3ª PARTE DE BIO BIO SANGRIENTO

CABO RAFAEL BASCUÑAN

 

Este libro se terminó de imprimir, en el mes de Septiembre    de     1974.

a todas las victimas caidas en la revuelta de ranquil

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Alguien, de las últimas filas, golpeó insistentemente una plataforma con sus puños, pidiendo la palabra:
Finalmente se la otorgaron:
—Con las armas que tenemos, que no pasan de dos o tres revólveres, no podemos asaltar el cuartel, donde hay buen armamento y personal profesional en el uso. Primero hay que hacerlo en las casas donde nos conste que efectivamente las tienen. Después que se reúna una cantidad suficiente, podemos intentar llegar hasta la Tenencia, con respecto a la hora, la más indicada es a las tres o cuatro de la madrugada, cuando la mayoría del personal s? encuentra en sus domicilios y la guardia escasa.
—Para reducirlos hay que entrar al cuartel. Interrumpió uno de los Jefes.
—Efectivamente, camarada Rivera; justamente iba a llegar a eso. Dos o tres de nosotros, se presentan en la unidad policial, alegando un reclamo y como no esperan asalto alguno, tendrán confianza. Oportunidad que sabremos aprovechar, despachándolos. Hizo un ademán con la mano derecha sobre su cuello.
El plan fue aprobado por unanimidad.
Cerca de las dos de la madrugada, algunos hombres abandonaron la reunión perdiéndose en la oscuridad de la noche. Iban a cumplir una misión.
En la esquina de las calles Calama con O'Higgins s? encontraba la tienda más grande del pueblo. Tenía abundante munición y pólvora para la venta. También contaba con dinamita que vendía a los pequeños mineros, para la explotación de sus vetas de oro.

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El almacén era de propiedad de Carlos Charon, que, por asuntos de negocio, se encontraba en la capital, lo que no cuadraba con los planes de los que iban a apoderarse de la mercadería, ya que, junto con la "Toma" de los productos, deberían eliminar al dueño.
En el domicilio sólo se encontraban la anciana Catalina Hennequin y su nieta Mame Hidalgos, de 14 años, quienes dormían plácidamente en uno de los dormitorios inmediatos a la puerta de calle.
Cerca de las dos y media, se sintieron fuertes golpes en los gruesos maderos de la puerta de entrada. La mujer se puso un abrigo sobre su camisa de dormir y so encaminaba para abrir, pensando que se podía tratar del yerno que regresaba.
La nieta era generalmente de sueño pesado; pero cuando la abuela iba a sacar la última tranca, sintió los desnudos pies de la muchacha. Se dio vuelta y vio un rostro desfigurado por el espanto:
—¡¡No abüelita no abra...! ¡No abra...!
Con su frágil cuerpo la muchachita afirmó los maderos, que desde afuera estaban violentando ya con impaciencia. Al percatarse de esto, la anciana afianzó rápidamente la tranca, la que había desprendido de un lado. Se sintieron una serie de improperios y a los pocos segundos una lluvia de piedras cayó sobre la casa, rompiendo todos los vidrios. Era una de las pocas casas de concreto armado en el pueblo y todos los ventanales estaban protegidos por barrotes de fierro, siendo los gruesos maderos de las puertas suficiente prueba contra balas.


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Hubieran seguido castigando esa fortaleza, a no ser que a lo lejos se sintieron los cascos herrados de cabalgaduras que avanzaban por la calle central. Una de las pocas donde no se formaba barriales. En esa fecha, los únicos que mantenían herrados sus caballares en esa localidad, eran los Carabineros.
Los hombres se perdieron, a la carrera, por las diferentes calles mientras en el interior de la casa quedaren dos mujeres aterradas, abrazadas entre sí. La señora portaba un gran revólver, que apenas lograba sostener por el tamaño del arma y su nerviosismo.
A los "revolucionarios", les había fallado el primer golpe y uno de los integrantes del grupo llegó hasta el domicilio de Vergara a comunicarle la mala noticia. Esto como buen general, se encontraba a buen recaudo en su casa, mientras el grueso de sus compañeros peleaban por la causa que "emanciparían al proletariado".
Vergara, en el acto ensilló un caballo que tenía en su patio y, al galope tendido, escapó a Lautaro. En las afueras del pueblo se lamentó en voz alta.
''Ya no seré Subdelegado de Curacautín".

CAPITULO XVI


A las tres de la tarde, llegaron los rebeldes hasta la pulpería de los socios asesinados en Ranquil. Ahora era cuartel general. Conducían detenidos al profesor Llanos y a Herminio Campos, los que fueron presentado en el acto a Leiva. Este los saludó amablemente.

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—Tanto gusto, camarada Llanos.
—El gusto ha sido para mi, señor Leiva.
—No me trate de señor, sino de camarada...
La conversación terminó bruscamente. Se había descubierto la fuga de Mariano y paulatinamente el campamento fue adquiriendo mayor agitación.
Los recién llegados también fueron encerrados en el cuartucho que servía de calabozo, siendo doblada la vigilancia. A las veinte horas, hicieron salir a todos los detenidos, formándolos frente al cuartel. Fueron llamados, uno a uno, por sus nombres. Catorce nombres se mencionaron y catorce veces se escuchó decir:
—; Presente!
Uno de los jefes, amparado por la penumbra, acentuada por el frondoso ramaje de un viejo sauce, comunicó:
—Esta madrugada tomarán el camino largo.
Entre los rebeldes estaba el Zambo Aníbal, quien recordando la promesa que le hiciera a Llanos, manifestó a sus jefes:
—Imposible que le hagan eso a éste hombre— indicó al profesor, agregando. El viene a abrirles los ojos a nuestros hijos...
Dos dirigentes intercambiaron miradas de inteligencia. Algunos presentes alcanzaron a percibirlo a los reflejos de las llamas que escapaban de una fogata, donde muchos entibiaban sus entumecidos huesos. Durante un rato nadie
se pronunció; por lo que Zambo pensó que habían tomado en consideración su pedido.

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Leiva dio instrucciones a los que trasladarían los detenidos a Llanquén de madrugada. De nuevo éstos fueron empujados al cuartucho que les servía de celda, quedando a la espera para iniciar lo que sabían iba a ser marcha hacia la muerte.
A medianoche, llegó un jinete a toda carrera. Era un emisario desde la balsa de Caracoles, para comunicar la noticia sobre los Carabineros vistos por allí En forma urgente fueron citados los "comandantes" de los diferentes grupos. Una vez reunidos, Leiva dio a conocer el plan de defensa en caso de una posible llegada de las fuerzas policiales
—Necesitaremos más hombres para cubrir el puente Ranquil.
—Podríamos echar mano a los prisioneros. Insinuó Florentino Pino.
A través del tabique, que separaba a los detenidos, se sintió un movimiento de pasos luego la voz de Llanos:
—Aquí tiene un voluntario...
—¡No! Usted no, compañero, —bramó el jefe.
De les ocho que se ofrecieron, cinco fueron escogidos. Se los armó con machetes y garrotes, porque, de acuerdo con el exiguo número de Carabineros que había en Lon-quimay, se llegaría a la lucha cuerpo a cuerpo Los res¬tantes rehenes fueron llevados a Troyo, a las cinco de la madrugada, custodiados por tres hombres a cargo de Pino.

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A la misma hora de la salida de los prisioneros, en el sector del Retén Guayalí, a unos cuantos metros del destacamento, Fuentes daba las últimas instrucciones.
La pareja tiene que haber sido ya apresada, sólo queda
el paco que está de guardia, y a ese lo tenemos que sacar engañado. El único que lo puede hacer, es su compadre, dirigiéndose a su ayudante, consultó:
—¿Meza se plegó al movimiento?
—Está que sí y que nó, respondió Gregorio Vidal.
—Tome seis hombres y vaya a su casa; con el bien entendido, que lo traen por las buenas o por las malas.
El propio Vidal fue el encargado de cumplir la orden. En la casa de Meza, todo estaba oscuro y en silencie; pero los perros se encargaron de alarmar a los moradores. Uno de los visitantes nocturnos fue mordido en un tobillo. El herido reaccionó en el acto, dejando caer el garrote que portaba sobre el animal. El can fue prácticamente partido en dos.
Ante el aullido, el dueño de casa gritó. —Quien anda por ahí?
—Vidal, camarada, lo venimos a buscar de parte de Fuentes, para que nos haga un trabajito.
- ¿Pero, a esta hora?
—Esta es la hora indicada...
- .En que consiste el trabajo?
—en que saque a su compadre del Retén.

