuevamente la palabra:


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—¿Conoces el dicho de Santo Tomás de Aquino?
—No tengo idea.
—"Ver para creer", viejito.
Ortiz, comprendiendo lo que le pedía, tomó su veston sacó del bolsillo un carnet de cartulina, bastante viejo, lo hizo circular entre sus compañeros. Estos a medida que iban comprobando la verdad de sus palabras, le fueron estrechando la mano, reconociendo así en él a un camarada.
En las siguientes reuniones con el colono González Ortiz tomaba parte. El dirigente habló de "Revolución Social", que no solamente se haría en Chile, sino que en todo el mundo, para lo cual, los trabajadores de los lavaderos se estarían preparando, junto con todos los demás gremios en el país-.
El colono González se alojó varias veces en el campamento aurífero, por habérsele hecho demasiado tarde para regresar a su hogar. Era un hombre de los que viajaban de pueblo en pueblo, en calidad de "Activista revolucionario".
* * *
Fines de Mayo, se hizo presente en los lavaderos de Troyo, Juan Segundo Leiva Tapia, acompañado por Alarcón y otro delegado. Se organizo una reunión del sindicato y Leiva fue presentando por el Secretario del organismo. Alarcón y el otro delegado, que era de la capital, también fueron nombrados en la presentación.

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La asamblea era grande y Leiva Tapia pronunció un violento discurso.
—Camaradas: ya llegaron las noticias confidenciales que estábamos esperando. Todas las regiones están siendo puesta sobre aviso para preparar la huelga general revolucionaria e implantar en nuestro país el régimen soviético. Las fábricas serán nuestras y las tierras de quien las trabaja.
Después de una pausa, en que tomó un vaso de chicha de manzana que estaba sobre la mesa, continuó:
—Las pulperías tendrán que entregar los víveres a los que no tienen que comer, porque también serán nuestras. Pero, cuidado con traicionar el movimiento, pues entonces serán los mismos camaradas que harán justicia en el acto. No habrá piedad para los soplones o traidores.
En ese momento, alguien divisó una pareja de Carabineros que entraban en la pulpería. La voz corrió rápidamente y la reunión se dispersó en el acto. Sin embargo, los uniformados se retiraron pronto, ya que seguramente andaban en misión de compras.
Uno de los que asistieron a la reunión, encaminó us pasos hacia la casa de Erminio Campos Pedraza, donde funcionaba la escuela del campamento. El único profesor del establecimiento educacional era Isidoro Llanos Burgos, muchachón de unos diecinueve años. El lugar estaba ubicado a unos mil quinientos metros del puente de Ran-quil, en el interior del cajón de Pehuenco.


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El profesor, para aumentar sus ingresos pecuniarios, so

¬lía comprar las pepitas de oro que le traían los mineros. Pagaba un precio superior al del concesionario de la pulpería. Además en la pulpería siempre se debía algo y se hacía pesado pagar, sobre todo si se acercaba la "Revolución Social", en que no se iba a cancelar ninguna deuda...
Una muchachita de más o menos doce años, salió a la puerta, cuando se sintieron los llamados del minero:
—Deseo hablar con el señor Llanos, señorita Marta, dijo el recién llegado.
La muchacha corrió al interior, mientras gritaba; —Señor Llanos, el Sambo Aníbal lo precisa.
El profesor dejó la mitad de su taza de té en la mesa y se acercó ceremoniosamente a la puerta:
—Seguro que trae más oro, —dijo como para sí mismo.
Hizo pasar al sambo a la pieza donde hacía clases, sacó de un armario una balanza pequeña, tomó en silencio la bolsita de mineral que le entregó Aníbal, la colocó en la balanza, guardo las dos cosas en el armario; sacó un lápiz y pape!, hizo una cuenta, extrajo dinero del bolsillo y lo puso en la mesa, frente al vendedor. Este no tomó el dinero. Miró por todos los lados como si temiera que alguien le escuchara, se inclinó sobre la mesa hacia el profesor y dijo:
—Patroncito; por esta vez págueme unos pesito.; más mire que el día menos pensado le haré una gauchada re'buena.

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El profesor se reía para sus adentros: "¿Qué gauchada será capaz de hacerme este pobre diablo?, pero a pesar de todo introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y sacó unas monedas que puso encima de la cantidad anterior.
El destino quiso que ese acto de generosidad, fuera la causa de que el profesor viviera muchos años más de lo que hubiera vivido sí no lo hubiera llevado a cabo frente El ''sambo".
* * * *
El Carabinero Fidel Montoya Villagrán se hallaba en posición "firme" frente a su Teniente Luís Cabrera quien ordenó:
—Carabinero Montoya; con motivo de su traslado desde el Retén Boca Sur al de Gúayalí, tendrá que prepararse lo más pronto posible para partir.
—A su orden, mi Teniente... Pero tengo un problema —agregó tímidamente.
—¿Es muy grande? preguntó el Oficial. —Mi familia. La mujer y los tres hijos.
—Bien, usted está trasladado y está autorizado a ver modo de vivir allí con su familia. Mañana mismo puede viajar al "Más Allá".
Así! el destino jugó dos cartas contrarias en un sólo día.


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Dos días y medio se demoró Montoya en viajar a su nuevo destacamento y regresar. Se apersonó al Teniente Cabrera y le dio cuenta de su misión.
—Imposible vivir en Guayalí. No hay casas. Sin embargo, si mi Teniente lo autoriza, podría dejar mi gente en Victoria, donde se puede arrendar una habitación.
—Haga lo que pueda y llévelos a Victoria.
—Gracias, mi Teniente.
¡En dos 'días consiguió carreta y bueyes. Al tercero, cargó hasta el tope el carro, sentó a los niños entre los enseres, hizo que su mujer caminara al lado del vehículo para cuidar que no se caiga nada y partió.
Abel, de cinco años, Aldo de tres, y Rosalba, de ocho meses, jugaban en la carreta. Celmira Belmar Barros, la madre, caminaba con paciencia, mirando a cada rato hacia tías por si se ha caído algo. El Carabinero se sentía contento de tener una esposa tan cooperadora. Sabía que con ella se podía contar siempre.
Así, a la media hora de viaje, estaban pisando la subida de la cordillera de las Raíces. El tiempo era bueno Montoya volvió a pensar en su mujer: "menos mal que escogí una mujer de trabajo y no una pituca de la ciudad''. Detuvo el vehículo para que Celmira amamantara al menor, porque estaba dando alaridos de becerros. Allí aprovecharon a merendar todos, porque se acercaba el medio día.
Sin novedad reanudaron la marcha media hora después de almorzar. Casi no conversaban entre sí. Se entendían por medio de señales, ya que no les costaba saber las necesidades que aquejaba a cada uno.


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Al atardecer, cuando el sol se iba a esconder detrás de las crestas blancas de las montañas, decidieron acampar y para ello escogieron la sombra de un enorme roble, a pocos metros de la Piedra Santa. Una fogata les dio calor mientras permanecían allí.
Al día siguiente, temprano, llegaron a Curacautin. Allí el Carabinero despachó a su familia y a los enseres por ferrocarril, a Victoria. En la estación, estampó sonoros besos en la boca de la mujer y en las mejillas de sus hijos.
—Lástima no poder acompañarlos. Pero tu sabes: el término del permiso está por cumplirse.


