4ª PARTE DE BIO BIO SANGRIENTO

Este libro se terminó de imprimir, en el mes de Septiembre    de     1974.

a todas las victimas caidas en la revuelta de ranquil

EL AUTOR

 

ARTURO ALESSANDRI PALMA

PRESIDENTE DE CHILE 1932-1938


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La caminata por la ribera del río, era imposible, a consecuencia de las últimas nevadas. El Cabo Brevis fue consultado, por el Oficial, sobre otro camino.
—Lo más seguro, mi Teniente, será cruzar por sobre la cordillera.
Así lo hicieron. Cerca de las cuatro de la madrugada, ¡legaron al bajo de Nitrito, permaneciendo ahí hasta que aclaró completamente. En el pequeño caserío del lugar, se iniciaron investigaciones a fondo, para tratar de ubicar los cadáveres de los dos Carabineros masacrados en el matadero.
El domicilio de los Uribe y sus alrededores, fueron allanados. Al Cabo Brevis le pareció sospechoso un lugar del patio donde la nieve estaba mezclada con tierra. Tomando una pala, escarbó.
Al ver que la tierra había sido removida recientemente, siguió escarbando. A ochenta centímetros, más o menos, la herramienta quedó atascada por un objeto. Se agachó y la desenredó. Comprobó entonces que se trataba de la tela gruesa de uniformes policiales. El rudo hombre de armas, al contacto con la especie, se emocionó; pero una vez serenado, siguió extrayendo el resto que aún estaba bajo tierra.
Se encontraban totalmente ensangrentadas y destrozadas. Sin duda, se trataba de los uniformes que usaban sus compañeros en el momento en que fueron asesinados y enterrados por Abraham Peña.
A raíz de este hecho se detuvo a varios sospechosos y se los mandó a Ranquil en calidad de detenidos.

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Allí el combate fue tal
según un testigo vio
en el río de orilla a orilla
se mató y se hirió
y se vio que el cabecilla
Juan 2º Leiva Tapia, murió.
Fue nacido y criado en Neuquén, Argentina, predicando el comunismo pasó a esta nación vecina y hoy encontró en el abismo la muerte como propina.
El relato volvió a cobrar vida a través de las coplas


CAPITULO XXI


Esa mañana, desde temprano, se hallaban en la Subco-misaría de Lonquimay, dos vecinos de Alto Bío-Bio, tratando de conseguir el pase para poder salir del pueblo y poner sobre aviso a sus familiares de lo que estaba ocurriendo en el sector de Ranquil. Echeverría, mayor de ellos vivía en el lado de los Argentinos; y el otro, un muchachon imberbe, que no lograba aun sobrepasar los veinte años, comprendía no obstante su juventud la situación
El encargado de dar las autorizaciones para salir, preguntó al menor de los solicitantes: —¿A que lugar se dirigen?

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—A Liucura, señor.
Como te llamas? —insistió el miembro de la guardia
civil que se encontraba detrás de la mesa. —Alberto Catalán, señor.
El civil estampó en el papel el nombre del muchachón, al lado del de Echeverría y se lo entregó a este último.
Antes que se retiren del cuartel, el Sargento Carlos Guerra les entregó un mensaje para que lo hicieran llegar al personal destacado en el Retén Liucura.
—Hagan el favor de entregárselo a la brevedad al Cabo Montoya.
—Sí, mi Sargento. Sin falta lo entregaremos hoy, respondió Echeverría.
A la salida del pueblo, en el puente Lonquimay, se encontraban los guardias civiles, quienes comprobando la autenticidad de los pases los dejaron continuar.
Al llegar a los lavaderos de oro en el Tallón, comprobaron que los mineros se encontraban en sus faenas como todos los días, lo que significaba que no estaban al tanto de los acontecimientos o simplemente no se habían plegado al movimiento subversivo.
Ambos amigos a medida que iban pasando por los predios en que hubiera gente eran informados de lo que pasaba y a su vez, ponían al tanto a estos, aconsejándolos para la defensa, de un posible asalto. En esas condiciones llegaron hasta el vado de Los Argentinos. De ahí en adelante seguiría sólo Catalán encargándose de llevar la comunicación al destacamento policial.

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En el Retén, encontró al Carabinero de guardia totalmente desprevenido. En los mismos momentos en que le entregaba el sobre, apareció el Cabo Montoya en el despacho en que se atendía al público.
Al Jefe de Retén, a medida que leía, se le dibujaba e-n la cara una mueca de horror. Dirigiéndose a su subalterno, dijo:
—Llame a Córdova, que está forrajeando el ganado...
El muchachón preguntó:
—¿Puedo retirarme?
—Pero claro y muy agradecido, respondió Montoya.
Reunidos los tres uniformados en la guardia, el Cabo tragó un poco de saliva antes de romper a hablar:
—He recibido este papel de la Tenencia, en él me comunican que en Troyo, Ranquil, Lolco y sus alrededores ha estallado un foco subversivo entre la población,.. Mataron a los hermanos Gainza, Juan Zolerzzi, Zañartu, Pearo Acuña y a los tres Carabineros del Retén Guayalí. Ante la gravedad de los sucesos, tengo que trasladarme a Lonquimay con uno de ustedes.
Ambos policías se miraron espantados. Esa noche dejaron preparado todo el equipo para el día siguiente. A Montoya, lo acompañaría Córdova. En el cuartel, quedaría el otro Carabinero, que era hermano del Jefe de Destacamento.
Antes de las siete de la mañana, los dos Carabineros llegaron hasta el domicilio de Martín Soto. Menos de veinte

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minutos se habían demorado en llegar a la primera casa del pueblo. Siguieron caminando por las calles semi-desier-tas hasta llegar a una pulpería. En la puerta del negocio, emergió la figura bonachona del señor Soto, hombre esti¬mado por la población. Al ver a los uniformados, se apresuró a su encuentro, diciendo:
—Desmonten, señores... Por lo que veo, van de viaje
—Así es, señor Soto, respondió Montoya, mientras ambos desmontaban de sus machos. (En esa fecha, todos los destacamentos cordilleranos usaban de esa clase de bestias para los servicios).
Mientras se servían desayuno, el Cabo aprovechó la oportunidad para pedir caballos, con los cuales podrían llegar más rápido al pueblo. Desde el interior de la cocina, se escucharon varias voces de protesta, al saber que los uniformados se retiraban, se trataba de vecinos que desde la noche anterior, estaban en la casa de Soto, a la espera de mayores antecedentes sobre el movimiento subversivo
—Considero, señor Montoya, que ustedes no se pueden retirar de este lugar y dejarnos abandonados a !a buen» de Dios..., manifestó don Martín.
A lo que respondió el Cabo:
—Lo que está malo es que ustedes se queden aquí con las manos cruzadas, en circunstancias que en Lonqiiimay se necesita el máximo de gente para impedir que los levantados invadan el resto del territorio.
Muchos de los presentes manifestaron su conformidad; pero la reacción de la esposa del pulpero no se hizo esperar.