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—Eso no... Pídanme cualquier cosa, pero eso no
Afuera se escuchó un cuchicheo y posteriormente, alguien contaba:
—Un, dos y tres.
La puerta fue arrancada de cuajo. Meza ?3 encontraba acostado con su mujer. Sin ningún miramiento, fue sacado de su lecho, mandándosele que se vistiera rápidamente. Mientras tanto, Vidal decía:
—Mire camarada Meza, si usted no quiere cooperar tendrá que seguir el camino largo.
Las últimas palabras las recargó con énfasis. La mujer terció en la conversación:
—Es preferible que lo haga, si no pagará las consecuencias
—Si, camarada ¡Bien dicho!. Usted, lo único que tiene que hacer, es sacar a su compadre y después todo es cosa nuestra.
—Lo que les voy a pedir compañeros, es que no maten
j mi compadre ,
—Sí, hombre, si. Respondió Vidal, al mismo tiempo que le cerraba un ojo a Daniel Alegría.
Fuentes ordenó que fueran, en el acto, hasta c Cuartel, allí frente a la puerta pusieron al compadre del policía y golpearon. A un costado, se encontraba un hombre con un cuchillo en las costillas de Meza.
Desde el interior, alguien preguntó.

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—¿Quien es?
—Meza tuvo intenciones de dar la voz de alarma; pero sintió que la punta acerada del arma se le introducía en las carnes y como viera que su vida estaba en peligro, optó por decir:
Soy yo, compadre; necesito hablarle urgentemente.
—¿De que se trata, compadre? Mire que estoy acostado. —Ábrame la puerta. Después se acuesta otra vez.
San Martín se dejó caer del catre y recorrió el corto trecho que separaba el dormitorio de la puerta de la guardia. Afuera los hombres se encontraban en tensión. El compadre deseaba que tuviera la ocurrencia de tomar
algún arma.
Desatrancando la puerta, dijo. —Pasa com...
No le dieron tiempo a terminar. Uno empujó la puerta y dos cayeron sobre él poniéndole los brazos atrás. Lo sacaron del destacamento tal cual se encontraba; en ropa interior y descalzo, conduciéndolo, posteriormente, al lagar donde los rebeldes habían creado otro cuartel. El resto se encargó de recoger el pequeño, pero importante arsenal policial.
Otro grupo, había llegado a las casas del fundo Guayalí y apresado al administrador Víctor Vergara. Lo teman amarrado a una silla en el comedor de la casona. Era torturado con cuchillo para que confesara el escondite del dinero y las posibles armas. Mientras tanto, otros saqueaban las otras dependencias.

 

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El hijo de Víctor Vergara miraba la tortura de su padre, desde un rincón. Uno de los torturadores extrajo un ajado sobre y se lo mostró a Vergara, quien al reconocer el papel, se asombró visiblemente. Su pensamiento, se trasladó a una semana atrás:
Esa mañana, había redactado una carta, informando de talladamente, de varias reuniones y, al parecer, con fines subversivos, que se estaban realizando en la región. Mandó a uno de los hombres del fundo, que gozaba d j su confianza, para que ensillara un caballo y saliera con destino a Lonquimay. Una vez que lo vio en la cabalgadura, listo par¿ partir, le conminó:
—Bien Pancho, esta carta es de suma importancia y, por cualquier medio, tienes que entregársela a una autoridad de Lonquimay... —Sí, don Vergara; así lo haré.
Al regresar cuatro días después, Pancho le habla informando que:
—"Anduve como tres horas a la siga del juez y como el tiempo avanzara me encaminé a la oficina del Registro Civil y me atendió muy bien don Julio Morales, Oficial de esa Repartición, diciéndome que él se encargaría de darle a conocer el contenido a quien correspondiera".
Ahora los "alzados" la tenían en sus manos, comprendiendo la traición.
Uno la leyó a viva voz...
Efectivamente se trataba de su carta, como sus ojos crecieran con el asombro, el que hacía de jefe, dijo:

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—Te voy a dar el gusto en decirte quién nos entregó tu traición, ¡¡infeliz...! Porque de ésta no saldrás con vida.
—¿Quien fue?, —quiso saber Vergara.
El propio Oficial Civil, que también pertenece al movimiento. La mandó con Araneda, para que supiéramos la
clase de gente que tenemos por acá.
A fuerza de golpes le extrajeron la lengua y uno de los asaltantes con un afilado cuchillo se la cortó.
—Esto es para que no sea más habladorcito, desgraciado.
El hijo de Vergara, al ver eso, se lanzó en contra de ellos, dándoles de puntapiés y mordiscos. El muchachito fue tomado en vilo y llevado afuera.
—¡¡Muy bien hecho!. Acaso también seguirá la suerte ce su padre.
El administrador movía desesperadamente la cabeza en forma negativa. Quería gritar, pidiendo que no tocaran a EU hijo; pero de su garganta sólo salían chillidos y de su beca saltaba la sangre en todas direcciones. Entre tanto, con un machete le cercenaron la mano derecha.
—Esto es para que no escribas más cosas que no te importan; y para que no tengas más crías igual a ti, te caparemos.
Todo se hizo entre aullidos de la víctima, cuya resistencia era vencida por la superioridad numérica de los victimarios y las risotadas salvajes de júbilo, de los últimos.

CAPITULO XVII


28 de junio de 1934:


El Cabo Reyes, el Carabinero Maldonado, Farenkrog y Mariano, entraban a Lonquimay a las cinco y treinta de la madrugada. El primero de los nombrados y el encargado de la pulpería siguieron hasta el domicilio del jefe de la Tenencia; el resto continuó a la unidad policial, con el íin de poner al personal sobre aviso.
El oficial despertó sobresaltado ante los recios golpes en la ventana de su dormitorio.
—¿Que pasa?, —gritó furioso. ¦ —Yo, mi Teniente; el Cabo Reyes... Sin permitirle continuar, el oficial explotó.
—¿No puede escoger mejor hora para venir a malestar, Cabo?.
Al parecer, no recordaba que el policía aún se encontraba de "patrullaje", ordenado por el mismo.
Enrique hizo callar al policía con un gesto y, a viva voz, dijo:
—Señor Cabrera, le habla Farenkrog: poblador de Ran-quil. Hemos llegado a esta hora a su domicilio, porque

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por allá están ocurriendo hechos de mucha gravedad; entre ellos, al parecer, asesinaron a los tres policías de Guayalí.
El efecto que produjo la información, fue peor que un balde con agua fría. Rápidamente, se levantó y los hizo pasar. Al enterarse de la situación cabal, ordeno citar a todo el personal para una salida de emergencia y, a "a vez, hizo convocar a los civiles, que estuvieren en condiciones de cargar armas, para defender a Lonquimay de los insurrectos.
El mismo funcionario que citó a Miguel Rodríguez, para que se trasladara de inmediato al cuartel, cruzó la calle y golpeó en la casa de la esquina; al principio con los nudillos. Sin lograr producir ruido alguno en el grueso madero de la puerta, buscó una piedra. Era imposible, encontrar una bajo la gruesa capa de nieve. Sacó entonces su arma de servicio y con la culata castigó el antiguo pino elaborado.
En una de las piezas laterales, se encendió una vela, filtrándose su débil luz a través de las cortinas. Una voz preguntó:
—¿Quien es?
El policía informó escuetamente lo que estaba pasando, pidiendo que alcanzara, a la brevedad posible al cuartel.
Se trataba del dueño de uno de los almacenes más grandes del pueblo. Al llegar a la unidad, el jefe lo invitó a pasar.
—Adelante, señor Seade.