CAPITULO IX


Mariano partió para el reducto Raleo, para ver a su abuelo, ya que hacía dos meses que no sabía de él.
Antes de llegar al pueblito, el muchacho escuchaba gritos y música como si hubiera fiesta allí. Sabía que no era época de Guillatún ya que el frío arreciaba, sin embargo, a medida que se iba acercando los característicos sones de la fiesta india no dejaban lugar a dudas. Mariano miró en torno suyo y creyó estar fuera de su juicio. La nieve comenzaba a cubrir la tierra y no conocía motivo alguno para un Guillatún. Miró a los caballos que se hallaban amarrados a los arbustos sin poder ramonear como era lo normal en tiempo de Guillatún. Los instrumentos indígenas de música, elevaban sus lamentos al cielo.

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Al acercarse más aún, vio que de entre los hombres y mujeres que formaban el tradicional ruedo, salieron cinco mocetones hacía el centro, en donde, en vez de animales para el sacrificio, como era lo normal, había armas de todo tipo: fusiles, escopetas, cuchillos, machetes, hachas, etc. Los jóvenes, con la pintura de guerra en todo el cuerpo contorneaban sus figuras grotescamente.
Como nadie se preocupaba de mirar atrás. Mariano retrocedió a unos quinientos metros, para dejar a su cabalgadura amarrada a unos michayes. En eso andaba, cuando pasaron por su lado dos jinetes. Por el modo de montar y por el olor a aguardiente, no cabía dudas que estaban borrachos. Mariano sabía que en los guillatunes no se ingería alcohol. Sólo se tomaba el "Muday", bebida hecha a base de piñones molidos y fermentados en tiestos de madera. Su extrañeza llegó a inquietarle. Se desvió un tanto del camino y llegó a la choza de su abuelo, donde se sentó en unos cueros para esperarlo.
Desde su escondite, a través de la puerta abierta, pudo ver como sus hermanos de sangre danzaban un baile violento, pasando a cada rato, por el centro, para recoger las banderas que se hallaban en largas estacas; montaban en sus caballos y corrían en círculo alrededor de la pila central. Sabía que eso era lo que los indios llamaban la "Corrida del Diablo".
La sangre le tiraba de los brazos. Sentía deseos de correr juntos a sus parientes... Pero, más pudo la prudencia y el muchacho permaneció oculto en la ruca. Más o menos, a las cuatro horas de su estada allí, llegó el abuelo. Al ver a su nieto, al principio, se sorprendió:

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—¿De cuándo aquí?
Poco rato.
Tener que huir acto.
—¿Por qué abuelo?
—Guillatún ser de guerra. Matar todos los hincas y también los "pacos" de Guáyalo.
—¿Los Carabineros? —preguntó alarmado Mariano.
—Sí. Carabineros matarlos todos...
—Yo tener que avisar —dijo el muchacho con firmeza.
y junto con estas palabras, tomó el rebenque e intentó salir de la casucha. El viejo le retuvo:
—No hijo. No poder salir de reducción. Estar rodeada y
vigilada...
—Unos chilenos llegar ayer y traer mucho aguardiente: emborrachar cacique. Este ordenar guillatún y blancos seguir curando paisano.
Mariano estalló en cólera:
—Blancos desgraciados; necesitan carne de cañón...
—¿Qué, hijo? —preguntó el viejo extrañado.
—Tú no entender, abuelo.
Quedó pensativo un rato y preguntó enseguida:
—¿Qué hora poder salir?
—De madrugada.


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Para el mozo de los Carabineros, las horas de espera eran las más largas de su vida. Apenas vio los primeros albores, salió de la ruca. Dio un largo rodeo hasta llegar al lado de su animal, para evitar las fogatas y antorchas que aún ardían en el campamento. Comprobó con horror, que le habían robado el caballo. No quiso apoderarse de otro por no alarmar a nadie. Partió a pie en dirección a Guayali.
En el camino pensó que era mejor seguir a la Tenencia de Lonquimay para lograr refuerzos para su propio Retén en peligro.


CAPITULO X


Hacía tres días que un chileno recorría los boliches del suburbio de Zapala, en Argentina, buscando a un compatriota que tuviese necesidad de dinero. Después de andar por cientos de lugares del bajo fondo, encontró al que podría servirle.
Era un oscuro burdel. A voz en cuello, un parroquiano pedía más vino, en tanto que nadie le atendía, por lo que nuestro hombre, recién llegado, sabía que era falta de fondos monetarios. Las voces eran característica de un chileno y los exabruptos también.
El buscador de hombres, se ubicó en la mesa del sediento y lo convidó a un trago del mejor vino de la casa Y mientras el otro se servía, dijo:
—Me parece que usted es chileno.

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—¿Se me nota? —¿Usted también es compatriota?
—Por supuesto, compañero. Si no fuera así, ¿Cree usted que le haría compañía ahora?
Los dos se dieron las manos y pasaron a un apretón de cuerpos.
—¿De qué parte de Chile es Ud.? —preguntó el recién llegado.
—De Temuco, colega.
—Ando en busca de un hombre de confianza para un trabajito. Tiene que ser chileno.
—El trabajito ese debe ser contrabando, me parece...
—No tanto. Más bien es un encargo... y bien remunerado.
—Bueno, y ¿Por qué tiene que ser compatriota? —Porque son de fiar y tiene más agallas.
La explicación dejó conforme al residente y entre copa y copa llegaron a un acuerdo.
Al día siguiente, al atardecer, el hombre que debía llevar el encargo, salió de la ciudad montando en un caballo y llevando un segundo de "puchero". Traía bastante alimento y dinero para el viaje. El saldo lo recibiría una vez realizada la tarea.
El hombre conocía el camino, por lo que no !e costó atravesar las cordilleras de los Barros, hasta llegar a

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Eahue en territorio chileno. En pocas horas después ubicó a las personas a quienes debía entregar las bestias cargadas.
El día anterior, un "Chasque" recorrió las casas d? los conjurados para realizar una nueva reunión, preliminar a la de Quilleime, solamente con los hombres de su exclusiva confianza.
Se juntaron en unos de los primeros puestos de veranada, al interior de Troyo. Hasta ahí llegó el mensajero de Argentina, acompañado de uno de los colonos qu? estaba citado.
Varios hombres adoraban, en ese momento las llamas de un fogón, al principio, cuando sintieron los pasos de las bestias sobre la escarchada nieve se sobresaltaron.
—No se asusten, camaradas, soy el sambo, —dijo uno de los jinetes.
Los que habían sacado a relucir sus viejos revólveres, los volvieron a sus bolsillos, con tranquilidad, invitando, alborozados, a desmontar a los llegados.
Leiva hizo una exposición del estado de las cosas que rodeaban a los trabajadores. Que no les esperaba otra cosa que la explotación permanente, si no se producía un movimiento emancipador. Indicando especialmente que el peligro mayor y del momento era el desalojo de las tierras que le pertenecían legítimamente por el trabajo que habían realizado en ellas. Sus palabras eran tan convincentes, que los colonos, antea pesimista por leí desalojo, ahora se veían ya dueños absolutos de esos terrenos.