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—Ni Martín ni yo, nos moveremos por ningún motivo de aquí, si tenemos que morir, será en este lugar.
Los policías apuraron el último sorbo de caíé e intentaron retirarse nuevamente, Soto los interpeló por dejar al pueblo sin defensa...
El Cabo demoró un poco para responder. Después de un rato dijo:
—Lo único que puedo hacer, es dejarles a mi hermano que está en el Retén. Además, los vecinos que vendrán. En total serán más de treinta para defenderse.
Mientras decía eso Montoya escribía una nota a su hermano, indicándole que se trasladara a la pulpería con todo el armamento. Antes de retirarse, dejó las últimas instrucciones para la defensa; el lugar rodearlo con fardos de pasto o con sacos de arena, dejar centinelas permanentes y durante la noche mantener encendidas grandes fogatas en los cuatro costados, para evitar sorpresas. Una vez dadas todas las recomendaciones, enfiló con su hombre hacia las afueras de la ciudad.
El camino por recorrer era largo y para ello se preparaban. Después de cabalgar durante dos horas, llegaron al pequeño pero bravo río Pedregoso.
* * *
En esos momentos, en el cuartel de Lonquimy, el Sargento Guerra informaba al Teniente Manuel Danyau Rivas, jefe del escuadrón Mulchén, que había quedado transitoriamente a cargo de esa Tenencia, por orden del Capitán Mon-

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real, quien había seguido al sitio de los sucesos y asumido ahí la jefatura de todas las fuerzas policiales, que a la unidad se habían agregado dos Carabineros del Retén Tallón, quedando uno solo en dicho destacamento. Agregó Guerra que era un verdadero barril de pólvora y que podía explotar en cualquier momento, por el hecho da encontrarse allí los lavaderos de oro.
El oficial ordenó entonces que de inmediato se trasladaran dos uniformados al lugar, para rescatar al que es¬taba sólo allí.
Uno de los enviados era un Cabo y el otro un Carabinero de Mulchén. Ambos policías se preocuparon, en el acto de todos los detalles para los preparativos del viaje. A los posos minutos, estaban listos para partir. Comprobaron las municiones, se terciaron las carabinas por delante y las aseguraron en el mosquetón.
Como hasta el momento la situación estaba más o irenos dominada, los guardias civiles habían entregado el pueblo a los Carabineros. Por eso no había vigilancia en el pueblo de Lonquimay. Los dos policías lo habían sobrepasado unos tres mil metros, comprobaron que el lugar ora especial para cazadores, por las diferentes clases de aves y animales que abundaban allí. Entre unos arbustos vieron a un zorro. El Cabo rápidamente desenganchó su arma y el compañero adivinando la intención de su jefe, imitó en el acto.
Se encucharon cinco descargas, las detonaciones se multiplicaron otras tantas veces al rebotar en los cerros El animal corrió un corto trecho y parándose en la parte alta


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de una loma, los miró burlonamente. Los hombres volvieron a cargas sus carabinas pero ya era tarde, el zorro había desaparecido.
Un antiguo poblador que avanzaba con su carreta con t üeyes en dirección al pueblo, al sentir los tiros hizo abandono de su vehículo. Resoplando y a punto de entallar, recorrió los seiscientos metros que le faltaban para llegar a Lonquimay. Al pisar la primera cuadra del pueblo se puso a gritar como poseído por el demonio. No alcanzó a llegar a la segunda cuadra, cuando cayó al suelo; pero sus aaridos seguían escuchándose.
Varios vecinos se le acercaron solícitos y uno le preguntó:
—¿Que es lo que pasa?
El otro, con los ojos desorbitados, respondió:
—Vienen los revoltosos, son como doscientos y todcs disparan.
En la pequeña localidad, la noticia corrió como reguero ríe pólvora. En la unidad policial pensaron de inmoci'.ato que los mineros del Tallón o los obrerosj del Túnel Las Raíces se habrían plegado al movimiento. El oficial ir índó a montar a toda su gente y al galope se encaminaron al puente. A cierta distancia ordenó que tres de sus hombres se quedaran con las cabalgaduras y el grueso de la tropa se dispersó a lo ancho del terreno, avanzando paso a paso.
Todos llevaban las armas con la bala pasada y sin seguro. Mientras algunos se adelantaban cuatro o cinco metros, los otros se preocupaban de cubrirles las espaldas. Tardaron más de media hora en llegar al puente.


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El campo estaba despejado de intrusos, la tropa recibió orden de montar de nuevo y dividiéndose las fuerzas, unos se encaminaron a los lavaderos y los otros a Sierra Nevada; pero no se alejarían iñés de una legua, por temor Je que se tratara de una treta para apoderarse de localidad.
Los dos uniformados que iban en dirección a los minerales con la intención de rescatar al compañero que estaba selo, caminaban despreocupados al paso de sus cabalgaduras. El de más baja graduación le dijo a su colega en forma de chanza:
—Estoy seguro mi Cabo, que si le dispara a un elefante, no le pega.
—No es que tenga mala puntería, sino que esta porquería de carabina esta más descalibrada que un cañón de cocina.
—¿Y cómo nos conseguimos las municiones que nos gastamos?
—No tenemos que preocuparnos. Seguro que nos no llega la rocha; pero si pillamos a un pajarón con la bcra abierta, le sacaremos las balas para reponer las gastadas Parecían de muy buen humor, como si todo fuera broma Er un recodo del camino se toparon con Montoya ; Córdova, que ya estaban cerca del pueblo. Les contaron el uso que habían hecho de la munición y les rogaron que le prestaran las que le faltaban, comprometiéndose a devolerlas en la Tenencia.
Lo hacían para evitar un posible llamado de atención. No se imaginaban la alarma que habían provocado en la población

.CAPITULO XXII


La administración de los lavaderos de oro había requerido oportunamente de la superioridad de Carabineros, la instalación del retén que funcionaba allí. Su personal tenía la misión de resguardar el orden dentro de la mina e impedir que contrabandistas trataran de introducir bebidas alcohólicas a las faenas, por tratarse de zona seca; prevenir peleas entre los mineros; especialmente, los días de pago. Todas las semanas solían morir asesinados dos o tres hombres y otros tantos desaparecían.
Las investigaciones llevadas a cabo por el escaso personal, nunca terminaban con resultados positivos, siempre chocaban con un muro de indiferencia por parte de los propios familiares de la víctima o la negación del o los culpables, que ante la falta de testigos o pruebas suficientes, eran dejados en libertad por los tribunales correspondientes.
En la mayoría de los centros mineros, especialmente en esa fecha, la labor policial era más que nada represiva; por eso es que la función institucional era mirada con cierto recelo y rencor; siendo ese uno de los motivos por el cual el Teniente había resuelto ir a buscar a sus compañeros. El Carabinero López, que era el que había quedado en el lugar, hacia tres semanas que le había tocado participar en el esclarecimiento de un hecho de sangre, ün

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hombre que trabajaba en las faenas extractivas, era asesinado. El policía, una vez que tuvo en su poder la orden de investigación, inició las primeras averiguaciones. El crimen se había cometido en el camino público, antes de llegar al recinto fiscal de los lavaderos.
El último domingo, la víctima había pedido permiso para dirigirse a Lonquimay. Junto con él, otros seis mineros habían sido autorizados para salir.
Por las huellas dejadas en el cadáver, el investigador presumió que el autor había sido uno solo y el resto, con toda seguridad, eran cómplices; ya que al no querer verse envuelto en líos con la justicia habrían huido, como era lo habitual en la mayoría de esos casos.
Hacía dos días que sus compañeros habían salido con destino a la Subcomisaría de Lonquimay, por los asuntos de Ranquil. Llegó el peón del señor Schweiser a comunicarle que en el pozo donde desembocaba una acequia y que constantemente corría agua, había un cuerpo sin vida. El ciudadano extranjero mantenía una pulpería fuera de los lavaderos de oro y les vendía o cambiaba mercaderías por pepas de oro a los mineros. Ellos preferían llevarlo hasta ese lugar, antes de entregarlo en las faenas que les pagaban menos dinero o los tenían endeudados en sus propias pulperías.
A López le resultó imposible ir hasta el domicilio de Schweiser, porque el administrador, al percatarse de la gravedad de los acontecimientos, trasladó al policía y a todos los empleados a la parte alta del recinto. Allí había una casa, tipo fortaleza, que se encontraba apertrechada