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La habitación se encontraba malamente iluminada. Sólo había una antigua lámpara a parafina. Ya se encontraban allí Rodríguez y Agusto Schweitzer. El primero era otro de los comerciantes "de los grandes" y el segundo, se encargaba del alumbrado del pueblo, producido por un motor v que funcionaba de 19 a 24 horas (siempre que hubiera 'combustible y el motor no estuviera descompuesto).
Los civiles tomaron asiento y el oficial inició la conversación:
—Los he llamado, ante la gravedad de los acontecimientos que están ocurriendo en Ranquil. En cualquier momento, pueden llegar hasta aquí. Es preciso formar una guardia para el cuidado del pueblo. Además, en sus manos quedará el cuartel, porque tendré que llevarme a todos ;os Carabineros...
Los hombres se miraron. El oficial miró su reloj y murmuró para sí.
"Las seis". Repentinamente, reaccionó y gritó hacia adentro:
—I Cabo de guardia...!
—¡Ordene, mi Teniente! ¡Cabo de guardia se presenta!— dijo el uniformado asomándose a la puerta.
—¿Llegaron todos?.
—¡Si, mi Teniente...! Eso sí, el cuartelero no termina de forrajear el ganado. No habrá sillas de montar para cuatro y también faltará una carabina.

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El jefe miró a los que formarían la "Guardia Civil". Uno de ellos pareció adivinar la pregunta que les fornicarían y se adelantó a decir:
—Sí, Teniente, nosotros le procuraremos cuatro caballos ensillados,— y miró a sus compañeros como esperando una confirmación. Esta no se hizo esperar.
El encargado de la luz, consultó: —¿Cuál será nuestra misión?.
—Primero tienen que elegir un jefe; después organizarse para la defensa, protegiendo todas las entradas al pueblo.
El oficial tomó la tabla de los servicios que le había pasado el de guardia. Dos veces repasó la lista antes de pronunciarse:
—Por falta de armamento y además, por estar enfermo, el Sargento Sierra se quedará en el cuartel; de modo que sólo necesitaremos tres animales.
Schweitzer fue elegido jefe, por el simple hecho de haber efectuado el servicio militar. El resto de los presentes irían a reclutar voluntarios para la defensa, las cabalgaduras vendrían "en el acto".
Regresaron a la unidad antes de las ocho horas. La tropa estaba pronto a salir. El Teniente, dirigiéndose a Rodríguez, dijo:
—Necesito un revólver. ¿Podría facilitarme el suyo?
El aludido, como dudando de las palabras del oficial, sólo atinó a levantarse el vestón y mostrarle una pistola calibre 45.

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—Sí; le estoy hablando en serio. Haga el favor de prestármela.
El civil desabrochó el cinturón y le paso "el todo". Además, le entregó otro cargador completo con munición. Con lo que estaba en el cinturón, pasaban de cincuenta las balas.
Rodríguez comprendió que el arma era más necesaria al uniformado que a él; pero lo que no podía creer, es que no hubiera armamento para todos los funcionarios.
Los Carabineros iban envueltos en sus gastadas mantas de castilla; las gorras de campaña les cubrían las nucas y las orejas; las polainas acharoladas, daban un brillo fúnebre a los que, al trote de sus bestias, se alejaban del pueblo.
En esos momentos, el cuartel ya estaba lleno de vecinos. En la oficina del oficial se encontraban reunidos lo? dos comerciantes, el encargado de la luz y el Sargento Sierra. Mientras los civiles iban dando sus nombres, el uniformado los iba anotando. Al terminar, habían cerca de cien inscritos. Marcaron a todos los que le merecían dudas, porque la rebelión también podía explotar en Lonquimiy.
Sólo quedaban quince personas en los que se podía confiar. Entre ellos estaban: Pedro Quintana, comerciante, Antenor Osses, Custodio Tapia, Secretario Municipal, Jorge España, Inspector Municipal, Anacleto Molina y Eugenio Mellado.
Formaron grupos de tres hombres cada uno, dos dudosos y uno leal.

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Los dos puentes de acceso a la localidad, serían permanentemente vigilados por guardias y el resto permanecería en el cuartel.
A los que irían a resguardar los puentes, se les advirtió.
—Mientras permanezcan en los puentes Lonquimay y El Naranjo, impedirán que entren revoltosos. Además, tendrán que vigilar a sus compañeros, porque pueden haber amotinados infiltrados entre nosotros.
A los habitantes del pueblo se les ordenó entregar todas sus armas en la tenencia para ser repartidas equitativamente. Se logró reunir seis revólveres, cinco pistolas y dos fusiles. Sin embargo, de los primeros habían tres en mal estado. Los restantes eran anticuados; de las pistolas, dos eran automáticas. Las otras eran de tiro a tiro; y los fusiles fueron eliminados por no contar con la munición correspondiente.
Se optó por armar a los guardias con escopetas; armas con que contaban casi todas las familias en sus casas. Claro que los medios defensivos serían casi nulos y obrarían más por efecto psicológico.
Se comunicó al padre Jesualdo, cura párroco de ¡a Escuela nal y a la señora Erna Torres, Directora do la Escuela Fiscal, para que suprimieran las clases y enviaran a los alumnos a sus domicilios. La mayoría de las casas de] pueblo tenían celosías de madera o en su defecto ata

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— El comercio, en general, clausuró sus puertas.
Moraga, administrador del Fundo el Progreso, de propiedad de Paulo Ruedi, mandó a los peones Alfredo y Ambrosio Puentes Leiva para que llevaran pasto de la finca a la tenencia, para cuando llegaran refuerzos policiales desde afuera y forrajear su ganado.
En los domicilios de los comerciantes Seade y Rodríguez, ese día y el resto de la noche, habría turnos para cargar cartuchos de caza, con pólvora y munición que, tenía para la venta.
También se llevaron comestibles a la unidad policial, para cocinarle a toda la gente que componía la guardia. Algunas mujeres se encargarían de eso. Los fogones permanecían encendidos y los fondos estarían en condiciones de aplacar el hambre en cualquier momento. Las teteras y el perol de  agua a punto para servir mate. Los vecinos solventes cooperaron con la harina, yerba, carne y otros productos necesarios.
CAPITULO XVIII
Mientras las fuerzas policiales salían de Lonquimay, los rebeldes que conducían a los prisioneros, habían llegado a Llanquén; al campamento que estaba ubicado en el matadero. Ahí fueron recibidos por el Capitán Abraham Peña, quien los agrupó para que cantaran la "Internacional".
Llanos con otros tres prisioneros, continuaron a Con-traco; Manuel Salas Gavilán y Herminio Campos Pedraza,



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Fueron dejados en la balsa Contraco, donde se encontraban los hermanos Uribe, cuidando a ocho detenidos más. Los que venían amarrados, eran tratados con insultos, después empujados violentamente al interior del lanchón. Algunos por falta de equilibrio, cayeron.
Los hermanos Uribe, arrebataron unos garrotes a sus hombres y, demostrando una pasmosa sangre fría, descargaron golpes tras golpes, hasta destrozarles los rostro a los prisioneros.
No contento con la masacre, el Zambo Aníbal les rompió las ropas y, desenvainando su inseparable cuchillón, procedió a castrarlos. Finalmente los tiraron a todos al río.
"Por tratarse de burgueses adinerados y contrarios a la causa".
• * * *
A los pocos kilómetros del pueblo y antes de llegar a la laguna San Pedro, el Teniente Cabrera detuvo la columna, y ubicándose frente a los subalternos, comenzó:
—¡Sargento 1? Marcelino Lobera Jara!
—¡Firme! mi Teniente, —respondió el segundo Jefe da la Unidad.
El Oficial pensó para sus adentros.
"Casado; pero que hace vida de soltero, por tener a su familia en Pitrufquén. Se preocupa que sus subalternos estén en constante superación".