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—Para terminar, dijo el orador debo informarles que el movimiento comienza mañana en Quilleime.
El mensajero que venía de Argentina, no comprendía nada al comienzo. Sin embargo, a medida que Leiva iba poniendo a los presentes al tanto de las cosas, fue haciéndose clara la situación. Se acercó al jefe y le entregó la misiva que había recibido de su mandante en Zapala, enseguida salió a descargar al "Puchero". Mientras tanto, los que se hallaban adentro, leyendo el mensaje y se percataron, con horror, que el hombre no pertenecía al movimiento.
El hombre entró con el bulto que tenía sobre el puchero y trató de abrirlo; pero el sambo no se lo permitió, haciendo el mismo el trabajo. Desenvolvió la lona y ante la alegría de los circundantes, descubrió, un montón de armas de todo calibre, además de municiones para ellas.
Tras la alegría primera, comenzó a dibujarse la preocupación que les inspiraba el afuerino. Un silencio profundo, que permitió escuchar el zumbido de un mosquito, quedó en el aire... E'l portador del bulto fue el primero en hablar:
—Bien; tengo que partir.
—Supongo que no nos venderá— dijo uno de los presentes.
—¿Venderlos? ¿De qué hablan?
—¿Y preguntas?
—Lo que quiero es que me paguen y parto pal otro lado.


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Varios se rieron en alta voz, mientras el sambo dijo:
—Quiere que le paguen... ¿Porqué no le paga, cama-rada Leiva?
—Si que me paguen —insistió el mensajero.
El jefe, que estaba revisando uno de los revólveres que habían llegado en el bulto, se entretenía en llenar el tambor de carga. Con la sangre fría que denotaba su rostro tranquilo, dirigió el cañón del arma hacia la cara del extraño y le descerrajó un tiro en pleno rostro, destrozándole la base de la nariz y los ojos.
—"Ahí tienes tu paga, infeliz...!
Un hilo de sangre brotó de la cara del caído y se coaguló rápidamente en el piso. La complicidad se hizo más estrecha entre los presentes y la unión era inevitable
Algunos intentaron dar sepultura al cadáver; pero Leiva los detuvo:
—Déjenlo aquí. No será el primero que se han de comer los pájaros.
CAPITULO XI
Una nueva estrofa de la historia del lanchero, devolvió a la realidad al cabo Vásquez:
El país estas razones no las puede comprender pero la causa de rebeliones se puede entender...

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Los demás presentes en la casa, se divertían comiendo y bailando, mientras que los tres hombres que estaban en el rincón, se hallaban enfrascado en el relato. El dueño de casa continuó y el policía nuevamente se posesionaba de los acontecimientos:
El 26 de junio era el verdadero día del comienzo de la "Matanza de Ranquil".
La totalidad de los pobladores, estaban citados a la reunión en Quilleime. No había terminado la mañana y ya se encontraban allí ciento cincuenta colonos, varios indígenas y algunos mineros. Nuevamente fue Juan Leiva Tapia, quien usó de la tribuna al comienzo:
—Camaradas: esta reunión no tiene el carácter ordinario de las otras que hemos realizado hasta ahora. Esta es una asamblea revolucionaria, en la que todos debemos conocer nuestro puesto de combate. El movimiento comenzó en todo el país y su objetivo es la* implantación de un régimen social proletario antiburgués. Estos últimos que siempre han sido nuestros enemigos de clase, han explotado al pueblo y ha llegado su hora en la que pagarán todo. Las tierras, las fábricas y todos los bienes, desde ahora en adelante, han de pasar al poder de nosotros... Compañeros, todos tenemos que tomar las armas y participar en la revolución. Los traidores serán arrojados al Bío - Bío.
Se produjo un griterío de entusiasmo: —"Viva la revolución social" —"Viva el cantarada Leiva". —"Viva"

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Muchos de los presentes no estaban al tanto de !as consignas ni de los hechos que debían enfrentar. Rápidamente fueron empadronados y colocados en sus puestos. Loa que sentían dudas, sabían que las aguas del río les esperaban si no hacían causa común con los revolucionarios.
En el acto fueron seleccionados los jefes. No hubo discusión en lo respecto al comandante. Todos estaban de acuerdo de que debía ser Leiva. Sin embargo, para los de menos categoría, el debate se prolongó, hasta que el jefe supremo designó a los que estaban en disputa.
Se ordenaron guardias para evitar deserciones. Así terminó ese día 26 de junio.
De amanecida, al día siguiente, dos grupos partieron para el norte y el tercero se dirigió a Ranquil, donde estaban ubicadas las pulperías de Juan Zolerzi y José Frau. Este pelotón era comandado por Leiva y sus ayudantes eran Filimón Sandoval, uno de los hermanos Lagos y Segundo Ortiz.
La columna contaba con treinta hombres.
A las 8 de la mañana, llegaron al negocio de Zolerzi
Del grupo se separaron cinco hombres, los que entraron a la pulpería. Pidiendo diversos objetos, regateando el precio. Al rato uno de ellos dijo:
—Déme un juego de herraduras número tres, don Juan.
Para sacar del anuario el pedido, el dueño tuvo que abandonar el mostrador y pasar delante de los supuestos clientes. Era el momento que ellos aprovecharon de lanzarse encima y golpearlo, arrastrándolo hacia el patio A

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— Tilos gritos de la víctima, aparecieron en la puerta doña luisa Seguel, esposa de Zolerzi, seguida de los dependientes Carlos Dermond. Luis Aburto y Blanca Orrego. La mujer intentó auxiliar a su marido pero los asaltantes las sujetaron firmemente, mientras Lagos y Ortiz se ensañaban con el hombre, que ya estaba muerto. Ella se libró de los que la retuvieron y, llorando a gritos, entró a sus habitaciones. ..
En ese momento, llegó corriendo, por un lado de la casa, Alfonso Zañartu, socio de Zolerzi, Venía de las pesebreras y no se percataba de lo ocurrido. Leiva, al verlo, comenzaron a brillarle los ojos ya lo habían tomado los otros hombres, cuando el jefe gritó:
—"No lo maten", no lo maten"...
Zañartu miró estupefacto. No esperaba esa merced de quien lo había amenazado el día que se opusiera a él en el sindicato:
—Para que veas que no me anima ningún espíritu de venganza, te daré una oportunidad para salvarte dijo el comandante del grupo al pulpero.
Mientras tanto, los subalternos se hicieron cargo de los dependientes a quienes amarraron las manos y prepararon para llevarlos presos.
Leiva hizo formar un círculo con veinte hombres con un intervalo de un paso entre uno y otro; puso a Zañartu en el medio y le dijo.
—Si logras romper el cerco, quedarás en libertad. Y dirigiéndose a sus hombres, en tono amenazante, agregó: si logra salir, los que fallaron, irán al fondo del Bío - Bío.