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con todo el armamento necesario, como igualmente, una provisión de mercaderías de primera necesidad, para soportar un asedio de varios días:
—Haga el favor de decirle a su patrón, si puede venir hasta acá— dijo el Carabinero al peón.
A la media hora, el pulpero estaba relatando al unífor mado:
—La Inés, una de mis mocosas, vio como los perros de la casa sacaban del pozo, que está al lado del camino, una pierna de un ser humano. Inmediatamente me avisó y yo le mandé a comunicarle a usted.
—¿Sería cerca de donde apareció el último cadáver?
—Sí, a más o menos veinte metros... Lo que pasó se-ñor López, es que se secó el arroyo y los animales escarbaron en la arena.
—En estos momentos, es bien poco lo que puedo hacer. El cuartel se encuentra cerrado y estoy sólo... Trato de darle cuenta al Juez de Distrito o, en su defecto, largue el agua al pozo y cuando pase todo esto, nos praocupa-remos del caso.
En esos momentos, iban llegando los policías de Lon-quimay. Inmediatamente se entrevistaron con el admi-nistrador y se retiraron de los lavaderos fiscales.
Montoya, entre tanto iba llegando a las proximidades del pueblo. Al acercarse al puente, los dos se toparon con un regimiento de Carabineros, que reforzaría la guarnición. La pareja apuró el paso de las cabalgaduras; pero solo

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llegaron al lado de los otros cuando los últimos Carabineros de la larga columna pisaban los gruesos troncos del puente.
—¿Que jefe va a cargo de la tropa?, preguntó Montoya a uno de los que cerraban la marcha. —Mi comandante Fernando Délano Sónico. --¿En que parte va? —A la cabeza del regimiento, mi Cabo.
—Gracias, huachito— respondió el jefe de Liucura y picando las bestias con sus espuelines, junto con su compa¬ñero se adelantaron a los que iban en la columna, hasta alcanzar la propia cabeza.
Al llegar al lado del Teniente Coronel, sobre la marcha el de mayor grado dijo:
—Cabo Montoya, acompañado del Carabinero Anacleto Córdova se presenta mi Comandante.
—Muy bien, Cabo. Forme a la cola del escuadrón y en el cuartel se me presenta de nuevo.
Después que acomodaron el ganado y lo forrajearon, el Comandante Délano se informó, en la oficina del Teniente Cabrera del estado de la situación.
Montoya, en la primera oportunidad que tuvo, se presentó nuevamente al jefe recién llegado, quien la manifestó:
—Cabo, desde este momento pasa a depender del escuadrón.
—A su orden mi Comandante.

CAPITULO XXIII


En el fundo Lolco, de propiedad de Juan Olagaray, que era trabajado en sociedad con Luciano Gainza, desconocían hasta esos instantes la revuelta que se había producido a pocas leguas del lugar. Ese invierno habían quedado cuarenta indígenas en el fundo para efectuar algunas faenas, sin embargo estaban al tanto de la situación, no se lo counicaron a sus patrones.
Los aborígenes, vivían en un gran galpón que hacía las veces de cocina-fogón. Al fondo de la dependencia había lina corrida de piezas que eran habitadas por el matrimonio Desiderio Silva y Rosalía Cruces con sus hijos Armenio, José, Sebastián y Juan.
El 28 de junio, al mediodía, el señor Luciano Gainza lle¬gó hasta la "veta" (cable que sirve para atravesar el Bio Bío en un cajón). Vio en la ribera sur, a cinco individuas armados que se habían apoderado del transportador. Amenazándolo desde lejos uno de ellos gritó:
—Busca a tu gente para que te defienda.
Gainza se retiró del lugar con toda prudencia, para evitar que le dispararan por la espalda. Una vez que llegó a las casas, comunicó a su socio lo ocurrido, disponiendo que la señora Dolores, esposa del segundo, abandonara e] fundo a la brevedad. La mujer se opuso tenazmente expre-

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sando que se quedaría para ayudar en la defensa. No hubo manera de convencerla de lo contrario. Reforzaron i¿ vi¬gilancia con Nicolás Insunza, pasaron toda la noche en vela, esperando el asalto, incluso de la propia peonada.
A la mañana siguiente, una espesa neblina cubría el sector. A los socios les pareció sospechoso un ruido distante. Mandaron a Insunza para que fuera a averiguar de que se trataba. La orden era disparar un tiro en caso de algo anormal. El mayordomo se dirigió a las pesebreras y antes de montar revisó el funcionamiento de su viejo revólver, enfundándolo posteriormente.
Una vez montado, se acomodó las botas de cuero de chivo y el sombrero. Cabalgó mil doscientos metros aproximadamente y antes de llegar a unas matas de lleu-ques, el caballo le anunció un peligro, que el amo no al¬canzó a percibir. De improviso se encontró rodeado de hombres. Trató de tomarla culata de su arma, sin lle-gar a rozarla siquiera. Fue desmontado a punta de garrotazos, que le fracturaron un brazo. Perdió el sentido, a consecuencia de los golpes recibidos en la cabeza. Quedó tendido en la nieve, cerca de las matas, presumiblemente dado por muerto. Antes de irse los insurgentes le quitaron el revólver.
Minutos después, cerca de cien hombres rodearon las casas patronales, disparando sus armas contra todo y contra todos, destrozando puertas y ventanas con hachas y fierros. Buscando víctimas y botín, algunos llegaron hasta la cocina-fogón, donde se encontraban refugiados los indígenas y la familia Silva. Uno de los jefes, José Uribe, s? subió sobre una banqueta y a viva voz dijo:

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—Hay dos posibilidades... Nos siguen a nosotros o toman el camino largo. —Al mismo tiempo con un ademán indicó hacía el Bío Bío.
Sabiendo que los indígenas eran fáciles de influenciar, no les prestaron mayor atención; pero si a los blanco» que componían la familia, del viejo Silva.
Emeterio Ortega, que hacía las veces de segundo jefe declaró:
—Ustedes están enrolados y tienen que seguirnos.
Desiderio Silva, mirando a los hijos, todos mocetones, agregó:
—Estamos de su parte.
—Bien muchachos, ahora tienen que tratar de buscarse armas.
Olhagaray y Gainza estaban en el segundo piso, resis¬tiendo el ataque. El primero premunido de un revólver y el segundo de una carabina Winchester. Desde la ventana veían como se quemaba el galpón donde estaba el pasto. Gainza dirigiéndose a su socio, dijo:
—Tenemos que huir...
El dueño de la propiedad, pensó buen rato antes de tomar una .resolución. En la pieza contigua se encontraba su esposa. Sin embargo confiaba que los "alzados" tuvieran consideración con las mujeres. Rápidamente descendieron a la planta baja, saliendo por el lado de la cocina. Ahí fueron recibidos a balazos. Al comprobar que les sería imposible escapar trataron de volver a la casa; pero la puer-

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ta se les había cerrado por dentro. Ante tal situación se metieron precipitadamente en la cocina.
Los disparos cesaron un instante; pero casi en el acto se escuchó un estampido en el interior de la casona. Había sido Luciano Gainza, que en presencia de su socio, se puso la carabina en la cien derecha y se descerrajó un tiro. El cansado corazón de Olhagaray estuvo a punto de jugarle una mala pasada. Se sobrepuso lentamente y escapo, logrando ahora entrar a su casa. De uno de los dormitorios, tomó un libro de colchón y poniéndoselo sobre sus hombros salió por la puerta principal, tratando de escabullirse.
Los asaltantes, al verlo en la puerta y constatando que desde la cocina no respondían al fuego, con un chivateo ensordecedor, rodearon la morada y entraron en ella. Dos detuvieron al viejo. Los otros entraron tropezando con el cuerpo, sin vida de Gainza. Le dieron de puntapiés en diferentes partes. Posteriormente hizo su aparición Ignacio Maripil, cacique de la Reducción Raleo. Se acercó al cadáver, en sus manos portaba un fierro asadero. Con ese instrumento le propinó un golpe en la cara y le vació el ojo derecho.
Desde ese momento, nadie se preocupó de nadie, todos saqueaban todo: joyas, dinero, mercaderías, ropa, etc.
El galpón con cuatro mil fardos de pasto en su interior, se consumía por el fuego en sus cuatro costados. Las llamaradas que se elevaban dantescamente al cielo alimentaron la escena horripilante.
Al matrimonio Olhagaray, lo encerraron en una pieza. Des-le allí sentían impotentes los gritos que lanzaba su em-