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—¡Cabo Luís Brevis Otárola! —¡Firme, mi Teniente!
Y así sucesivamente, fueron nombrados el Cabo José Reyes lira, los Carabineros William Fuentealba, Víctor Bustos Bernales, Eusebio Urra Aburto, Luis Maldonado Silva, Marcelino Fernández Sáez, Hermógenes Fuentes No-voa y Carlos Núñez Gacitúa. Al final de la formación se hallaban Mariano y Farenkrog.
Habló de lo que estaba ocurriendo en Ranquil y dio amplias instrucciones para las medidas que se irían a adoptar en el momento de encontrarse con los rebeldes. Para terminar, manifestó:
—Si alguien tiene miedo, dé un paso al frente. Es la última oportunidad que tienen para arrepentirse...
Los rostros de los policías, curtidos por el pulche, parecían endurecerse más. El jefe, trató de indagar el más leve signo de temor en sus facciones; pero ellos, inconscientemente, echaron sus cuerpos hacia atrás. El Teniente sonrió satisfecho, a pesar que en ningún momento pensó que alguien desertara. Después de revisar el atalaje se dio la orden de montar, el oficial dijo:
—Necesito tres voluntarios para que se adelanten... Tengo la impresión que nos han tendido una emboscada.
Los caballos dieron un salto adelante, impulsados por sus jinetes, al aplicarles los espuelines en los ijares.
—¡Yo mi Teniente!, —gritaron al unísono. En sus voces había un dejo de desafío.


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—Como no los puedo mandar a todos, irán los Cabos Brevis y Reyes; más atrás y, en contacto con nosotros, irá el Carabinero Maldonado.
Brevis era mandado en todas las misiones de importancia, por su capacidad para investigar y su reconocida valentía. Los exploradores mantuvieron una distancia de doscientos a trescientos metros entre sí. Avanzaban cautelosamente; el puntero, en varias oportunidades, tuvo que desmontar y utilizar los anteojos de larga vista, observando objetivos que le parecían sospechosos. Hacía señas al que le seguía para que se detuviera y una vez comprobado que no había peligro, indicaba continuar.
En esas condiciones llegaron hasta Rahue, por la costa del Bío-Bío. Allí se reunieron los tres exploradores. Reyes, con más experiencia, buscó un paso para cruzar el río, teniendo especial cuidado en no mojar la munición. Así llegaron al domicilio de Bruno Ackerman, donde fueron informados detalladamente sobre lo que estaba pasando en ese lugar y aprovecharon tomar una pequeña colación antes de continuar.
Entretanto, el grueso de la tropa, seguía con la primitiva formación. A unos cuatro kilómetros antes de llegar a la lancha Caracoles, desde lo alto de un cerro, un tirador solitario descargó su arma en contra del grupo. Los tiros caían dispersos. En pocos segundos todos se encontraban en suelo, protegiéndose detrás de arbustos, troncos o piedras. Pronto ubicaron al autor de los disparos y lo pusieron en la mira de sus carabinas, esperando la orden de tiro.

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Mariano suplicó al oficial: —Señor Cabrera, déjeme disparar...
Sabiendo la estimación que sentía el champurria por el jefe del Retén Guayalí, al que todos imaginaban muerto, y viendo ése una ocasión para vengarlo, quería aprovecharla.
El jefe, dirigiéndose a un Carabinero, dijo: —Fernández, pásele la carabina.
Después de graduarle el alza, el policía se la entregó, Torres hizo los puntos y disparó. El que momentos antes lo atacara, saltó por los aires cual muñeco desarticulado, rodando por la pendiente, Mariano, entre dientes, comentó:
—Uno, por mi patroncito Bascuñán.
No pudieron llegar hasta el tirador para comprobar la muerte del francotirador, o si sólo se encontraba herido. El terreno, en ese lugar, era muy escarpado.
Al comprobar que ni en la pulpería, ni en los alrededores, había rebeldes, Farenkrog se quedó en el lugar. Los otros siguieron; pero sin apurar el paso de las bestias para no maltratarlas en la nieve. A dos kilómetros del puente Ranquil, el jefe tomó las medidas correspon dientes a la seguridad.
El con seis funcionarios y Mariano, tomarían el puente. Los cuatro restantes subirían por lo costa del río.
Entre tanto, ya los rebeldes se encontraban atrincherados en el sitio mencionado, sin que los Carabineros estu-

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vieran en conocimiento de ello. Sin embargo, como se tratara de un punto estratégico, tomaron las precauciones del caso, avanzando en fila de tiradores, distanciándose cincuenta metros uno de otro.
Los dos grupos se habían divisado ya; pero ninguno quiso tomar la iniciativa antes que el otro:
—Disparar sobre seguro, —dijo a media voz, Leiva; consigna que fue pasando de uno a otro.
—No desperdiciar la munición, no sabemos el tiempo que permaneceremos sin recibir ayuda, —aseveró, al mismo tiempo, el Teniente Cabrera.
Hugo un silencio sepulcral durante largo rato, el que sin orden previa, fue roto por la detonación de un arma de los rebeldes. La bala rebotó en un peñasco cerca de donde estaban los uniformados, perdiéndose el eco en el frío cañadón más cercano.
Ante el impacto, los policías prácticamente se enterraron en la nieve y esperaron el segundo disparo para ubicar mejor a los enemigos, ya que se sabían en desventaja, tanto numérica, como por el hecho que sus posiciones eran ya conocidas.
Los cuatro Carabineros que subían por la costa, escucharon la detonación. Al comienzo pensaron que se trataría de un tirador aislado. Pero no tuvieron que esperar mucho para escuchar una granizada de balas. Ahora ambos bandos habían iniciado ya el tiroteo. Los unos, a ciegas; y los otros con armamento deficiente, ya que sólo contaban con tres carabinas del tipo militar.


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El primer entrevero, no dejó víctimas.
Los que remontaban el río, dejaron sus animales atados en unos arbustos y siguieron caminando en dirección a los disparos. Al llegar cerca se tiraron al suelo y se arrastraron por sobre la nieve.
Los disparos eran ahora esporádicos. Los policías habían permanecido largo rato sin hacer fuego, tratando de ubicar a los atacantes. El cielo estaba arremolinado. En cualquier momento se descargaría la lluvia o la nieve, Sepúlveda se encontraba protegido por un roble. Con su vista abarcaba todo el campo de batalla, cuidando de que el tambor de su revólver estuviera cargado. Antes de disparar, lanzó un silbido.
Sus camaradas, que habían aprovechado la tregua para ubicar mejores posiciones, dispararon desde todos los ángulos. El Cabo Reyes dio de pronto un alarido de dolor, doblándose sobre sí mismo. La carabina se le escapó de las manos y se tomó la pierna a la altura del muslo, de donde brotaba un hilillo de sangre, manchando la superficie del suelo.
El Carabinero Maldonado, al ver a su superior no dar señales de vida, salió de su escondrijo para ir en su ayuda. SI Teniente gritó:
—¡Maldonado! ¡Quédese donde está!
La orden llegó demasiado tarde, segundos antes, Cárter le disparó con su arma. Se trataba de una de las carabinas de los policías asesinados.

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El proyectil pareció buscar el pecho de Maldonado; pero pegó en uno de los botones de la guerrera y saltó hacia su garganta. Le pareció como si le hubieran enterrado un fierro al rojo vivo. Los dos heridos quedaron separados sólo por tres metros. Maldonado, dirigiéndose a su compañero, dijo:
—Me han herido, me han herido...
El otro, miraba impotente, como se desangraba por el cuello y la boca. Los rebeldes al notar signos de vida en los dos policías, parecían enfurecerse más. Uno de ellos gritó con encono:
—¡Hay que darle a los "pacos" que están baleados...!
De preferencia, los disparos buscaban al Cabo. A su alrededor, las astillas saltaban en todas direcciones y de las rocas cercanas eran desprendidos pequeños trozos.
Después de la descarga, se produjo una pausa, la que fue aprovechada por el jineteado para parapetarse detrás de un tronco. La pausa fue interrumpida por disparos 'de las fuerzas policiales.
Sepúlveda parecía haber tenido la macabra idea de hacer traer a los prisioneros que tenían atrás, en el campamento, para ponerlos en el frente de la batalla, como cebos vivos. Los prisioneros fueron empujados hasta la cercanía del puente, unos para que se arrastraran hasta el lugar de la balacera; otros eran obligados a caminar a pie, asomando las cabezas sobre los michayes. Se oían voces:
—¡Apúrense, desgraciados...!!