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Dio la orden y comenzó la troya humana. El hombre se agachó, metiendo la cabeza como proa; con sus robustas piernas se dio impulso, tratando de pasar.
"Zas" zas... zas... Los primeros garrotazos venían a un brazo y en la espalda, tirándolo al suelo. Sujetándose la extremidad, que parecía rota, se incorporó, acometiendo contra otro punto del redondel. Allí fue recibido con el filo de un machete y la punta de un estoque que le mordió un costado.
Los alaridos del pulpero, se entretejían con los llantos de las mujeres que se hallaban en el interior de la casa. La nieve del círculo flagelador, estaba salpicada de sangre. El castigado ya no tenía fuerzas para levantarse. Sin embargo, gateando seguía en su tentativa de romper el cerco Se iba al suelo, momentos que sus verdugos aprovechaban para golpearlo más y más. Lo patearon en las quijadas, tirándolo de espalda. El cuerpo, desde en su mayor parte, estaba poseído por convulsiones violentas. Los que formaban el círculo, gritaban y saltaban en derredor, apurando la agonía con nuevos golpes de garrotes y puñal. Cuando ya estaba dando los últimos estertores, Leiva ordenó:
—Capen a esa mierda:
Uno de los hermanos Lagos sacó un cuchillo y procedió a descuartizar a Zolerzi, mientras Pilimón Sandoval hizo otro tanto con el cuerpo de Zañartu. La orden fue cumplida con los dos socios de la pulpería.
Se ordenó a los empleados Deramond y Aburto que llevaran los cadáveres de sus patrones al Bío Bío. Para ello ¿e los libró de las amarras.



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Los mozos intentaron colocar los cuerpos sobres los caballos; pero Leiva ordenó que fueran arrastrados por las cabalgaduras. Toda la trayectoria fueron vigilados. Los mil quinientos metros eran tierras claramente visibles, Aburto, cuando tiró su cadáver, exclamó con furia:
—"Bío Bío sangriento!
Los habitantes de la mansión, hombres y mujeres, tuvieron que atender a los revolucionarios, como se llamaron ellos mismos. Los jefes se sentaron en el comedor y pidieron los licores más finos que hubo en la casa. Los demás, consumieron vino y chicha de manzana
Uno de los hombres de Leiva, encontró una vitrola y
puso un disco con música de moda. La viuda de Zolerzi,
escuchando el vals, corrió de la cocina al comedor, em
pujó violentamente al que había dado cuerda a la vitrola,
tomó el disco y lo tiró lejos, destrozándolo en mil pedazos, v
El hombre tomó a la mujer del pelo y sacando de la cintura un cuchillo, se puso en pose de ataque. Lagos, al verlo, dijo:
—Mucho cuidado con las mujeres. Ellas no deben ser tocadas, agregando en voz baja por lo menos hay que respetar su luto.
La pulpería fue saqueada, Treinta y cinco mil pesos en mercaderías y dieciocho mil en dinero efectivo, fue e] botín. Desaparecieron dos botellas de oro en pepitas y en polvo. Estas botellas no fueron a parar a las arcas de la revolución, sino al escondite de uno de los subalternos de


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Leiva. Una carabina y dos revólveres con sus respectivas municiones, fueron a engrosar el arsenal de los rebeldes.
La pulpería quedó como cuartel general de la revolución.
Al mismo tiempo que se mataba a los socios de la pulpería de Zolerzi y Zañartu, otro grupo de Leiva llegaba a la casa de Pedro Acuña empleado de la pulpería de José Frau, quien se encontraba en Lonquimay. José Nisves Alegría, jefe del grupo, golpeó en la puerta. La voz de una mujer preguntó quien era.
—Alegría, señora. —¿Qué precisa?
—Vengo con unos compañeros y queremos vender un poco de oro al patrón.
—Esperen un poco. Iré a decirle.
Se sentían los pasos de Zuecos alejarse de la puerta. Adentro, Acuña, al recibir la noticia, no terminó de lavarse y salió a medio vestir y levantó la tranca...
Ocho robustos brazos lo aprisionaron en el acto El sólo atinó a gritar:
—El revólver... el revólver...
Su mujer corrió hacia la puerta y cuando vio lo que sucedía, se apresuró a entrar de nuevo en busca del arma... Sin embargo, le costó mucho encontrarlo, revolviendo todos los cajones; hasta que finalmente se acordó que estaba en el velador. Lo sacó y salió con él en las manos Parecía no saber o no poder disparar; Nieves, que se hallaba cerca de ella, le arrebató el arma y con el mismo revólver

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le disparó a quemarropa a la cabeza de Acuña. El cuerpo, como un muñeco de trapo, se relajó instantáneamente
Con la facilidad más espantosa entró en tinieblas. El cadáver fue llevado al río y el negocio fue desvalijado totalmente.
En armas, cual tigres enfurecidos
en aquel avance vil
por Tapia son dirigidos
los hombres que son como mil
por los que estaban ahí amotinados
tres hombres en Ranquil
horriblemente fueron asesinados.
A 3a luz de los lamparines, los policías vieron al lanchero, cantaba visiblemente emocionado, y sus ojos soltaban gruesas lágrimas sobre la guitarra.

CAPITULO XII


El mismo 27, en la mañana, el sargento Carlos Guerra se hallaba en el pasillo exterior de la tenencia de Lonquimay. Maquinalmente extrajo su reloj del bolsillo y miró la esfera: faltaban pocos minutos para la ocho y media Comunicó al hombre de guardia que iba a tomar desayuno.
Se envolvió la cara con la gruesa bufanda y emprendió el difícil camino sobre la nieve que todo lo cubría. Cada paso implicaba meter los pies hasta la pantorrilla. Maldecía la hora en que hubo tomado la pensión tan lejos de su Unidad

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Llegó con jadeo a la «asa de Ramón Marchant; mientras tomaba su colación, la dueña de casa entregó al visitante un panfleto que su dependiente encontró la noche anterior debajo del umbral de la puerta.
El Carabinero lo leyó y releyó otra vez... Enseguida se apresuró en terminar el desayuno y corrió al cuartel, presentándose inmediatamente ante el Teniente Cabrera:
—Buenos días mi teniente. Permiso para hablar con Ud. —Diga no más Sargento, ¿Qué se le ofrece?
—Este volante me lo entregaron donde estoy arranchado. Seguro que andan más por el pueblo.
El jefe del cuartel, tomó la hoja, la leyó y al momento dio orden de que una pareja saliera del pueblo para averiguar detalles del asunto.
En la tenencia nadie hizo nada en las horas siguientes. Todos estaban inquietos. Cuando volvieron los de la patrulla, el Teniente recibió las hojas de mano del Cabo Reyes. El contenido era parecido al que traía el Sargento. Se injuriaba al Presidente de la República y se llamaba, en distintos tonos, a la subversión.
El oficial mandó averiguar más detalles y llegó a saber que los panfletos los repartió Manuel Araneda, y que enseguida se marchó a Ranquil. Ordenó entonces, que e! Cabo Reyes y el Carabinero Maldonado salieran en misión de ubicar a Araneda y traerlo detenido.
El Cabo José Reyes Lira, era delgado, alto y servía et: e) Retén Aduana; pero en el invierno no hay nada que hacer