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pleada desde el dormitorio vecino. Después que cesaron los llantos y los gritos de la muchacha, salió un tal troncoso, que se perdió por el pasillo.
Casi en el acto, apareció una mujer en el dintel de la puerta. Era joven y estaba semi desnuda. Cayó ahí mismo desmayada. Se trataba de María, la novia de Mariano, que hacia solo quince días atrás había llegado al fundo.
Mientras tanto, otros tomaban tizones encendidos, tratando de quemar las bodegas, José Uribe, al ver eso se interpuso entre los más exaltados y les gritó:
—Eso no compañeros... Las bodegas no se quemarán. Nos servirán para obtener el pan que nos falta.
Unos pocos tomaron el cadáver de Gainza y lo amarro-ron a la cincha de un caballo para llevarlo al río Lolco. Samuel Vidal, antiguo jornalero del fundo, que hacía cinco años que se había retirado, dijo con firmeza:
—¿Que sacan con llevarlo al río?. Ya está muerto ¿porqué no lo entierran en el recinto de la casa?
De malas ganas acogieron la insinuación de Vidal: pero como pertenecían al grupo que él comandaba, lo tomaron como una orden.
Cerca del mediodía, habían seis ovejas dorándose en la cocina-fogón, para el almuerzo de la gente. Adosadas a la pared del recinto, se encontraban dos largas bancas, cubiertas de jamones, quesos, mantequilla, carne y charqui. Cinco mujeres amasaban cuarenta kilos de harina, enterrando porciones de masa en el rescoldo. Otras, ya sacaban las tortillas listas.

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Al promediar la tarde, quedaron formados los grupos que saldrían a tapar los diferentes boquetes por donde pudieran filtrarse los Carabineros u otros enemigos de ellos. Un grupo iba a cargo de José Uribe, lo acompañaban Juan Silva, Juan Pablo Ortiz y seis hombres más. Hacía una hora que habían salido con destino a la lancha Collaqui, por donde podrían llegar refuerzos policiales desde Santa Bárbara.
Se habían encaminado por un sendero hasta el final de la hacienda. Todos iban a pié; unos armados con garrotes, otros con cachiporras y machetes. Al llegar a la veta en el Bío Bío, pasaron por el cajón y como la noche había dejado caer su manto oscuro optaron por alojar en ese mismo lugar. El sector era conocido por el nombre de Le-poy. Los indígenas, que eran de una reducción cercana, le pidieron permiso a Uribe para ir hasta sus rucas con la intención de traer ponchos o armas. Este los autorizó hacerlo, les restantes quedarían a dormir en una pequeña escuelita.
Uribe le pasó a la joven que hacía las veces de profesora, tres camisas que andaba trayendo puestas y que habían pertenecido a Olhagaray, para que le quitara los monogra-mas que tenían bordadas.
A la mañana siguiente, Silva preguntó a la profesora —¿En que día nos encontramos, señorita? —A 30 de junio, señor.
La maestra, antes de retirarse, le entregó las prendas al jefe. Este mirando a sus compañeros, ofreció una a Ortiz, procediendo después a ponerse las restantes. En esos ins-

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tantes, regresaba Silva, quien había recibido orden de ubi¬car a los indígenas en los alrededores:
—Jefe, no pude encontrar a los paisanos... A lo que el otro replicó:
—Esperemos un rato más. Seguramente se quedaron entre los cueros, entibiándose con sus chinas.
Pasaron dos horas y los aborígenes no regresaban. Im¬paciente, Uribe gritó:
—Estos indios condenados ¡Hijos de perra! Ya no volverán. Está como verlo, que desertaron. Y mirando los que quedaban, agregó. —Ustedes se vuelven para atras yo seguiré a Callaqui.
Alargando su mano, le arrebató el sombrero a Silva y le entregó la boina que también perteneciera al dueño del fundo, diciéndole:
—Te pides otro sombrero en la pulpería de Contracto o Lolco.
Silva y Ortiz cruzaron nuevamente por el cajón, regresando a Lolco. Hora y media después, Uribe también regresó al campamento.
Esa noche, todos durmieron tranquilamente. Los enemigos no se encontraban cerca. Temprano, a la mañana, siguiente, salieron los pocos jinetes en dirección a Vilicura, con el fin de trasladar la caballada de ese lugar a los corralones de las casas.
Al llegar las bestias, los peones y los insurgentes que habían quedado esperando, se lanzaron en loca carrera a

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donde estaban los animales y en un chivateo indescriptible, elegían los mejores, que por derecho propio les pertene¬cerían.
Al comprobar que casi todos tenían cabalgaduras, Uribe dio la orden de continuar a Contraco para oponer resistencia a los uniformados que posiblemente estarían al otro. lado de las balsa.
Los rebeldes llevaban en calidad de prisioneros a Nicolás Insunza y Abelino Muñoz, envalentados por la chicha ingerida. Fingían estar de lado de sus apresores.
En las casas de Contraco dejaron al matrimonio Olhaga ray, continuando el resto al matadero, que estaba al otro lado de la balsa.
A las 20 horas, llegaban al matadero, el que se encontraba iluminado con los fogones que estaban encendidos y a cuyo calor se asaban novillos y corderos.
Uribe hizo llamar a Aníbal Sepúlveda y le dijo.
—Camarada, tengo un trabajo para usted y su gente. Esta noche tienen que carnear a Juan Olhagaray, a su mujer, a Nicolás Inzunza y Avelino Muñoz. Esta misión tiene que estar cumplida a las doce de la noche, a más tardar. Tampoco en el matadero, sino que en la lancha. Y después, al agua con los cuerpos. De eso me responde con su 'ida ¿Entiende?...
—¡Si jefe!

CAPITULO XXIV
En la capital algunos diarios reseñaban escuetamente: EL MERCURIO.— 29 de Junio de 1934:
"Incidencias provocadas por los inquilinos de Ranquil Individuos expulsados de sus tierras hace dos meses se apoderaron de la pulpería de este fundo y cometieron otros desmanes".
EL DIARIO ILUSTRADO.— 29 de Junio de 1934:
"60 inquilinos del fundo Ranquil se sublevaron anteanoche y cometieron graves desmanes. El Ministro del Inferior Ordenó que Carabineros fuera a someter a los revoltosos. Un antiguo dirigente comunista, Juan 2"? Leiva Tapia, se¬ría el promotor de estos desórdenes".
LA NACIÓN.— 29 de Junio de 1934:
"Después de asaltar tres fundos, 600 hombres armados avanzan sobre Lonquimay. Para llegar hasta los sediciosos hay un día y medio de jornada a caballo, por caminos intransitables cubierto de nieve".
Esa misma noche el Ministro de Tierras, señor Mandu-jano Tobar, se encontraba en la ciudad de Concepción y citaba para las 21 horas a loe representantes de la prensa en la oficina del señor Intendente, con el fin de dar a