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Don Luis, uno de los hijueleros más antiguo, que se había negado a plegarse al movimiento, intentó oponer resistencia, gritándole a sus compañeros:
—¡No sigan! Los Carabineros nos matarán sin saber que no somos enemigos.
Lo derribó un culatazo; pero no por eso se quedó calla do:
—¡No disparen, Carabineros! No disparen.
Sus gritos eran vanos. Las correntosas aguas, impedían que su voz fuera escuchada en la ribera contraria. Sobre las costillas del anciano, llovieron los puntapiés.
—¡Mátame, infeliz! Mata...
No logró terminar, un golpe en la cara con la trompetilla del arma, hizo brotar a borbotones la sangre Con ambas manos se tomó la parte herida, agarrándose un pequeño objeto viscoso, que, por su forma, semejaba un gran gajo de uva. Fácilmente lo arrancó, tratando de ver de lo que se trataba. Malamente pudo hacerlo. Una de sus cuencas se encontraba vacía...
El veterano, junto con lanzar una serie de palabras soeces, intentó incorporarse. En su rostro se dibujaba un rictus de odio. El verdugo no esperó que se parara completamente y le descerrajó un tiro en la cabeza. La víctima se dobló en dos. Su destrozada cara se enterró en la nieve...
El resto de los prisioneros, al ver el asesinato, se .anzaron, a la carrera, hacia la orilla del río. Los más te-

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Temerarios, enfilaron rectamente al puente. Para que no le dispararan los uniformados, corrían con los brazos en alto, mostrando que no iban armados. El Teniente Cabrera, haciendo bocina con sus manos, ordenó:
—¡Alto el fuegoooo!
Viendo Leiva que le había fallado el golpe a su lugarteniente, mandó disparar desde atrás, derribando a dos que estaban a punto de pisar el puente.
En la retaguardia rebelde había treinta hombres montados. Una voz de mando les ordenó que arremetieran al frente. Estos, cruzaron, a la carrera, la pasarela, disparado descontroladamente en contra de las gorras andinistas de los policías, que sobresalían en siete puntos diferentes. El oficial esperó que estuvieran a unos quines metros, para gritar:
—¡Ahora!
Tres, cuatro, cinco descargas cerradas vomitaron las carabinas máuser. Las filas enemigas ralearon instantáneamente, cundiendo el pánico entre ellos.
Los jinetes portaban lanzas en sus manos, con las que pasaban a llevar todo lo que había en tierra. Otros se tiraban violentamente en contra de los bultos; y como los policías habían disparado toda la munición de las recámaras, sólo se atenían a esquivar los lanzazos. En contra  del Cabo y del Carabinero herido, pasaron tres jinetes; dos de ellos tiraron sus rudimentarias armas, las que se desviaron hacia la nieve. Uno pasó, arañando la gorra de Reyes con la punta, sobrepasando en galope unos diez

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metros. Giró su cabalgadura en redondo y volvió grupas contra el Carabinero.
Con la vara hacia el suelo, ya estaba a cinco metros del lesionado, cuando, como emergiendo de la nada, apareció Mariano, tomándole la pica, con lo que desmontó violentamente al jinete, quien cayó sobre unos matorrales, rompiéndose el cráneo.
—¡Dos por mi patrón...!
El comandante rebelde, al notar a los policías impotentes, ordenó una nueva salida. Ahora de infantes y montados. El fin era rematar a los Carabineros, Pero, los cuatro uniformados de la costa, que no podían auxiliar a sus compañeros por encontrarse en un bajo, lograron disparar sobre seguro a todo el que tentara cruzar el puente. No lo habían hecho antes por temor a herir a los prisioneros.
Creyendo los "alzados" que habían llegado refuerzos armados, se desbandaron en todas direcciones y a torio lo daban sus animales.
Siete cabalgaduras quedaron sin jinete. Dos de elIas, a pocos metros de la ribera, ramoneando los escasos coirones que lograban sobresalir de la nieve. Las restantes bestias, se perdieron al interior de la cordillera con sus amos a lomo.
La claridad se escurría entre las altas montañas. Antes que se diluyera completamente, empezaron a caer nuevos copos de nieve.
Ahora los disparos eran sólo ocasionales.

«

CAPITULO XIX


En esos momentos, Llanos y sus compañeros de infortunio pisaban el cuartel de Contraco. Allí tenían prisionero también a los hermanos Gainza, los que arrendaban el fundo de Lolco.
Como faltaba gente, uno de los jefes insurrectos, ordenó al profesor que vigilara a los Gainza. A medianoche, los hermanos suplicaron a su nuevo vigilante que les dejara escapar por la ventana que había en el cuarto que servía de prisión.
Póngase en mi caso, —contestó Llanos. Los dejo es
capar y tendré que responder con mi vida. Además, ahora
mismo me están vigilando y antes que ustedes escapen,
me habrán convertido en un amero, a balazos.
Las súplicas seguían a media voz para que no fueran escuchadas por el resto de los guardias, que se encontraban a cierta distancia.
Esa noche fueron preparados treinta insurrectos, a los cuales el maestro Llanos no conocía. Parecían venir del centro del país.
Al día siguiente, a primera hora, saldrían para interceptar un piquete de Carabineros.
Cuando la oscuridad se adueñó totalmente del terreno, el Teniente Cabrera mandó a cuatro de sus subalternos


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a que se encargaran de comprobar la gravedad de los heridos y que fueran llevados a retaguardia.
Con sus propias carabinas y mantas peleros, armaron dos camillas, en la que movilizaron a Reyes y Maldonado A pesar de que sus lesiones no eran de gravedad, estaban imposibilitados para tomar parte en la refriega.
Más tarde, se encaminaron al puente, para rescatar a les civiles que habían caído heridos. La nieve que caía copiosa en esos momentos, no permitía ver más allá de dos metros. Eso facilitaba, en parte, su misión.
Antes de entrar al portón, toparon con dos bultos que se arrastraban. El silencio fue roto por el ruido producido por un cierre de carabina y una potente voz preguntó:
—¿Quién vive?
—Amigos, que estamos jodidos, —fue la respuesta rápida.
El oficial los interrogó sobre lo que había pasado en Guayalí. Los heridos, hicieron presente que era muy difícil que encontraran allí algún policía con vida.
Comenzó la marcha, hasta llegar a la casa de Salas. Avanzaron con mucho sigilo para evitar cualquier sorpresa.
Allí, recién, se pudo atender a los heridos. El Carabinero ürra, con algunos ayudantes y sin conocimiento cabal de primeros auxilios, logró resultados positivos. A falta de desinfectantes químicos, usaron una salmuera tibia y las vendas fueron coartadas de dos sábanas.

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Todos los fugitivos que estaban en condiciones de caminar se le otorgó salvoconductos para que pudieran ir sin problemas al pueblo, sin ser tomados por insurrectos. Llevaron, además, mensajes para el cuartel de Lonquimay, con el fin de ser transmitidos a Temuco, dando cuenta de las proporciones que había adquirido el movimierito.
Después de revisar bien el lugar, el grupo uniformado instaló provisoriamente, el primer retén. Se ordenó turnos para centinelas y el resto descansó en un galpón, tendiéndose sobre sus frazadas en el suelo y tapándose con sus mantas. Las monturas servían de almohadas.
La inclemencia del tiempo, daba una tregua en la batalla. La mayoría de los alzados se hallaban refugiados en el cuartel general, a unos quinientos metros del puente. Otros vigilaban el puente mismo.
En una pieza, se encontraba Leiva, acompañado de tres jefes más, también estaban allí, la Uribe con sus hermanos, Luis Sepúlveda Canales y la mujer de este último, Laura Sepúlveda Illesca, quien servía de cocinera y mozo.
Conversaron sobre el giro que estaban tomando los acontecimientos. Leiva preguntó a su ayudante Alarcón:
—¿Habrán estallado todos los focos programados?
—Esa era la orden, —respondió el aludido. Sin embargo, por las dudas, se enviaron mensajeros, con misivas, a los lavaderos de oro y al túnel "Las Raíces" para que los obreros se levantasen en armas.
—¡Sssssh! —silbó Cárter, indicando a la pieza contigua. Los detenidos pueden estar escuchando.