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allí, se integró a la tenencia de Lonquimay. Casado con cuatro hijos.
El Carabinero Luís Maldonado Silva era soltero y tenia 26 años.
Los hombres ensillaron sus caballos y partieron...
Entre tanto en Ranquil, los acontecimientos se iban precipitando con premura. Mariano corría desesperado, cuando fue sorprendido por una patrulla de cuatro hombres de Leiva. Como sus explicaciones no satisfacían a los rebeldes, lo condujeron al cuartel general en la pulpería de Zolerzi. En troyo, uno de los presentes reconoció al mozo de los Carabineros de Guayalí. Fue encerrado en un cuarto destinado para calabozo.
A la misma hora, un grupo de jinetes se presentó en casa del profesor Llanos, quien salió a la puerta a recibirlos. A su encuentro salió a relucir el cañón de una vieja escopeta y la voz del portador de ella ordenó.
—Manos arriba, señor Llanos.
El maestro creyó, al principio, que era una broma de mal gusto. Pero la voz volvió a bramar:
—Manos arriba o se me puede escapar un tiro
Ahora la broma ya no parecía tal. EU hombre levantó las extremidades hacía el cielo. Dos hombres lo sujetaron y a empujones lo llevaron al patio. La dueña de casa, ai salir, ¿e extrañaba del trato que los hombres daban a su pensionista. Uno de los armados, preguntó:
—¿Dónde está don Herminio, señora?

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—No., lo diga, señora gritó desesperado Llanos.
Fue lo único que pudo decir. El que se hallaba más cerca de él lo derribó de un puñetazo en la mandíbula.
—Reciencito fue en busca de unos gansos, don —dijo la mujer, asustada.
A la señal del que hacía de jefe, cuatro hombres descendieron por una pequeña loma, regresando, al poco rato, con Herminio Campos, quien caminaba de malas ganas Lo llevaron junto a Llanos y partieron los dos al camino. Los prisioneros tuvieron que andar a pié, mientras los del grupo hablaron a la señora de la casa:
—Cuidado con alejarse de aquí. No iría muy lejos.
Apenas habían cabalgado quinientos metros, tino del grupo dijo al portador de la carabina:
—Mire jefe las botitas re buenas que lleva don Campos parecen del número mío...
Desde ahora, don Herminio tuvo que caminar descalzo sobre la nieve, mientras que el que se quedó con las botas del profesor, le entregó sus chalas de cuero de vacuno.
Uno de los revolucionarios dijo, con burla:
—Así caminábamos nosotros los pobres. Aprendan, por que los explotados seremos ahora los ricos...
Una tremenda carcajada estalló y se perdió en el frío cañadón.
Así llegaron a Troyo.

CAPITULO XIII


Pedro Fuentes, segundo comandante de uno de los grupos rebeldes, tenía orden de asaltar el cuartel de Carabineros de Guayalí y matar a los tres hombres que había allí. Como en ese Retén no se conocía aún el movimiento subversivo, las puertas de la Unidad estaban abiertas de par en par, cuando dos civiles entraron a mediodía. El funcionario de guardia los atendió cortésmente cuando apareció el jefe,
—Ya es patilla, mi Cabo, se dirigieron inmediatamente al recién llegado: Los cuatreros nos tienen de caseros, agregó una de ellos. En el año me han robado tres vacas y según parece añadió con misterio. Anoche pasó un arreo de animales desde Argentina, al que agregaron lo nuestro.
—¿Cómo iban a pasar con este tiempo?; Si la nieve esta a veinte centímetros del suelo —dijo el guardia.
—Usted sabe que para los cuatreros no hay tiempo malo —contestó el hombre.
—También es cierto dijo el Cabo.
Los visitantes ofrecieron una recompensa, si se encontraban sus animales. El jefe del Retén rechazó indignado la proposición, diciendo:



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—Esta prohibido recibir compensaciones por nuestra labor. Sin embargo, no por eso dejaremos de cumplir con el deber de ocuparnos de vuestro problemas.
Los visitantes se retiraron, mientras el cabo Bascuñan ordenó al carabinero Montoya prepararse para salir. La experiencia le indicaba que el aire olía a tormenta. Deja las últimas instrucciones a San Martín y partió en compañía de su otro subalterno.
Los jinetes llevaban sus carabinas Máuser de cargo, con veinticinco tiros cada uno y en un costado de sus cabalga duras, colgaban los antiguos sables alemanes. Las bestias avanzaban con dificultad sobre la nieve, aplastada en parte Los matorrales se erguían desde el manto blanco de cada paso. Parecía como si no avanzaran. Aún faltaba una hora para llegar a Nitrito y ya la noche se insinuaba con sus sombras.
El Cabo, como si pensara en voz alta, dijo: —Ahora nos hace falta Mariano.
Montoya, que venía un poco atrás, apuró a su animal para ponerse al lado de su jefe. Como el viento comenzaba a arreciar, gritó para que lo oyera Bascuñan:
—¿Me hablaba mi Cabo?
—No, venía pensando en nuestro mozo que nunca se ausenta por tanto tiempo...
—Eso mismo estábamos comentando con San Martín en la mañana.
—Y con lo bueno que es para huellas, nos habría servido mucho.


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Después de seguir un trecho largo, el Carabinero dijo: —Tengo una sospecha, mi Cabo.
—No será la misma que tengo yo: que el reclamante se ha comido los animales y los da por perdidos o robados para que el socio no los cobre.
—La misma, mi Cabo. Además no hemos divisado ninguna huella de arreo.
—Llegaremos a Nitrito y de allí nos volveremos.
Quedaba el último recodo por doblar y llegarían al caserío. Los caballos caminaban ahora cabeceando como si estuvieran inquietos. Parecían oler el peligro...
Be pronto, tres sombras cayeron sobre los jinetes y otros hombres sujetaron a las bestias. Los primeros, con el fin de echar al suelo a los Carabineros, tiraron fuertemente de sus mantas. En fracción de segundos, los dos uniformados habían caído al suelo sin poder zafarse de les mosquetones para utilizar las carabinas. El Cabo se repelaba, en sus pensamientos, por no haber llevado revólver, cuando recibió un fuerte golpe en el hombro. Pedió por unos segundos el conocimiento, pese a lo cual los asaltantes seguían pegándole e insultando al organismo policial. Pronto los dos Carabineros eran cadáveres destrozados a punta de cuchillos y palos. Las armas se repartieron entre ellos y los cuerpos fueron conducidos a Nitrito, donde se había establecido un cuartel de rebeldía.
La fiesta que se había iniciado horas antes, aumentó de brillo, cuando los demás supieron que los Carabineros