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conocer algunos puntos relacionados con los sucesos que estaban ocurriendo en Ranquil y tenían que ver con su Ministerio.
Hacía diez minutos que esperaban los periodistas en la antesala de la Intendencia, a la hora prefijada fueron in¬vitados a pasar a la amplia oficina, que a pesar de lo sobria, emanaba un agradable calor hogareño desde la chimenea.
Los visitantes fueron invitados a tomar asiento en los contortables sillones, el Ministro se encontraba detrás del antiguo escritorio de caoba y a su derecha, un poco más atrás, estaba el Intendente de la Provincia.
El señor Tobar al verlos cómodamente sentados y con sus lápices pronto a escribir, les manifestó:
—"Señores, esto no se trata de una entrevista, sino, que darles a conocer a la opinión pública sobre los sucesos que han estado ocurriendo en Lonquimay. Elevando un poco el tono de su voz, agregó:
"1º Que el gobierno no ha autorizado ni ordenado ningún lanzamiento". Volviendo a su tono habitual, continuó "Ni menos en el fundo Ranquil, donde, desde que fueron radicados los colonos por los organismos correspondientes, no se ha producido hasta hoy ninguna dificultad que hiciera necesaria la intervención del Ministerio; y
2º Que consultado don Ramón Zañartu, en su calidad de representante de la señora Rosa Puelma vda. de Rodríguez, sobre si habría iniciado gestiones de carácter judicial para obtener la entrega de los terrenos del fundo

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Ranquil, declaró terminantemente que no había hecho tal petición y por consiguiente, no ha podido existir orden judicial alguna en que se solicite el auxilio de la fuerza pública para lanzamiento de colonos en el citado fundo...".
Esperando un tiempo prudente para que los periodistas terminaron sus apuntes, se incorporó de su asiento y les dijo:
"Es todo cuanto les puedo decir, señores".
Los caza-noticias salieron rápidamente de la oficina, tratando de tomar los primeros teléfonos para comunicar la noticia a los diarios de la capital. Al día siguiente esa declaración salió en casi todos los matutinos del país.
A la misma hora en que el Ministro estaba reunido con los periodistas, en otro lugar, otro Intendente, estaba reunido con varias personas. Se trataba de la más alta autoridad administrativa de la Provincia de Cautín.
En esos momentos caía sobre Temuco una fina, pero persistente llovizna. Todas las luces de la Intendencia se encontraban encendidas. El Intendente se encontraba en su oficina acompañado del Inspector de la Zona de Carabineros, Coronel Briones, el Dr. Wiederhold y otras autoridades. El representante del gobierno inició su charla relacionada con los sucesos que estaban ocurriendo en un lugar alejado de la provincia:
—"Por conocimiento de muy buenas fuentes, hemos sabido que se trata de un movimiento

político con proyeccio¬nes a extenderse en todo el país... Esto obedece a una agí-

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tación mundial que está llevando a cabo el partido comunista; y el brote que tenía que estallar en nuestro territorio, estaba programado, primitivamente para el 27 de junio; pero no se sabe la verdad exacta de su postergación y con toda seguridad, los que estaban en Lonquimay, por su ale-jamiento y malas comunicaciones, no supieron del retraso y reventaron antes, y dirigiéndose al uniformado dijo:
"Señor Coronel, por eso es que no conviene dejar muy desguarnecida esta ciudad..."
"Si, señor Intendente; he dispuesto que mañana, a primera hora, salga el Teniente Mayorga, al mando de diez hombres, con destino a Curacautín, con el fin de reforzar,."
El oficial de Carabineros fue interrumpido por el Intendente:
—"¿Diez hombres?. No cree que es mucho"
"Para Curacautín, efectivamente son muchos, pero para la zona en general son pocos, hay que recordar que allá solo existe una Tenencia y no hay guarnición militar, como las que tenemos aquí".
—"Tiene toda la razón señor Coronel".
El médico que había escuchado en silencio, expresó:
— 'Como jefe de la milicia de esta ciudad, ofrezco los servicios de nuestra institución; disponiendo, adema? el acuartelamiento de todos los milicianos de la provincia, mañana a primera hora, mandaremos dos avionetas para que sobrevuelen la zona amagada. Esto de acuerdo a un podido del señor Briones..."

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Carabinero Montoya previo la acción; salió corriendo al patio, quitándole violentamente el género a la mujer:
—¡Esconda el paño! o creerán que somos comunistas y nos dispararán...
Ahora, todos los presentes, se percataron, con horror, que la tela era roja. Los pilotos a un centenar de metros, dis¬tinguieron claramente la figura del policía recortada sobre el manto de nieve. Este con el arma en una mano y la gorra en la otra, hacía señas desesperadas. Ahora los aviones enfilaron directamente a su base en Temuco.
En Collipulli llovía torrencialmente. En la antigua Tenencia de Carabineros, reinaba un inusitado movimiento. El jefe de la unidad, Teniente Luis Arriagada, daba las últimas instrucciones al funcionario de guardia.
El subalterno, después de haber anotado en su cuaderno lo que le manifestara el oficial, respondió:
—Comprendido mi Teniente. ¡Nada se me olvidará!
En seguida repitió fielmente lo que momentos antes le había dictado su jefe.
En las caballerizas, los Carabineros ya habían ensillado. Todos tenían dos frazadas aseguradas con las correas, porta-rollos en las sillas y bajo las mantas llevaban carabinas. En las fornituras había la correspondiente cuota de tiros. Finalmente el inseparable morral con víveres, terciado sobre el hombro.
Uno de los policías preguntó a su compañero que tenía al lado:
—¿Qué lleva de roquín mi Cabo?

CAPITULO XXV


30 de junio:
Esa tarde, en el campamento de los insurrectos de Llan quén, Sepúlveda que había sido Cabo de Carabineros de Lota, quien tenía cierto conocimiento en armas, manifestó a sus jefes la necesidad de efectuar aseo al armamento para su mejor uso.
Fue tan categórico en su exposición, que se ordenó a todos los que tuvieren armas de fuego, se las entregaran a Sepúlveda para que durante la noche efectuara una revi sión y la limpieza correspondiente.
A la madrugada siguiente, uno de los policías que se encontraba de centinela en el cuartel de Troyo, distinguió tres bultos que avanzaban por el camino, unos cien me¬tros de él. Al tenerlos a ocho metros, se plantó a la vera del camino y gritó:
—¡Manos arriba! Al que no lo haga le disparo.
A esa distancia pudo constatar que sólo se trataba, de¬dos jinetes que traían un caballo de tiro. A la intimidación únicamente respondió el de atrás; pero el primero se apresuró a balbucear:
—No señor, no señor; yo estoy amarrado...


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El uniformado dio varios pitazos cortos, con su instrumento reglamentario.
A los interceptados ya no le quedaban dudas antes quie nes se encontraban. El que estaba con los brazos en alto respondió rápidamente:
—Efectivamente mi Cabo. Viene amarrado porque le traigo detenido y es uno de los cabecillas de la revuelta
—¡Los dos a tierra! y mucho cuidado con lo que hacen, indicó el centinela.
Los pocos metros que faltaban para llegar al Cuartel lo hicieron a pié. Ahora venían dos Carabineros más. Eran los que habían acudido al llamado del pitazo.
Ya se notaba movimiento en el lugar. El grueso tía la tropa, se preparaba para salir en dos horas más a llanquén. De inmediato, los detenidos fueron llevados ante el nuevo jefe de las fuerzas policiales.
En el interrogatorio se logró averiguar que el que conducía prisionero al otro, se llamaba Sepúlveda. Apena? logró hablar con el Capitán Monreal, declaró:
—Mi Capitán, seguramente ya le habrán informado sobre las especies que traía en el puchero...
—Sí, en efecto, una Winchester, fusiles, escopetas, rifles viejos revólveres y la carabina Mauser de propiedad fiscal perteneciente al Retén Guayali.
—Pues bien, señor Capitán, ahí está todo el armamento de los amotinados.


