5ª PARTE DE BIO BIO SANGRIENTO

Este libro se terminó de imprimir, en el mes de Septiembre    de     1974.

a todas las victimas caidas en la revuelta de ranquil

EL AUTOR

Más detalles


$0 IVA incluído

1 artículo disponible

Advertencia: ¡Últimos artículos en stock!

"Y lo más doloroso en casos semejantes es que las únicas víctimas bajo el indispensable rigorismo de la represión son los menos culpables de los actos que se castigan. Mueren labriegos y trabajadores incultos, soliviantados por la prédica engañosa de los que los arrojan por los senderos del delito y hacia el cual caminan con la in-conciencia fatalista de los que no están en condiciones de razonar sobre las torcidas intenciones de sus instigadores. En cambio, los verdaderos responsables, los hombres que, cobardemente ocultos, dirigen y propalan estos levantamientos a mano armada, raras veces alcanzan a recibir la sanción de la justicia".
Tras la lectura venían los comentarios: —Es la pura verdad, señor. —Así es no más.
Un tercero levantó y dejó caer los hombros con desdén y reinició la caminata, demostrando excepticismo respecto a la opinión del diario. No cabía duda de que a más o menos ochocientos kilómetros sucedían cosas que el hombre capitalino desconocía totalmente

.
CAPITULO XXVIII

Desde el 27 de junio, en Santiago estaban acuarteladas, en primer grado, las guarniciones militares y policiales, preparados para salir a la calle en cualquier emergencia


— 191 —


El Ministro del Interior y los altos mandos de las fuezas armadas estaban en conocimiento de la asonada que el Partido Comunista organizaba para derrocar al Gobierno. Sabían que el movimiento comenzaría con huelgas y disturbios callejeros. Y es por eso que se acordó no sacar contingente uniformado desde la capital.
En el atardecer del día 2 de julio, el Presidente de la República, dio personalmente, a través del teléfono de su despacho, una serie de órdenes al General Director de Carabineros, don Humberto Arriagada Valdivieso; al Director General de Investigaciones y al Intendente de Santiago, don Julio Bustamante. Todos deberían reunirse en 1a. Intendencia con el fin de aunar ideas sobre la acción.
Faltaban pocos minutos para el mediodía, hora de la reunión, cuando el jefe de la policía civil llegó, en su automóvil, estacionándolo a un costado del edificio de la Intendencia.
Era el último de los que iban a reunirse. Comenzó la reunión "a puerta cerrada".
Una de las primeras preguntas fue formulada por el señor Bustamante:
—General Arriagada, ¿con cuánta gente cuenta en el lugar de los sucesos?
El aludido extrajo, desde un porta documentos, una libreta y después de ojearla, respondió.
—Las tropas al mando de jefes y oficiales que actúan son las siguientes:


— 192 —


''La base de operaciones se ha situado en la Boca Norte del Túnel de las Raíces, donde se encuentra el Comandante Fernando Délano Soruco. En ese mismo lugar se encuentran dos Tenientes, un veterinario y cincuenta Carabineros".
"En Beca Sur, hay un Oficial y doce Carabineros". "En Curacautín, un Subteniente y diez Carabineros". "En Ranquil, el Teniente Cabrera con diez hombres; el
Capitán Monreal con veintiséis funcionarios y el Subteniente Robertson con diez Carabineros".
"En Lolco, un Cabo y dos Carabineros".
"En Guayalí, un Cabo y dos Carabineros, lo que hace un total de ciento cuarenta hombres, señor Intendente"
—Señor General, ¿cree usted que la situación ser- superada con ese personal?
—En el lugar mismo, podría asegurárselo con certeza; pero, por informaciones recibidas del Coronel Inspector de la Zona, señor Briones, los que huyen de Ranquil, siguen cometiendo delitos, a su paso por diferentes pueblos. Aquí tengo la última comunicación de dicho jefe
Se trataba de un telegrama, redactado en los siguientes términos:
DIRECCIÓN GENERAL DE CARABINEROS
SANTIAGO 18.00 HORAS
ESTE MOMENTO COMUNÍCAME TENIENTE CORONEL ROJAS PREFECTURA BIO-BIO QUE LA SITUACIÓN
SE AGRAVA POR MULCHEN PUNTO SÁBESE GRAN NU-

— 193 —


MERO AMOTINADOS AVANZAN RIBERA NACIMIENTO BIO-BIO ASESINANDO A SU PASO AL AGRICULTOR MARTÍNEZ QUEMANDO CASA PUNTO ESTA VIRTUD HE SOLICITADO ELEMENTOS EJERCITO ACUERDO INTEN¬DENTE DE PROVINCIA FIN PERSEGUIRLOS
BRIONES INSPECTOR ZONA
Se debatió ampliamente la situación y se acordó mandar al Sur un tren especial, que llevara tropas y elementos necesarios para reducir la "sublevación".
Antes de dar por terminada la reunión, el señor Bustamante se comunicó, por teléfono, con el primer mandatario, que aún se encontraba en su despacho en la Moneda. (*)
—Sí Excelencia, el plan se programó de acuerdo a sus deseos...
—Sí, Excelencia; está en conocimiento. Le pasó el aparato al General.
—Sí, señor Presidente; habla el General Arriagada: ordene su Excelencia...
—Señor General, ¿de cuánto tiempo dispone para ponerse en marcha? Se escuchó casi nítida en el interior del recinto la potente voz del "León de Tarapacá" (••), por tener lejos de su oreja el auricular el General.
(*) Casa de los Presidentes de Chile.
(**) Así llamaban a don Arturo Alessandri Palma.