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de Guayalí estaban muertos. Grandes presas de cania de vacuno se estaban asando, mientras los hombres bebían vino y chicha.
La Emelina, con algunos grados de alcohol en la cabeza, después que dejó de cantar, se acercó a una mesa donde había un gran cuchillo y dijo:
—Yo les voy a enseñar a los hombres, como se porta una hembra en estos casos.
Con paso lento y calculado, recorrió el corto trayecto que la separaba de los cadáveres de los policías y cual diestra matarife, faenó el cuerpo del Cabo, abriéndolo en dos; y dentro de la cavidad toráxica le puso un palo.
A Montoya también lo descuartizaron, dejándolo a la izquierda del que en vida fuera su jefe, en una posición tan grotesca, que al verlo producía risa. La mujer mientras ejecutaba su bárbara tarea, se movía rítmicamente, al compás de las llamas de la hoguera central; y su sombra se perdía entre los árboles cercanos. Tres de lo." presentes se le acercaron; uno portaba un paño, el otro un vaso de vino y el último, una guitarra. Después que ella se limpió las manos, se tomó el trago al seco y con la guitarra ejecutó una alegre cueca. Algunos de sus compañeros, bailaban; otros la avivaban y uno de sus hermanos tamborillaba la caja del instrumento. Más tarde, la Uribe mandó a Abraham Peña, diciéndole:
—Compañero; usted tiene la misión de hacer desaparecer los uniformes de los pacos...

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Otros dicen, bandoleros, bandoleros
En Retén de Guayalí
a sus dos Carabineros
También mataron ahí
otros llevan prisionero
Es Bernardo San Martín.


CAPITULO XIV


El 27 de Junio en la mañana, Enrique Farenskrog, mu-chachon altoyfornido de 18 años, quien tenía a su cargo pulpería de Caracoles del señor Ackerman, rellenaba los anaqueles con mercadería, como de costumbre.
A mediodía, entraron al negocio, Luis Segura, poblador del lugar y antiguo socio de Enrique en la siembra de trigo, acompañado de ocho hombres. Todos estaban emponchados. Al dependiente le causó sorpresa la indumentaria. No era tanto el frío, como para usar esas prendas. Presintiendo algo anormal, se acercó disimuladamente hasta Segura y sorpresivamente le levantó la negra manta. Bajo la gruesa tela pudo ver un largón cañón negro. La culata se perdía debajo de la axila.
Hizo lo mismo con el resto de los presentes. Todos andaban armados. Como le vieran la cara de estupefacción y adivinando que les iría a preguntar algo sobre las armas, Segura se anticipó.
—Queremos munición, vamos de caza.
—Siento no poderles atender, pero no nos queda, —respondió el muchacho.

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Silenciosamente se retiraron. El encargado tuvo una corazonada y llamando a unos de los peones, le dijo:
—Vas a ir donde el patrón y le dices que mande armamento y municiones; y si es posible que también venga más gente.
—Si patronato...
El peón mandado, al alejarse dijo a sus compañeros: —Está más tonto voy a ir pá que después me maten. El resto estuvo de acuerdo.
Dos horas más tarde, llegó corriendo a la pulpería la esposa de Balduino Cid, cuya casa estaba a más o menos quinientos metros de allí. entre lágrimas y gritos histéricos, la mujer no supo explicarse de lo que estaba ocurriendo en su domicilio. Sólo repetía una y otra vez-
—Don Enriquito; a mi viejo lo tienen amarrado en la casa. ¿Porqué no alcanza hasta allá?
Farenskrog trató de calmar a la mujer, diciéndole que pronto iría. Al dirigirse al interior, se encontró con el peón que había mandado a la otra pulpería de Rahue:
—¿Ya llegaste, hombre?
—No, patrón fue Mañungo por mí, él tenía que hacer algo por esos lados.
Pero si hubiera ido hasta el cuadro de las ovejas, habría descubierto que lo estaban engañando; porque Mañungo se encontraba escondido ahí.
* * * *

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Frente a la choza que hacia las veces de calabozo, de centinela se encontraba un indígena de la Reducción Raleo, con la orden, de disparar a matar al que intentara fugarse,
Mariano, a través de la desvencijada puerta, lo convenció para que lo dejara escapar; ocasión que se presentó cuando la gente se preparaba para almorzar. El único lugar que no tenía vigilancia, era la ribera del Bío-Bío y fue la que ocupó el mozo para evadirse, efectuando un gran rodeo al lugar, antes de tomar un atajo a Lonquimay.
* * *
Era costumbre en Enrique terminar a las 17 horas; y recordando lo que le había pedido la mujer de su vecino, encaminó sus pasos a la morada de Cid. Mientras recorría el trecho que separaba las dos casas, pensaba que se podía tratar de una de ¿as tantas borracheras del hombre.
Se oían voces en la cocina-fogón. Al trasponer el primer pié dentro de la casucha, violentamente fue empujado desde atrás. Cuando logró reponerse, se encontraba en el centro, rodeado por varios hombres de sospechosa catadura.
Cid se encontraba amarrado en un rincón. En el fuego arrastrado habían unas ollas hirviendo y dos mujeres se preocupaban de ellas. Luis Segura y Cárter se hallaban frente a Enrique. El primero se dirigió al recién llegado.

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—Así quería tenerte, gringo de mierda; y uniendo la acción a la palabra, levantó su grueso talero y lo descargó sobre un costado del muchacho. Enrique cayó, cuan largo era, sobre su lado derecho. Uno de los presentes se le fue encima; sabían que el prisionero no se despegaba, en ningún momento, de su pistola. De un tirón, le arrancaron la cartuchera del cinturón. Perdió el conocimiento. Un pinchazo a la altura del corazón, lo hizo reaccionar; levemente entreabrió los párpados. Arrodillado a su lado se hallaba Segura, en cuya mano había un afilado cuchillo, con el que le clavaba el pecho.
En esos momentos agradeció mentalmente la intuición, que tuvo para cambiar la pistola desde la cartuchera a su bolsillo derecho del pantalón. Dio un quejido de dolor y se carga más al costado del arma, cuando logró arañar la empuñadura, con su mano izquierda empujó a Segura, quien fue a caer en medio del fuego.
Los demás se apresuraron en sacar de las llamas a su compañero, circunstancia que aprovechó el gringo para arrinconarse y amenazarlos con su pistola.
—¿Qué hacen que no lo carnean? —gritó Cárter.
Antes que se moviera alguno, Farenskrog con voz de trueno, bramó:
—A1 primero que lo intente, lo mato... Tengo siete tiros en la pistola y...
No logró terminar la frase cuando la mujer que estaba más cerca de él se le colgó del brazo que tenía el arma; pero la juventud y corpulencia del muchachón pudo más