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A continuación hizo un detallado relato de como había logrado apoderarse del armamento y de la detención del tal "Alarcón", un dirigente de las minas de Lota, que sa había plegado al movimiento.
A carearse a los civiles, Sepúlveda insistió.
—Mi Capitán, Alarcón es un comunista de las minas del carbón y es Capitán de uno de los grupos rebeldes...
—No señor Capitán, es él y no yo el que comandaba el grupo... Venía a entregarme, cuando nos encontramos en el camino, después de amenazarme con un revólver, me amarró y me condujo hasta aquí.
Como las contradicciones se prolongaran, optaron por dejar detenido al minero. Al otro a pesar de no haberlo dejado en libertad, se le concedió el privilegio de permane cer en el recinto policial en libre plática.
Una hora más tarde la tropa se encontraba en marcha, en dirección a Llanquén. El oficial de mayor graduación, sobre la marcha ordenó al jefe de la Tenencia Lonquhnay:
—Teniente Cabrera, con su gente diríjase a Lolco. —¡A su orden! mi Capitán.
* * * *
El día anterior, cerca de la medianoche, Simón Uribe, acompañado del profesor Llanos, habían ido al puente da Llanquén para vigilar que no pasaran los uniformados. Dos horas permanecieron en el lugar. Al llegarles relevo, regresaron al matadero, donde pernoctarían esa noche

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Antes de acostarse comieron algo. Llanos de mala5 ganas recibió un trozo de cordero recién sacado del fuego, comprendiendo que si no se alimentaba su salud se resentiría. Además, sabía que para intentar una fuga hacia el territorio argentino, a través de la cordillera, era preciso ingerir abundantes calorías.
Entre tanto los hombres bebían y bebían de las pipas que se hallaban en el campamento. Mientras el profesor pe¬maneció al lado de los insurrectos tuvo que aceptar con una sonrisa artifical en los labios, que llenaran su jarro de medio litro que, a la fuerza mantenía en sus manos. Pero al menor descuido de sus carceleros, tiraba el líquido al suelo.
Como la mayoría estuvieran ebrios, le ordenaron que hiciera otra guardia de dos horas. Fue reemplazado como a las cuatro de la madrugada. Se encaminó a su jergón para sólo descansar ya que dormir no era posible en su estado de sobrecogimiento. En cualquier momento podrían mandarlo a tomar el camino largo, como ya había ocurrido con muchos de sus compañeros. También deseaba que» llegaran pronto los uniformados.
A la mañana siguiente, mientras se preparaba a tomar desayuno, fue rodeado por cuatro "revolucionarios" con cara de pocos amigos, quienes lo invitaron a dar paseo hasta la balsa.
La noche anterior, el consejo de jefes había ordenado su muerte, y que su cadáver" sirviera de alimento a los peces del Bío Bío".

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La hermana de los Uribe presenciaba la escena en que sacaban a Llanos. Su rostro mostró alarma, dirigiéndose al que hacía de Jefe del pequeño grupo, le preguntó.
—¿A donde llevan a Isidoro?
—Lo llevamos a dar una vueltecita al "camino largo"...
La mujer con resuelta actitud, ordenó:
—Esperen un momento, mientras voy a hablar con Simón.
Los hombres se miraron asombrados; pero no alcanzaron a decir media palabra. La hembra ya iba en dirección al campamento. Ellos no se atrevieron a desobedecerle, porque sabían de sobra lo despiadado que era üribe, cuando se trataba de tomarse una venganza. La mujer, al encontrar a su hermano se plantó delante de él y lo interpeló:
—¿Por qué ordenaste la muerte de Isidoro
El Jefe, que no esperaba un llamado de atención; y menos de su hermana, demostró extrañeza...
Ella insistió:
—Sí. ¿Por qué ordenaste su muerte?
Ya más repuesto y paladeando la respuesta, dijo:
.—Porque es necesario para la causa. En cualquier momento se pueden dejar caer los pacos y él es un enemigo peligroso en medio de nuestras filas. Además, sería un testigo muy importante contra nosotros.
Y antes de terminar, tiró una pregunta como al azar:

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—¿Se puede saber tu interés en él?
Sí. Nos comprometimos en matrimonio, una vez que
termine todo esto...
—En ese caso hermanita, debieras habérmelo dicho antes.
Tomándola del brazo, la llevó hasta donde se encontraban el prisionero y sus guardianes para rectificar personalmente la orden.
Mientras los hermanos caminaban en el patio, se escucharon voces de alarma:
—Desaparecieron las armas... ¡No está Sepúlveda! Se fugó.
Viendo los Uribe que sin armas no podrían lucha" indicaron rápidamente al profesor que se aprovisionara en la pulpería, que habían establecido en el matadero y tomara destino a la frontera. Ellos lo seguirían detrás.
Para que la orden no tuviese tropiezos dispusieron que lo acompañara Gumercindo Campos. El encargado de la pulpería preguntó:
—¿Cuántas y qué cosas son las que van a llevar?
—Raciones secas, que no es necesario calentar, y un peso máximo de cuarenta kilos por persona, dijo Llanos.
Campos, casi en el acto, agregó:
—Sí, camarada; más de cuarenta kilos no podemos llevar, porque nos vamos montados,

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Todos sabían que cruzar a caballo la cordillera en esa época, habría sido una utopía.
Para alejarse del campamento, tomaron el camino más recto hacia la ribera del río. Significaba más cansancio, porque tuvieron que caminar sobre nieve fresca. Se habían alejado tres kilómetros, más o menos, cuando Campos consultó a su compañero:
—Usted camarada. ¿Piensa llegar a la Argentina?
—Que camarada ni ocho cuartos. De aquí me voy para Troyo.
El otro se rió de buenas ganas, tenía la misma inten¬ción, pero no se atrevía dársela a conocer al futuro cuñado de Uribe.
—Bueno pues cámara... perdón, compañero. Botemos todos estos kilos que llevamos demás.
Así lo hicieron. Sólo dejaron cuatro galletas, un trozo de jamón y charqui, por lo que podría presentarse más adelante, encaminándose por la ribera del Bío Bío hacia el cuartel que tenían los Carabineros en Troyo. A medida que se aproximaban al río Llanquén, avanzaban con todo cuidado para evitar caer de nuevo en las manos de los alzados. La caminata la hacían lo más alejado posible de la huella. Una vez que adelantaron el pequeño riachuelo, casi en la afluyente con el caudaloso Bío Bío, de improviso se encontraron rodeados. Una potente voz se dejó oir:
—Manos arriba.

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Como impulsados por resortes, llevaron las manos al cielo; pero al ver los uniformes verdes, con alivio las de-jaron caer, dos Carabineros saltaron hasta ellos y violentamente les enterraron en las costillas las trompetillas de las carabinas.
—¡Manos arriba!
Fue tan sonora la orden, que el eco se perdió en el ca¬ñón que nacía a veinte metros de ahí. El segundo grito los atontó. El profesor al ver los raídos uniformes; pensó que esos no eran Carabineros, sino insurrectos disfrazados.
Al ver al jefe, le entró el alma al cuerpo. Reconoció al Teniente Cabrera de la Tenencia de Lonquimay. Pidió permiso para saludarlo y, como pudo, rápidamente, le contó todas sus peripecias pidiendo que dispusieran de él y su compañero en la forma que estimara más conveniente.
El oficial redactó un salvoconducto para los dos hombres, enviándolos donde el Capitán Monreal que había trasladado su cuartel general a la casa de Ramón González, en Quilleime.
Al llegar a ese lugar, y a pesar del salvoconducto, fueron exhaustivamente interrogados.