— 194 —


—En media hora, señor Presidente, —respondió en el acto, agregando, —es tiempo suficiente para trasladar a la tropa con su armamento correspondiente y su ganado de cargo a la estación Central, listos para partir...
El Intendente, que no había escuchado bien, pregunto al jefe de Investigaciones:
—¿Diez horas?
—Media hora, señor Intendente, —contestó el otro.
—¡No!... ¡Media hora! ¡no! No puede ser. Necesito más tiempo para acondicionar el transporte de la gente...
—Excelencia, según lo comunicado por el señor Intendente, es imposible partir antes de dos horas. Hay que solucionar algunos problemas derivados del traslado d? la tropa en ferrocarriles.
Por unos minutos más el jefe policial seguía recibiendo instrucciones, las que a cada momento, eran interrumpidas sólo por un,
—¡A su orden, Excelencia!
Terminada la conferencia, el General Arriagada Se dirigió cortésmente, pero con cierta firmeza, a la primera autoridad provincial:
—A la una de la madrugada, necesito el convoy, listo para salir, señor Intendente.
El otro miró su reloj y contestó:
—Por todos los medios, trataré que el tren esté listo a la hora indicada, señor General.

— 195 —


Se intercambiaron algunas palabras más y se dio por terminada la reunión.
A esa hora, en la 16' Comisaría del Tránsito, ubicada en la calle Carrión, ya había sonado la retreta. El personal de tropa que no estaba cubriendo servicios de centinelas, dormía en las cuadras. Los oficiales prolongaban su cena con una agradable tertulia de camaradería en el casino de la Unidad.
El telefonista enclaustrado en una pequeña división dentro del cuerpo de guardia, gritó hacia la amplia y fría sala:
—¡Uno de guardia!
El Carabinero que estaba más cerca, de tres saneadas se puso en la ventanilla del cuartucho:
—Ordene, mi Cabo Pérez...
—Ubique rápidamente a mi Mayor y dígale que desde la Prefectura General, mi Coronel Besoaín desea hablar urgentemente con él.
—Se iba a retirar, cuando otro de guardia le comunicó que recién había visto al Comisario en el Casino de los Oficiales.
—Gracias, compañero.
El telefonista, que había escuchado también, llamó al que iba a llevar el mensaje:
—No vaya, Carabinero. Trasladaré la llamada a esa dependencia.

— 196 —


Los oficiales, que veían a su jefe hablar por teléfono, un tanto tenso, se percataron de que se trataba de algo importante.
Maquinalmente el jefe llevó su diestra hasta el timbre, presionándolo dos veces. Casi en el acto, hizo su aparición el mozo del casino.
—Ordene, mi Mayor.
—Que el corneta toque a formación...
Los oficiales se incorporaron automáticamente, como si una descarga eléctrica les hubiera alcanzado al mismo tiempo. El mozo quedó petrificado en su lugar.
—¡Que inmediatamente toquen a formación! —tronó de nuevo, el Comisario.
El subordinado repitió la orden, antes de salir precipitadamente.
Al quedar sólo con sus subalternos, que lo miraban extrañados, dijo:
—Hemos sido elegidos para ir al Sur...
En ese mismo instante, se escuchó en todo el recinto el vibrante toque del clarín, llamando a formación. Los hombres de tropa se dejaron caer de sus lechos, vistiéndose rápidamente.
—Compadre Vargas, parece que estalló la revolución.. —comentó uno.

— 197 —


—¡Que revolución, ni que ocho cuartos! Seguro que llegó un jefe de la Prefectura y quiere ver como estamos de rápido para una emergencia.
El otro ya no estaba a su lado. Iba en la puerta de la cuadra con las fornituras y la carabina en las mano3, sumándose al grueso del personal que corría por el pasillo para alcanzar la escalera que los conduciría al primer piso.
Algunos, a medida que descendían se iban abrochando el correaje y, por su inestabilidad, caían por los peldaños, al ser empujados por sus compañeros que trataban de llegar antes a la fila.
En el amplio patio de la unidad, el mayor, en contados minutos, recibió la cuenta de los jefes de las cinco secciones de la comisaría, faltando sólo los que se encentraban de servicio.
—Capitán Manuel Bordes Bórquez... —Ordene, mi Mayor.
—Se hará acompañar por el Teniente Pablo Tuza Concha, por el Subteniente Armando Salas Acevedo y el Brigadier Hernán Romero Meza. A medida que eran nombrados, los oficiales se cuadraban.
Entretanto, el jefe continuó:
—¡Capitán Bordes! Llevará la sección y completará cincuenta hombres con la segunda escuadra. Velará personalmente para que le den cien tiros a cada uno; equipo de campaña completos y cabalgadura de cargo.