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Aunque la pistola variaba algunos centímetros siempre ios estaba apuntando.
se me
—Suéltame vieja bruja, —gritó encolerizado, saldrá un tiro.
Cárter que parecía ser el jefe, al ver que la amenaza era real, ordenó a la mujer que se apartara, diciendo:
—¡Creí que estaba entre hombres; pero me he equivocado. Son una trácala de maricones!
—Farenskrog tenía que tratar su libertad antes que tuviera que usar su arma, porque sólo disparaba un tiro y después se atascaba; pero, mientras no la empleara, no se darían cuenta de ello.
—Lo único que deseo, si tengo que morir, es hacerlo en mi casa...
—Sí, pero antes de partir tienes que entregar el arma y las balas; después te iremos a dejar, respondió Cárter
Enrique sabiendo que si entregaba algo, era hombre muerto, dijo:
—Las balas se las entregaré en mi casa, y si me acompañan, iré atrás...
—¿Y si no aceptamos tu condición?
el
Como respuesta, tiró el martillo de la pistola pulgar, agregando a viva voz:
—Adelantaré un poco la hora de mi muerte; pero algunos de ustedes me tendrán que acompañar al infierno

 

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Antes de salir tuvieron que dejar las armas en la casucha; una vez que se adelantaron unos treinta metros, los siguió. Al llegar a la pulpería; cumplió con lo prometido, entregándoles la munición.
Una andanada de exabruptos fueron el preludio da partida de los otros:
—¡Volveremos!
* * *
Esa mañana, mientras los policías se acercaban al sitio de los sucesos el Cabo preguntó a su acompañante:
—¿Por dónde nos vamos a ir a Ranquil?
—Por donde usted ordene, mi Cabo, respondió el Carabinero Maldonado.
—Por la costa del río es más derecho, dijo Reyes.
—Pero es más accidentado el camino, insinuó el subalterno.
—Sigamos por el alto, entonces.
Caminaron el resto de la mañana y toda la tarde al paso de sus cabalgaduras. En la nieve rastreaban las posibles huellas de Araneda; pero instintivamente eludía las casas habitadas. Cerca de las veinte horas, regresaron por el mismo camino. Al divisar la balsa de Caracoles, vieron cerca de ella a hombres. Los policías se miraron comprendiendo que algo anormal pasaba allí. La claridad de la luna reflejada sobre la nieve, les permitió ver nítidamente que todos andaban provistos con diferentes armas.

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Los del grupo, también habían visto a los uniformados descender por la loma. Al darse cuenta de ello, los Cara-bineros volvieron grupa y lanzaron sus caballos a la carrera, a la casa más cercana.
Los otros al parecer, se paralogizaron momentáneamente. Los cabecillas temieron acaso que sus fuerzas se desbandaran por el temor de que se tratara de muchos Carabineros; pero ellos estaban completamente seguros que las únicas fuerzas policiales que había en el sector, eran los del Retén de Guayalí; y esos ya no existían...
Pasaron varios minutos antes de ponerse de acuerdo en quienes irían en la búsqueda de los policías, otro tiempo tomó en ensillar las bestias, lo que fue aprovechado por los uniformados para llegar al domicilio de Salas. La dueña de casa, al sentir el galope de los caballos y el ladrido de los perros, miró por entre los visillos de la ventana. Al ver a los Carabineros salió de inmediato:
—¿Qué andan haciendo por aquí, los señores?
El Cabo le dijo lo que habían presenciado en la balsa y que no habían seguido, por no saber de que se trataba.
—Muy buena medida, señor. Aquí la poblada anda alzada. Hace poco, mataron a mi marido, a los Carabineros de Guayalí, al señor Zolerzi, al bolichero Acuña y a Herminio Campos Pedraza...
Mientras la señora los informaba de los acontecimien-tos, desensillaron los animales metieron las monturas entre el pasto seco que había en un galpón. Después hicieron un hueco y se introdujeron ellos mismos, siendo


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Antes de salir tuvieron que dejar las armas en la ca-sucha; una vez que se adelantaron unos treinta metros, los siguió. Al llegar a la pulpería; cumplió con lo prometido, entregándoles la munición.
Una andanada de exabruptos fueron el preludio da partida de los otros:
—¡Volveremos!
* * *
Esa mañana, mientras los policías se acercaban al sitio de los sucesos el Cabo preguntó a su acompañante:
—¿Por dónde nos vamos a ir a Ranquil?
—Por donde usted ordene, mi Cabo, respondió el Carabinero Maldonado.
—Por la costa del río es más derecho, dijo Reyes.
—Pero es más accidentado el camino, insinuó el subalterno.
—Sigamos por el alto, entonces.
Caminaron el resto de la mañana y toda la tarde al paso de sus cabalgaduras. En la nieve rastreaban las posibles huellas de Araneda; pero instintivamente eludía las casas habitadas. Cerca de las veinte horas, regresaron por el mismo camino. Al divisar la balsa de Caracoles, vieron cerca de ella a hombres. Los policías se miraron comprendiendo que algo anormal pasaba allí. La claridad de la luna reflejada sobre la nieve, les permitió ver nítidamente que todos andaban provistos con diferentes armas.

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Los del grupo, también habían visto a los uniformados descender por la loma. Al darse cuenta de ello, los Cara-bineros volvieron grupa y lanzaron sus caballos a la carrera, a la casa más cercana.
Los otros al parecer, se paralogizaron momentáneamente. Los cabecillas temieron acaso que sus fuerzas se desbandaran por el temor de que se tratara de muchos Carabineros; pero ellos estaban completamente seguros que las únicas fuerzas policiales que había en el sector, eran los del Retén de Guayalí; y esos ya no existían...
Pasaron varios minutos antes de ponerse de acuerdo en quienes irían en la búsqueda de los policías, otro tiempo tomó en ensillar las bestias, lo que fue aprovechado por los uniformados para llegar al domicilio de Salas. La dueña de casa, al sentir el galope de los caballos y el ladrido de los perros, miró por entre los visillos de la ventana. Al ver a los Carabineros salió de inmediato:
—¿Qué andan haciendo por aquí, los señores?
El Cabo le dijo lo que habían presenciado en la balsa y que no habían seguido, por no saber de que se trataba.
—Muy buena medida, señor. Aquí la poblada anda alzada. Hace poco, mataron a mi marido, a los Carabineros de Guayalí, al señor Zolerzi, al bolichero Acuña y a Herminio Campos Pedraza...
Mientras la señora los informaba de los acontecimien-tos, desensillaron los animales metieron las monturas entre el pasto seco que había en un galpón. Después hicieron un hueco y se introdujeron ellos mismos, siendo

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do con sus ideas políticas. Todos ellos serían pasados por las armas y tirados al Bío-Bío.
El muchacho, a cada rato, se asomaba por las ventanas
temiendo que llegaran a asaltarlo. En una de las rondas
que pasó por el fondo de la casa, vio a dos figuras que
avanzaban con toda clase de precauciones por el potrero
interior. Encomendando su alma, a Dios sacó la pistola
y esperó que se acercaran un poco más para no fallar el
primer y único tiro efectivo. Sólo faltaban cincuenta metros para que las sombras llegaran a las. casas. Se preparó para disparar. El techo de nubes, que en esos momentos cubría la luna se descorrió. Su corazón sufrió un
vuelco; las sombras se habían transformado en uniformados. Su mente trabajó febrilmente; podían ser revoltosos" disfrazados con los uniformes de los policías asesinados. ,
A los pocos metros, reconoció a Reyes y a Maldonado. Sin vacilar un segundo salió a recibirlos.
—¿Están enterados de lo que está pasando? A lo que el Cabo respondió con otra pregunta:
—¿Por qué cree que hicimos un forado en el cerco del alto?
Los representantes del orden, después que se retiraron de la casa de la viuda optaron por la única posibilidad, entrar en los terrenos de la pulpería rompiendo el cerco trasero.
Mientras tomaban café en la cocina, Parenskrog contó la traición de sus empleados. Incluso, no podía huir por-