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Acampados ahí y que el grupo que comandaba su hermano había sido disuelto.
Faltaban pocos minutos para las cinco de la madrugada. Onofre Ortiz estaba al frente de la gavilla que saldría en algunos instantes más. Entre otros, iban los hermano.- José y Juan Silva. Al partir, uno de los Silva vio a Avelino Muñoz salir de una rancha. Se frotó los ojos; después pestañeó dos, tres veces; creía estar frente a un fantasma, porque sabía que Muñoz tendría que haber sido asesinado en la noche anterior, junto con los otros condenados.
Como le viera ahí sin saber que hacer, Juan le llamó
• Don Onofre, monte en su caballo y vamos a combatir a Llanquén.
El otro sollozaba y como un demente se entremezclaba entre las bestias, sin poder ubicar la que buscaba. Uno de los hermanos, agarró un caballar del grupo y 13 pasó las riendas.
Al tomar el sendero que los conduciría a Llanquén, Onofre Ortiz exclamó:
• Puchas camaradas. Ando con una carabina de los verdes y no tengo munición.
No habían recorrido tres kilómetros cuando los jinetes que punteaban vieron un cuerpo sin vida, en un costado de la huella. La luna que iluminaba con su resplandor plateado, la pulida cubierta de la nieve escarchada, permitió ver claramente el cadáver. La cara la tenía destrozada a consecuencias de los perdigones de una descarga de esco-

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peta. Se hallaba en medio de un charco de sangre coagulada, Además, le faltaba un brazo.
Onofre con ira gritó:
• Eso le pasa a los desgraciados que traicionan al movimiento. ..
José Silva, al pasar, le dijo a su hermano. —¿No es el Zunco Heriberto Alegría?
• Sí, “era” el Zunco Alegría. Hace dos días que lo mataron. Se mostró cansado y no quería seguir caminando sobre la nieve. Uno de los dirigentes lo dejó descansando ahí mismo, agregó Juan a media voz.
El grupo llegó hasta la parte alta del río Llanquén, sin sospechar que a trescientos metros de allí estaba el Teniente Cabrera con su tropa.
Estaba aclarando; pero una espesa neblina cubría todo el sector. Juan se dio vuelta para mirar a sus compañeros. Cual no sería su asombro, al encontrarse solo, con apenas cuatro muchachones; entre ellos, su hermano
• ¿Donde está el jefe?
• No viene... Y los otros se fueron quedando en el camino.
El otro Silva, manifestó:
• Entonces ¿qué hacemos aquí? ¡Devolvámonos!
Parece que ninguno se atrevía a lanzar esa frase; pero todos deseaban que alguien la pronunciara. Sin mediar or-


CAPITULO XXVI


Los rebeldes que se encontraban en Contraco, al mando de José Uribe, se prepararon esa madrugada para la partida a  Llanquén, sin imaginarse que los uniformados estabana campados ahí y que el grupo que comandaba su hermano había sido disuelto.

Faltaban pocos minutos para las cinco de la madrugada. Onofre Ortiz estaba al frente de la gavilla que saldría en algunos instantes más. Entre otros, iban los hermanos José y Juan Silva. Al partir, uno de los Silva vio a Avelino Mu­ñoz salir de una rancha. Se frotó los ojos; después pes­tañeó dos, tres veces; creía estar frente a un fantasma, porque sabía que Muñoz tendría que haber sido asesinada en la noche anterior, junto con los otros condenados.

Como le viera ahí sin saber que hacer, Juan le llamó

—Don Onofre, monte en su caballo y vamos a combatir a Llanquén.

El otro sollozaba y como un demente se entremezclaba entre las bestias, sin poder ubicar la que buscaba. Uno-de los hermanos, agarró un caballar del grupo y la pasó las riendas.

Al tomar el sendero que los conduciría a Llanquén, Onofre Ortiz exclamó:

—Puchas camaradas. Ando con una carabina de los ver­des y no tengo munición.

No habían recorrido tres kilómetros cuando los jinetes que punteaban vieron un cuerpo sin vida, en un costado de la huella. La luna que iluminaba con su resplandor pla­teado, la pulida cubierta de la nieve escarchada, permitió ver claramente el cadáver. La cara la tenía destrozada a consecuencias de los perdigones de una descarga de escopeta.

 

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Se hallaba en medio de un charco de sangre coagu­lada. Además, le faltaba un brazo.

Onofre con ira gritó:

—Eso le pasa a los desgraciados que traicionan al mo­vimiento. ..

José Silva, al pasar, le dijo a su hermano. —¿No es el Zunco Heriberto Alegría?

—Sí, "era" el Zunco Alegría. Hace dos días que lo ma­taron. Se mostró cansado y no quería seguir caminando sobre la nieve. Uno de los dirigentes lo dejó descansando ahí mismo, agregó Juan a media voz.

El grupo llegó hasta la parte alta del río Llanquén, sin sospechar que a trescientos metros de allí estaba el Te­niente Cabrera con su tropa.

Estaba aclarando; pero una espesa neblina cubría todo el sector. Juan se dio vuelta para mirar a sus compañe­ros. Cual no sería su asombro, al encontrarse solo, con apenas cuatro muchachones; entre ellos, su hermano

—¿Donde está el jefe?

—No viene... Y los otros se fueron quedando en el ca­mino.

El otro Silva, manifestó:

—Entonces ¿qué hacemos aquí? ¡Devolvámonos!

Parece que ninguno se atrevía a lanzar esa frase; pero todos deseaban que alguien la pronunciara

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Sin mediar orden, giraron sus cabalgaduras emprendiendo marcha falda abajo. Entre los que regresaban, se contaban Pedro Vial y Tomás Mariano. Al llegar al matadero de Contraco, sólo encontraron mujeres. Estas les rogaban que se quedasen, porque la policía no les haría nada. Les informaron que el Teniente Cabrera había mandado un mensajero de doce años, comunicándoles que se retiraran a sus domicilios; en caso contrario les haría la pasada.
Mientras daban forraje a sus animales, llegó Aníbal Sepúlveda, quien extrañado, preguntó:
—¿Que hacen ustedes aquí?
—Tuvimos que volver, porque se extraviaron algunos camaradas, respondió Vidal.
—Llegó la orden de que todos deben arrancar.  Así que una vez que terminen de forrajear, parten lo más rápidamente posible.

El Teniente Cabrera, después de haber acampado 1a noche anterior en Llanquén, marchó con sus hombres todo el día siguiente, llegando al anochecer al fundo Loica. Al verlo llegar la señora Olhagaray, se colgó de los brazos del oficial y lloró de felicidad.
—Señor Teniente, señor Teniente, creí que no terminaba? nunca esta horrible pesadilla. El aludido, desmontó y paso las riendas al Carabinero Fernández, acompañando la dama a la casona.


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—Señor Cabrera, como favor especial, le ruego que tenga piedad de los revoltosos que hay en mi domicilio; porque no nos han asesinado a mi ni a mi esposo.
El joven oficial se daba cuenta en el estado de exitación en que se encontraba la dueña de casa y para su conformidad, aseguró:
—No seremos nosotros los que hemos de castigar a los culpables. Sólo nos corresponde ponerlos a disposición de los tribunales correspondientes, y ellos serán los encargados de sancionarlos.
—Gracias, Teniente, gracias.
Al ser detenido José Troncoso y la mujer de Sepülveda, que hasta hace poco habían sido los "patrones" de la casa el matrimonio volvió a tomar las riendas del hogar y ordenaron rápidamente los destrozos. Entre tanto, los Carabineros fueron informados que Uribe estaba en la cocina-fogón. El jefe, acompañado de cinco funcionarios se trasladó al lugar y a viva voz, consultó:
—¿Quien es José Uribe?...
Uno que estaba a la orilla del fuego, se incorporó y dijo:
—Aquí estoy señores.
Los tres policías que estaban más cerca reaccionaron en el acto y como si hubiesen recibido una orden, con las culatas de sus armas comenzaron a darle golpes hasta que con un quejido, se dobló en dos cayendo de bruces.
Más tarde lo llevaron a una dependencia que daba más garantías de seguridad y era vigilado toda la noche por des Carabineros.