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—Que importa. Mañana ninguno contará el cuento, —dijo Leiva.
—Volviendo al asunto de los mensajeros, ¿a quién podemos mandar?, —preguntó Alarcón.
—José Segundo Roa, —respondió Leiva.
Roa, que en esos mismos instantes, estaba en la puerta de la rancha, al escuchar su nombre, entró en la pieza,
—¿Quién me nombra?
Se le puso en antecedentes de la misión que tendría que cumplir: Saldría a las tres de la madrugada para no ser sorprendido por las fuerzas policiales.
—¿Puede acompañarme alguien? —preguntó tímidamente, esperando una respuesta negativa...
—¡Conforme! Que te acompañe Astroza Dávila, dijo Leiva.
A la hora convenida, ambos fueron despedidos con deseos de "feliz viaje" y, en sus cabalgaduras, iniciarse el viaje a Lonquimay.
* * * *
"Necesitamos ayuda en forma urgente. Traten de que vengan aviones, para que sepan los delincuentes que el resto del país está en contra de la revuelta.
Firmado. Teniente Cabrera".

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El que leía el mensaje, era el Sargento Sierra. Era una no i a de cuaderno escolar. En el acto lo dio a conocer a los miembros de la Guardia Civil. Después agregó:
—Los dos hombres que acaban de llegar a Ranquil descansarían hasta mañana. Después engrosarán las defensas del pueblo.
Sí ya se les comunicó, —manifestó el señor Rodríguez.
—El Teniente Cabrera lleva doce horas luchando y hasta el momento no ha recibido ayuda, —dijo Seade.
—Despacharemos otro telegrama, pidiendo que envían un avión, —contestó el Sargento.
Todos estuvieran de acuerdo. Inmediatamente se redactó un comunicado a la Prefectura de Carabineros de Temuco.
La preocupación de los habitantes de Lonquimay no aconsejaba retirarse a los domicilios, a pasar la noche. La mayoría se quedaba en el cuartel.
Faltando pocos minutos para las cinco de la madrugada, en el interior de la Tenencia, se produjo un revuelo. Los guardias se alarmaron. Incorporándose de sus lugare? de reposo y con sus armas listas a disparar, se dirigieron cada uno, al lugar de su destino en caso de ataque.
Sobre la blanquecina capa de nieve, se veía avanzar, a la carrera, una formación de hombres montados. Frente al cuartel, frenaron sus bestias bruscamente. Eran hombres maduros, curtidos por el frío viento cordillerano. Todos gritaron de alegría y se abalanzaron sobre ellos, dando muestras de regocijo.

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Los guardias no lograban distinguir las facciones de ninguno de los uniformados. Todos estaban protegidos con bufandas y éstas, a su vez estaban cubierta de hielo de sus alientos.
A las mantas de agua, parecía que le hubieran aplicado una capa de concreto. Se habían endurecido mientras la tropa cruzaba la cuesta sobre el Túnel de "Las Raíces".
Uno de dos Carabineros intentó desmontar; pero sus esfuerzos eran inútiles. Los zapatos estaban pegados, firmemente, a los estribos. Un espectador civil logró desprenderlos con una piedra.
Seade se aproximó a los recién llegados y les invitó a servirse café. El oficial que iba a cargo de la escuadra, rechazó muy a su pesar el ofrecimiento, porque, en esos momentos, muchos necesitaban de su ayuda.
Y tras la disculpa, el pelotón arregló las sillas de montar y se preparó a partir. Antes de eso, el oficial dijo al Sargento Sierra:
—Deje la pasada por la Tenencia del Subteniente Robertson, acompañado de diez funcionarios, todos de Victoria.
—A su orden, mi Teniente.
Mientras se alejaban al trote de sus animales, silenciosas lágrimas rodaron por las mejillas de los hombres que quedaron.
• * *
*

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Faltaba un cuarto de hora para las seis; los mensajeros rebeldes avistaron la Laguna San Pedro. Quince minutos más tarde, llegaron a un costado de la misma.
En esos mismos momentos, la tropa del Subteniente Robertson, iba llegando a la ribera de la laguna. En contados segundos rodearon a los insurrectos. Fueron registrados e interrogados. Confesaron de plano todas las barbaridades efectuadas por ellos y sus amigos. Los otros escaparon, mientras que a ellos se les hizo difícil arrancar.
El oficial ordenó a dos Carabineros que los condujeran hasta Lonquimay y se los entregaran a los primeros guardias que encontraran. Al instante, los detenidos fueron desmontados, amarrados las manos por delante quedando unidos a los policías por un largo cordel. De ese modo, en fila india, iniciaron la vuelta al pueblo.
. A un kilómetro de la ciudad, tropezaron con un destacamento de guardias. En el acto entregaron los rebeldes y, a la carrera, alcanzaron a sus compañeros.
En el cuerpo de guardia de la Tenencia, volvieron a ser allanados cuidadosamente, porque el personal uniformado estaba al tanto de los mensajes a los minerales de la zona, que mandaban los rebeles.
Las respuestas eran convincentes, lo que les permitía quedar en libre plática, en el pueblo. Antes de dejarlos salir, fueron revisados otra vez. Dos hombres miraban a Rodríguez mientras este les palpaba las mantas. En sus rostros se dibujaban signos de nerviosismo, aumentó más, al sentir un ahogado grito de la garganta de uno de los jefes de la Guardia Civil:

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—¡Aquí, aquí! En la costura tiene que haber algo.
El Sargento con una hoja de afeitar, rompió el borde de la manta, sacando del dobladillo, dos papeles.
Se trataba de mensajes enviados por Leiva a los dirigentes de los lavaderos de oro y al túnel de Las Raíces. Los guardias reaccionaron violentamente. Querían vengarse de la muerte de muchos de sus familiares y compañeros. Los lincharían en el mismo cuerpo de guardia, a no mediar la intervención del único uniformado, quien tuvo que gritar fuertemente para hacerse oir:
—Esto no se puede hacer. Recuerden que están para resguardar el orden y no para cometer delitos.
Junto con eso, levantó a Roa, a quien tenían en el suelo. Lo protegió con su cuerpo. Los civiles recapacitaron y decidieron a someterse al razonamiento del policía. En pocos minutos, amarrados de pies y manos fueron arrojados a los improvisados calabozos; y para impedir posibles fugas, dos centinelas quedaron de punto fijo.
Ni Astroza, ni Roa, tenían familiares en el pueblo; y los conocidos o amigos se negaron a darles alimentos esa noche, por el temor de verse comprometidos.
A la mañana siguiente, Pablo Seade le llevó mermelada y galletas a Astroza, también le dio café que había en el cuartel, diciéndole:
—Mira, hombre, en lo que te metiste. ¿Cómo quedará tu familia?
A la hora de almuerzo, el tendero volvió a llevarle alimentos. Hubo entonces malestar entre sus compañeros de la guardia, Rodríguez lo interpeló:

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—¿Para qué le das de comer a esos carajos? Si son asesinos que no tienen perdón.
Pero Seade no se amilanó. Seguía llevándoles alimentos. Era del dominio de todos, el buen corazón que tenía. Nunca hubo persona en desgracia que no auxiliara.
A las cinco de la tarde, desde la Tenencia, vieron a Seade acercarse al cuartel, llevando la inconfundible servilleta, donde portaba el pan y la mermelada. Uno de los guardias, comentó en tono jocoso:
—Este Pablo es un condenado. Cuida a Astroza y le da consejos. Quiere que no le pase nada y que después no tenga problemas para pagarle la cuenta...
Mientras se alimentaba el preso, su benefactor le daba nuevos consejos. Pero Astroza le replicó enojado:
—Córtela, iñor, con sus recomendaciones. Lo hecho, hecho está y después, de alguna manera, le pagaré lo que le debo.