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que no había ningún caballar en la hacienda. Seguro que uno de los peones se los habría llevado lejos.
—¿No tiene un bote? preguntó Reyes.
—Sí; pero de nada nos servirá; el bote está casi al lado de la balsa y esa se encuentra en manos de los criminales. Al pasar nos meteríamos a la boca del lobo y nos matarían como ratas, en el río.
Afuera se sintieron relinchos. Los policías echaron mano a sus carabinas, uno de los mozos entró corriendo a la pieza.
—Patrón; es su caballo que volvió. Radiante de felicidad, el gringo dijo: —Ahora tendré que acompañarlos.
—Conforme; pero en la retirada puede caer cualquiera de nosotros y quien caiga no podrá esperar ayuda del resto... A Lonquimay debe llegar por lo menos uno de nosotros.
—A su orden, mi Cabo —respondió Maldonado. El dependiente de la pulpería agregó: —A su orden, señor Reyes.
Para Enrique, el problema era el hijo de su patrón; si lo llevaba, sería un estorbo; si lo dejaba, podrían asesinarlo. Consultó a uno de los policías, quien respondió:
Preferible que lo dejemos; no creo que sean capaces de matar a los niños.

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—Esos bandidos son capaces de eso y mucho más De todas maneras, tendremos que dejarlo... Pero, don Bruno no me perdonará nunca si le llegara a pasar algo a Bernardo.
Antes de partir, sacó al menor de su dormitorio y lo llevó a una de las míseras y destartaladas ranchas que servía de vivienda a uno de los ovejeros, que vivía allí con su familia. El pequeño se había opuesto tenazmente a dejar su confortable lecho. Sin embargo de nada valieren las protestas del menor. Quedó en el maloliente camastro con los tres hijos del matrimonio llorando.
Por la orilla del río se fueron pasando a un centenar de metros del lugar donde estaban custodiando !a balsa. La nieve amortiguaba los pasos de los caballos. Se habían alejado unos dos mil metros, cuando el que iba en la punta ordenó hacer alto. A poca distancia, se oculta un bulto.
En contados segundos, rodearon el lugar y con las armas presta a disparar, el Cabo ordenó a media voz:
—¡Manos arriba! o disparamos.
Dos brazos emergieron lentamente de entre los arbustos. A continuación, se dejó ver la cabeza. Los policías, al distinguir las facciones, se asombraron.
—¡Tú!... ¿Qué haces aquí? —Escapar, señor.
El fugitivo no era otro que Mariano. A duras penas había logrado llegar a Caracoles, impidiéndole la fuerte

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correntada cruzar el río. Rápidamente les relató lo que ¡e había tocado vivir.
Acordaron cruzar ahí mismo el Bío-Bío. No seguirían
hasta la pulpería de Bruno Ackerman en Rahue, porque seguramente también estaba sitiada; pero no tomada porque los de allí, estaban bien apertrechados con armas y municiones.
El problema radicaba en el cruzar. No sabían si los animales eran de anca; porque sino, era peligroso, aumentaba la peligrosidad, la crecida del río y lo avanzado de la hora.
Farenskrog dijo que lo más seguro, era que el muchacho atravesara el río a nado. El mismo pasaría primero
v le dejaría la punta del lazo. Después se encargaría de
arrastrarlo con su cabalgadura. La idea gustó a todos;
incluso al nadador en ciernes,
Mariano quedó en paños menores, protegiéndose sólo con la manta del Carabinero. El "gringo" le llevó la ropa. A los pocos minutos, se escucharon tres graznidos desde la ribera opuesta; era la señal para que cruzara. Sin contratiempo, llegó al otro lado. El frío lo dejó tieso..
—Todo sea por la vida, barbotó Mariano.
Lo hicieron beber casi un cuarto litro de aguardiente y después que se puso la ropa, trotó los primeros mil metros. Transpirando subió al anca de uno de los animales turnándose cada cierto tiempo, para no cansarlo.

CAPITULO XV


Las estrellas titilaban ya en el firmamento. El poco comercio de Curacautín, estaba cerrando sus puertas Furtivas figuras entraban en una vieja casucha que estaba a ocho cuadras del centro del villorrio. Un letrero, malamente, se distinguía en el frontis del edificio, donde se leía:
IMPRENTA "EL COMERCIO".
De esa misma imprenta habían salido los volantes que incitaban a la revuelta y que fueron repartidos en Victoria, Curacautín y Lonquimay.
En el interior, en una pieza, alrededor de una gran mesa, habían varias personas reunidas. Uno de los hombres se incorporó y dijo:
—De acuerdo a las bases, el movimiento revolucionario se hará en todo el país a contar de la hora cero cíe esta noche; por lo tanto, nuestra Célula no puede fallar.
—Sí camarada; sí camarada Vergara, respondieron varios.
Uno de los que no habían pronunciado, severo con tono fatalista:
—Pero no tenemos armas, compañero Vergara. El aludido explotó", encolerizado:

.

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—Camarada Fuentes; sabe usted muy bien que el movimiento es a nivel nacional, las pocas armas que logró reunir el partido, las dejó en los centros más poblados, donde los obreros tienen que tomarse las industrias, las fuentes de trabajo en general para paralizar el país; oponerse a los milicos y a los pacos... Y cuando tengamos; el poder en nuestras manos, destruiremos los poderes del estado, la economía, las instituciones y las reconstruiremos a nuestra manera. Ahí tendremos una organización que será fiscal. Por lo demás, todo pertenecerá al gobierno. Pues bien, esa organización se encargará de distribuir las armas y las municiones correspondientes para afianzar la revolución, siempre y cuando, queden cuadros regulares del ejército o de cualquier otro tipo de zánganos uniformados. Estos serán eliminados y reemplazados por las milicias populares... Con respecto a las armas, camarada Fuentes, ¿Cree acaso que los campesinos de Ranquil, o les mineros del Tallón, o los obreros del Túnel las Raíces, las tienen...? No, camarada; las tenemos que conseguir, como las tienen que conseguir esos campesinos, esos mineros y esos obreros.
Como viera dibujado en el rostro del interlocutor la incredulidad, agregó.
—En las reuniones anteriores tratamos ese tema. Para su conocimiento, camarada, asaltaremos las casas, los fundos, el comercio, los cuarteles, y los que se opongan... Serán pasados por las armas.
Después siguió el debate sobre el orden que debía seguirse en las "tomas"; que industrias, que campo o cual comercio. No hubo acuerdo al respecto ni sobre la hora...

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