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El oficial preguntó a la señora Olhagaray si hubiera alguien que podría cuidar los caballos, según ella los más indicados serían los Silva. El padre y sus cuatro hijo3 quedaron esa noche al cuidado de los animales.
De la comida estaban encargadas las mujeres de los peones y también algunas de los insurgentes, entre las últimas se hallaba Laura Sepúlveda. José Troncoso aprovechando un momento en que nadie le observaba, le dijo a la mujer:
—Esta es la última oportunidad que nos queda para hacer desaparecer a los verdes del mundo de los vivos...
—¿En que forma?— preguntó ella, pensando en reparar de algún modo la traición de su esposo.
—Poniendo estricnina en la comida que comerá la tropa.
No pudieron seguir charlando. Notaron que uno de los uniformados los estaba observando.
A las dos horas estaba presente una larga mesa, para que cenaran los policías. Laura insistió en que pasaran todos a la vez. Con esto, la dueña de casa aumentó sus sospechas, diciendo al Teniente Cabrera:
Con toda seguridad,
—Tenga cuidado con la comida, preparan

más de algo...
Al tomar conocimiento de esto, el oficial ordenó a sus subalternos que no probaran bocado alguno. Estos lo miraron incrédulos. Hacía varios días que no comían algo caliente y ahora que lo iban a hacer se lo prohiben

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El mismo oficial tomó uno de los platos que estaba servido sobre la mesa y lo puso en el suelo al alcance de uno de los tantos perros que habían en el fundo.
El animal glotonamente engulló parte de la comida sin llegar a terminar con ella. Cayendo al suelo con espasmos violentos; y a los pocos minutos ya era cadáver.
Las que habían preparado la cena fueron detenidas e interrogadas, confesándose culpables la Sepúlveda y Troncoso.
A la mañana siguiente, hicieron formar a toda la gente del fundo. Entre peones y colonos, llegaron al medio centenar. Se les encerró en un cerco que había entre la casa y las bodegas. Cuatro policías se encargaban de registrarlos minuciosamente, en busca de posibles armas. Este acto era controlado por el oficial, teniendo a su lado al mayordomo Inzunza, quien era el encargado de reconocer a los que habían participado en la revuelta. Los culpables quedaron encerrados en un calabozo improvisado.
Dieciocho rebeldes fueron identificados, entre los que se contaban Canales, Troncoso, Darío, Luís Cabezas y Uribe.
El Teniente Cabrera tenía que facilitar el traslado de los detenidos; pero como no contara con suficiente personal, mandó al champurria con las últimas novedades sobre los alzados sometidos. De ese modo dio la oportunidad a Mariano para que eligiera al prisionero que trasladaría hasta Troyo.
El muchacho en todo momento llevó a Troncoso adelante y mientras caminaban por un desfiladero, lo desató y lo


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hizo desmontar, poniendo los caballos en el sendero, para impedir que escapara; y ubicándose en una pequeña plataforma, que no tendría más de cuatro metros, arrojó su cuchillón por el precipicio y la munición de su revólver la metió en las prevenciones de su cabalgadura, dejando el arma apegada al cerro. Dirigiéndose a Troncoso, que en todo momento lo había mirado en silencio y extrañado por sus movimientos, le dijo:
—Uno de los dos morir... Tú bien saber motivo. El otro no esperó mejor oportunidad para huir. D? un salto se arrojó encima del muchacho intentando golpearle el estómago con la cabeza. Pero Mariano con la agilidad de la juventud, dio un brinco dentro del pequeño espacio, yendo el otro a estrellarse en el suelo violentamente.
Por espacio de quince minutos lucharon a muerte. Troncoso, al borde del despeñadero se encaramó sobre tu adversario y levantó una piedra que había logrado asir intentó golpearle en la cabeza.
Torres con fuerza sobrehumana logró levantar al prisionero antes y por sobre su propia cabeza lo proyectó hacia el barranco. Se oyó un corto alarido que dio Troncoso en su trayecto al pedregoso río.
Al medio día, iban saliendo los policías de Lolco llevando el resto de los prisioneros. Los primeros iban montados; los segundos marchaban a pie y amarrados de las manos. Entre los detenidos se encontraba un indómito indígena, que se había destacado por su ferocidad antes y durante la revuelta. Al entrar a una senda que pasaba por un acantilado, donde treinta metros más abajo corrían

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las turbulentas aguas del Lolco, el rebelde saltó por entre sus compañeros y con una rara voltereta cayó al vacío.
En su intento de fuga pasó a llevar a dos compañeros suyos que también cayeron al barranco, golpeándose sobre las piedras que orillaban la ribera. Los uniformados apuntaron sus armas sobre el cuerpo que luchaba con las aguas pero no llegaron a disparar ningún tiro. En segundos se había convertido en un desarticulado muñeco que se destrozaba paulatinamente, en las filudas rocas que poblaban el río.
Las aguas con la misma rapidez que se habían tañido de escarlata, retomaron su primitivo matiz.
Un Cabo acompañado de un prisionero llamado Isla, bajaron por la empinada pendiente. Uno de los caídos estaba con la cabeza dentro del agua; el otro daba quejidos entrecortados, brotándole sangre por la boca, nariz y oídos. Trataron de levantarlo pero cuando lo hicieron era un cuerpo al cual ya se le había escapado la vida. Al sacar al compañero, vieron consternados que el cráneo se le había reventado como una sandía.
El primero en llegar a Troyo fue Mariano. Después de entregar la documentación, dio una lacónica explicación sobre su prisionero:
—Troncoso se fugó tirándose al Lolco.
Pero para sus adentros, pensaba que su misión está cumplida. Había dado cuenta de tres enemigos: dos por su patroncito Bascuñán y uno por la María.

CAPITULO XXVII


Los diarios de la capital no eran pródigos en informaciones de los sucesos que estaban ocurriendo en H zona cordillerana de Lonquimay. Sucedía eso más que nada, por la falta de medios de comunicaciones.
En la Alameda de las Delicias avenida principal de Santiago, los puestos de periódicos exhibían los diarios extendidos en el suelo. Algunos incluso estaban abiertos específicamente donde se hallaban las noticias del sector amagado. Muchos transeúntes, ya se habían hecho un hábito pasar a leer los principales titulares antes de ir al trabajo. Muchos tenían puestos los ojos en el editorial que publicaba la Nación ese 1º de Julio de 1934:


"LA LABOR DE LA PROPAGANDA SEDICIOSA".

El texto era el siguiente:
"Para nadie es un misterio que la obra de los elementos disociadores de la capital, tienden, de manera preferente a extender sus ramificaciones a provincia, y en especial en agrupaciones obreras desvinculadas de los grandes centros urbanos.
Allí con la complicidad de la dura vida de sacrificio que deben soportar los trabajadores, es más fácil hacer admisible las absurdas utopías reivindicaciones que

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constituyen la base de todos los seudo-programas revolucionarios".
‘’Esta chispa logró prender en medio de un conglomerado de campesinos ignorantes y sencillos. Llegó Insta ellos el embuste del agitador profesional y logró transformar toda una sociedad de labriegos pacíficos en hordas sanguinarias y crueles. Los desarraigó de la paz de sus labores para empujarlos en el camino del delito y del atropello de la propiedad ajena".
"Después de consumar el atentado y cuando las Autoridades, en resguardo de la vida y de los intereses de la colectividad, hubieron de ¡aplicar enérgicas y dolorosas medidas represivas, los conductores y los guías del movimiento, únicos responsables de la inútil sangre derramada, han comenzado a mixtificar el sentido de la revuelta y achacarlo a justas aspiraciones obreras derivadas de exacciones y lanzamientos ordenados por el gobierno".
"El enérgico desmentido que ha hecho el Ministro de Tierras y Colonización, el cual declara que desde que fueron radicados los obreros de Ranquil no se ha producido la menor dificultad entre éstos y las autoridades, pene de manifiesto la influencia de elementos extraños d? perturbación en medio de las tranquilas faenas de las parcelas cordilleranas. No existe siquiera el pretexto de alguna acción judicial entablada en contra de los colono?, los cuales han gozado siempre, desde la fecha de su radicación, de todos los derechos y privilegios que se les han concedido a fin de facilitarles la explotación de sus tierras".

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