CAPITULO XX

de la mañana, se iniciaron los preparativos en el cuartel provisorio del Teniente Cabrera, para avanzar hasta Ranquil, foco de la revuelta.
Mientras los improvisados practicantes hacían las últi

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—Colega Urra ¿por qué no le dice a mi Teniente que nos lleve? Es preferible morir peleando, antes que esperar que lo vengan a matar...
El Carabinero practicante, pensando que su amigo tenía razón, dejó su tarea y se acercó al jefe:
—Permiso para hablar con usted, mi Teniente...
El aludido levantó la vista de un croquis que estaba estudiando en compañía del Primero Lobera y del Cabo Brevis, miró extrañado al que interrumpía su tarea.
—Diga, Carabinero.
—Los heridos desean avanzar con el grupo, mi Teniente.
Los tres se miraron asombrados.
—¿Qué están locos, esos condenados?,— gritó el Oficial.
Y se encaminó a largos trancos hacia los heridos:
—¿Qué pretenden ustedes?
—Seguir en la columna, mi Teniente,— dijeron al unísono.
—¿Cómo se encuentran?— Ahora su voz era paternal. —Bien, mi Teniente,— volvieron a corear. Con la mirada, el oficial interrogó a Urra.
—Sí, mi Teniente. Ayer parecían más graves; pero no es tanto ahora. Incluso pueden montar.
Admirado, observó a los lesionados y les preguntó: —¿Es efectivo eso?


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—Con algo de empeño podremos hacerlo, mi Teniente.— Respondió Reyes.
—Bien; se preparan entonces.— Y dirigiéndose a Mariano, agregó:— Usted, Torres, me hace el favor de cuidarlos en la retaguardia.
—Sí, mi Teniente.
El desayuno consistió en "ñaco", que algunos acompañaron con tortillas de rescoldos, recién sacadas de las calientes cenizas. Y después que todos se hallaban sobre sus cabalgaduras, el jefe dio la voz de partida:
¡Adelante! ¡Al paso, maaaaar!
Al llegar al puente Ranquil, tuvieron que retirar dos cadáveres que obstaculizaban la entrada. Diez metros de la salida, había otro, grotescamente tirado en el suelo.
La labor de reconocer a los occisos, sus indumentarias y causas del deceso, como era habitual en estos casos, fue ignorada, ahora, por ser una situación de emergencia.
A ciento cincuenta metros del puente, había una casa. Rápidamente fue rodeada. Brevis y Fernández, de un salto, se dejaron caer de sus bestias y con las carabinas por delante, irrumpieron por la única puerta de la habitación.
Sus compañeros con las armas listas a disparar les cubrían las espaldas. No fue necesario: la casa se encontraba deshabitada.
Al llegar a la pulpería de Solerzzi, —hasta el día anterior, cuartel general de los rebeldes—, les salieron al encuentro las mujeres del negocio. Patrona y empleada, lloraban

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de emoción, impidiéndoles desmontar, agarradas a las polainas con abrazos y besos:
— ¡Nuestros Salvadores! ¡Nuestros Salvadores!— gritaban poseídas de alegría.
Una vez en el comedor, con más serenidad, la mujer relató las atrocidades cometidas por los que asaltaron a su esposo y al socio de éste.
El Oficial decidió, que ese era el lugar más apropiado para cuartel; y de inmediato, se inició la recuperación de especies y la detención de los sospechosos. Esto último se hizo difícil; porque a las casas que llegaban, sólo encontraban mujeres o estaban desocupadas.
A las cuatro de la tarde, iniciaron el avance hacia Llanquén. No habían recorrido quinientos metros cuando el mozo de la viuda de Solerzzi los alcanzó a la carrera.
—Mi Teniente; al frente de este cerro se ven varias personas, parecen "revoltosos".
El Oficial giró su cabalgadura en 90 grados y regresó a la pulpería, con la tropa pegada a la cola de su animal. Ubicó al personal en lugares estratégicos por donde pasarían los hombres que avanzaban.
Ya estaba oscureciendo cuando hicieron su aparición los jinetes. A doscientos metros de los policías caminaban sin ninguna clase de precauciones. Ochos negras bocas de carabina y una de revólver, apuntaban a los confiados des¬conocidos. El gatillo le cosquillaba el índice de los uni¬formados, esperando que el jefe descargara su arma.
El Teniente esperaba tener a los enemigos a tiro seguro, para disparar; pero, a través de la claridad que daba la

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nieve, distinguió a los hombres por sus vestimentas y gritó:
— ¡Alto! ¿Quién vive?
Las bestias fueron frenadas bruscamente y el hombre que iba en primer término se apresuró a responder:
—¡Teniente Robertson, de Victoria!
Mientras decía eso, pensaba que, los que les interceptaban no podrían ser "facciosos" porque aquellos no darían la voz de alto, sino que habrían disparado.
En esos momentos, los Carabineros, que estaban atrincherados, se olvidaron de la disciplina y gritaron:
— ¡Viva! ¡viva! ¡bravo! ¡viva!...
Los oficiales, conscientes de lo que representaba en esos momentos el encuentro, sólo atinaron a abrazarse fratenalmente:
—Felicitaciones, compañero. —Gracias, Robertson.
Toda la tropa regresó a la pulpería. Allí los dos jefes planificaron los avances y los ataques que harían a los reductos hacia donde se iban replegando los insurgentes. De acuerdo a los datos que habían obtenido, ordenaron la salida, en el acto, de dos patrullas, de cuatro funcionarios cada una. Una, al mando de Lobera; y la otra, conducida por Brevis.
Llevaban la misión de ubicar y detener a Leiva Tapia a Lagos y a los hermanos Uribe.

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lloraban de emoción, impidiéndoles desmontar, agarradas a las polainas con abrazos y besos:
— ¡Nuestros Salvadores! ¡Nuestros Salvadores!— gritaban poseídas de alegría.
Una vez en el comedor, con más serenidad, la mujer relató las atrocidades cometidas por los que asaltaron a su esposo y al socio de éste.
El Oficial decidió, que ese era el lugar más apropiado para cuartel; y de inmediato, se inició la recuperación de especies y la detención de los sospechosos. Esto último se hizo difícil; porque a las casas que llegaban, sólo encontraban mujeres o estaban desocupadas.
A las cuatro de la tarde, iniciaron el avance hacia Llan-quén. No habían recorrido quinientos metros cuando el mozo de la viuda de Solerzzi los alcanzó a la carrera.
—Mi Teniente; al frente de este cerro se ven varias personas, parecen "revoltosos".
El Oficial giró su cabalgadura en 90 grados y regresó a la pulpería, con la tropa pegada a la cola de su animal. Ubicó al personal en lugares estratégicos por donde pasarían los hombres que avanzaban.
Ya estaba oscureciendo cuando hicieron su aparición los jinetes. A doscientos metros de los policías caminaban sin ninguna clase de precauciones. Ochos negras bocas de carabina y una de revólver, apuntaban a los confiados desconocidos. El gatillo le cosquillaba el índice de los uniformados, esperando que el jefe descargara su arma.
El Teniente esperaba tener a los enemigos a tiro seguro, para disparar; pero, a través de la claridad que daba la

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nieve, distinguió a los hombres por sus vestimentas y gritó:
— ¡Alto! ¿Quién vive?
Las bestias fueron frenadas bruscamente y el hombre que iba en primer término se apresuró a responder:
¡Teniente Robertson, de Victoria!
Mientras decía eso, pensaba que, los que les interceptaban no podrían ser "facciosos" porque aquellos no darían la voz de alto, sino que habrían disparado.
En esos momentos, los Carabineros, que estaban atrincherados, se olvidaron de la disciplina y gritaron:
— ¡Viva! ¡viva! ¡bravo! ¡viva!...
Los oficiales, conscientes de lo que representaba en esos . momentos el encuentro, sólo atinaron a abrazarse fraternalmente:
—Felicitaciones, compañero. —Gracias, Robertson.
Toda la tropa regresó a la pulpería. Allí los dos jefes planificaron los avances y los ataques que harían a los reductos hacia donde se iban replegando los insurgentes. De acuerdo a los datos que habían obtenido, ordenaron la salida, en el acto, de dos patrullas, de cuatro funcionarios cada una. Una, al mando de Lobera; y la otra, conducida por Brevis.
Llevaban la misión de ubicar y detener a Leiva Tapia a Lagos y a los hermanos Uribe.

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La casa de los Lagos estaba ubicada al pie de un cerro. El primero Lobera se fue por el plano y el otro grupo se descolgó por el alto. Aproximadamente a las cuatro de la madrugada, el cerco se fue estrechando. Faltando doscientos metros, más o menos, para llegar, los habitantes de la morada fueron puestos sobre aviso por los perros.
Los policías, sin voz de mando, apuraron sus caballos, pese a la oscuridad que reinaba en esos momentos. Los dos jefes de patrulla, emplearon la misma táctica: dejaron a un Carabinero a unos ochenta metros de la casa y con los restantes acometieron, en abanico, sobre la habitación.
Brevis, antes de apartarse, dijo a sus compañeros:
—Seguro que nos tocará disparar. Tengan mucho cuidado. Miren que le prometí a mi Teniente llegar de regreso con ustedes... vivos, se comprende..— Lo último lo dijo riéndose.
—¡Que casualidad! Nosotros le dijimos lo mismo con respecto a usted,— respondió, en el acto, el Carabinero Fernández.
En contados segundos, rodearon la casona. Un policía de Victoria, se ubicó a un costado de una puerta e inundó el recinto con la luz de su linterna.
Cinco caballos se encontraban ensillados, listos para partir.
"Menos mal que todavía no levantan vuelo los pajaritos", pensó, para sí, el Carabinero.
Al no ver a nadie en la dependencia, penetró y siguió alumbrando. En un rincón, entre las cajas, le pareció distinguir un bulto. Apuntando con el arma, ordenó:

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— ¡Salga de ahí con las manos en alto!
Era un muchachón, mozo de los Lagos, que tiritando de miedo, respondió:
— ¡Sí señor! Como mande señor...
Los otros Carabineros ya habían destrozado puertas y ventanas que los moradores no habían querido abrir, sacando del interior a Leiva Tapia, al padre de los Lagos y también a éstos.
Las mujeres se colgaban de los brazos de los uniformados, para impedir la detención de sus familiares, llorando y gritando al mismo tiempo histéricamente. Al ver que nada podían hacer por ellos, agredieron a los policías con palos. Una vieja, salió de la cocina con una tetera llena de agua caliente y se abalanzó sobre el Primero Lobera. Fernández, que se encontraba cerca y al que la mujer no había visto, desde atrás, le hizo una zancadilla. Se fue de bruces. La candente agua bañó sus propias extremidades superiores, además de parte de su cara y cabeza. No eran gritos los que daba; más parecían alaridos de animal perseguido o acorralado, lamentos que se escuchaban a la distancia en la quietud de la noche.
Los detenidos fueron obligados a recorrer, a pie, los doce kilómetros que los separaban del cuartel.
Leiva, que presumiblemente era el instigador principal fue interrogado inmediatamente por los Oficiales, dejando para después a los demás.
—En ningún momento he ordenado hacer las cosas de que se me acusa. Se trataba de acuerdos de la mayoría...

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Hace poco que había regresado...— se defendió el dirigente.
—¿Y dónde andaba? —En Uruguay.
Lo dijo tan natural, como si se tratara de un viaje a Curacautín.
—¿Al Uruguay? ¿A qué?,— preguntó el Teniente Cabrera.
—Con el íin de asistir a una conferencia de partidos comunistas de Montevideo.
Todo el interrogatorio fue documentado y archivado.
A las nueve de la mañana, salió el Teniente Cabrera con su personal y los de Victoria, con destino a Llanquén. También llevaban a Leiva. Iba amarrado de las manos y al frente de la tropa.
Al llegar la primera patrulla al lugar y cruzar las rguas del río, una nutrida descarga cayó sobre ellos. Los que venían detrás, ya se habían descolgado por una pequeña loma y no podían retroceder.
A los policías les llovieron las balas en todas direcciones. Los Oficiales, al ver en la encrucijada que se encontraban, ordenaron abandonar a los animales y protegerse personalmente.
El único que quedó montado, fue Leiva Tapia, quien estaba amarrado. Un proyectil de sus mismos camaradas, lo hirió de muerte. Desplomándose de su cabalgadura, cayó al suelo como una bolsa con arena. Su muerte fue instantánea, quedando el cuerpo a la orilla del agua del río Llanquén.

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Como los uniformados se encontraban parapetados, los insurrectos disparaban sobre las bestias, siendo alcanzado en una paletilla, el que montaba el Carabinero Urra.
El yerno de Benjamín Cáceres, que cooperaba con los Carabineros y que intentaba rescatar a un familiar que andaban trayendo prisionero los rebeldes, sería el que conseguiría un animal para el regreso de Urra. Pero, entre tanto, el Teniente Cabrera, al ver que rápidamente caía la noche y les sería imposible dominar, ordenó retirarse a Ranquil.
El civil que los acompañaba, se quedó un rato más pa

¬ra ver las posibilidades de mandar un mensaje a su familiar, pero, en la ribera donde se hallaban los insurgentes, había sido visto. Uno, que presumiblemente era jefe, gritó:
—¡Ese es un sapo! Hay que darle... El que lo voltee será ascendido a Teniente.
— ¡Déjenmelo a mí!— gritó Contreras, un afuerino, llegado poco antes de la revuelta.
Dos disparos hizo de un winchester. El yerno de Benjamín Cáceres cayó al suelo, sujetándose un hombro, por donde manaba abundante sangre.
— ¡Le di! ¡Le di!— gritaba nuevamente alborozado, el
autor de los tiros.
Los primeros policías que llegaron arriba, divisaron un rancho en mal estado. A la carrera, llegaron hasta allí. Su interior fue revisado minuciosamente; pero sólo encontraron un cuarto de cordero, colgado desde una viga.

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todo el apetito, que había permanecido escondido durante la refriega, despertó ante la presencia de la carne.
Inmediatamente hicieron fuego. En pocos minutos, las llamas danzaban caprichosamente, elevándose más de un metro, en su ardiente baile. Posteriormente, y a prudente distancia, pusieron el costillar. No se habían percatado de que la lumbre se filtraba por las rendijas de la rancha. A los pocos minutos, nuevos proyectiles mordían loa viejos maderos de la construcción.
Fernández tomó la ardiente carne y la arrojó sobre las brazas, desparramándolas por el piso. Sus compañeros comprendieron esa actitud. El asado se iba perdiendo como si hubiera sido un sueño. Y, una vez que disminuyó la luminosidad, escaparon a toda carrera.
Esa noche hubo fiesta en el campamento rebelde. Había que festejar el primer ascenso de la campaña... Contre-ras recibió las estrellas de "Teniente".
A la mañana siguiente, las fuerzas policiales enfilaron nuevamente hacia Llanquén. Llegados al lugar del día anterior, encontraron el cadáver de Leiva; y a unos pocos metros de él, se hallaba el yerno de Benjamín Cáceres. Como no se divisaron enemigos, estudiaron, con más detenimiento a los cuerpos sin vida. La del primero, fue una muerte fulminante; la del otro, al parecer, por enfriamiento, o anemia aguda; porque no se encontraba ninguna herida que comprometiera algún órgano vital.

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