— 198 —


—A su orden, mi Mayor. Dirigiéndose a todo el escuadrón, el Comisario dijo:
—En veinte minutos más, revisaré el personal elegido, para despacharlo. El resto quedará en la cuadra.
A la media hora, los oficiales y la tropa de la 16' Comisaría, trotaban sobre sus bestias por la mal iluminada calle Vivaceta, hasta cruzar el puente Mapocho. Siguieron por Balmaceda, para continuar posteriormente por Matucana. A la una de la madrugada, llegaron a la estación Central, donde existía un movimiento febril. Quince minutos antes, hablan llegado los efectivos de la Escuela de Carabineros, que también habían sido destinados al Sur.
Las bestias eran conducidas a los carros de rejas. Cinco carros fueron ocupados con animales, uno con víveres, forraje y equipo. Esto último, de imprescindible necesidad para el personal que se iba a relevar. La tropa viajaría en tercera clase, con su atalaje y armamento correspondiente, quedando a cargo de los Suboficiales más antiguos.
El General Amagada se preocupaba personalmente de los preparativos del embarque. Su recio vozarrón, se extendió por el andén al consultar a viva voz:
—Los fusiles-ametralladoras de la 15' Comisaría, ¿llega ron ya?
El Capitán Bordes, que se encontraba cerca, se cuadró ante él, diciendo:
—Permiso mi General. Se presentaron seis hombres de la 15º Comisaría, conduciendo dos fusiles-ametralladoras y,

— 199--


de acuerdo a las instrucciones, los agregué a mis secciones.
El jefe superior llevó su mano a la visera;
—Conforme Capitán; gracias.
A la una y treinta minutos el jefe de estación, dio la orden de salida. El conductor tocó dos veces un silbido. Su ayudante, desde la cola del convoy, movía un farol portátil y el maquinista le arrancó tres sonoros pitazos a la locomotora, antes de partir.
A los pocos minutos, en la estación sólo quedaba el negro humo que se mezclaba con la neblina, que cubría la capital. ..
En el carro de primera, viajaba el General Director. En el asiento del frente el Teniente Coronel Jorge Díaz Valderrama; más atrás, se hallaban los oficiales de la 16ª Comisaría del Tránsito; y al lado contrario, los jefes de la Escuela de Carabineros: Capitán Ricardo Romero Meza; y los Tenientes Domingo Díaz Silva y Guillermo Sepúlveda Vallejos. En el vagón siguiente, iban cincuenta hombres de la Escuela. Portaban dos fusiles-ametralladoras.
Vargas y su compadre, que eran de la primera sección, fueron de la partida. El segundo, con chanza, dijo:
—El ojito suyo, compadre. Así que era para vernos como estábamos de rápido, ¡ah...!
—Si fuera adivino, cumpa... no estaría, de "paco". —¿Y se podría saber donde estaría?
—En estos momentos, durmiendo en una regia cama y de día, vería la suerte...

— 200 —

Iban a seguir charlando, cuando de diferentes partes se levantaron voces para hacerlos callar. Muchos ya dormían en los asientos, tapados con sus mantas. Los que no lo hacían, seguramente pensaban en los seres queridos, que tan inesperadamente dejaron.
Fuerzas solicitaron a varios pueblos cercanos fuerzas de Traiguén fueron de Imperial y de Lautaro Desde Santiago partieron El General Arriagada y sus Carabineros.


CAPITULO XXIX


Mientras en el Sur se luchaba con el arma al brazo, en la capital se preparaban los parlamentarios de oposición para librar una batalla de palabras con representantes del Gobierno en el seno del Congreso Nacional. Se había ci-(.'ido a los Honorables Senadores a una sesión extraordinaria para el día 2 de julio, la que contaría con la presencia de algunos Ministros de Estados, siendo uno d.3 los puntos a tratar, los sucesos de Ranquil.
En sus bancas*se encontraban treinta y dos senadores, presididos de los señores Marambio y Pradeñas y en el lugar correspondiente a las visitas destinadas a exponer materias de importancia, se encontraban los señores Ministros del Interior, Tierras y Colonización y el de Relaciones Exteriores.

— 201 —


La primera cuenta se relacionó con otros asuntos. Luego vino una presentación hecha por don Jorge González, en la que pide que el Senado declare admisible la acusación que se formula en contra de un Ministro de Estado.
Finalmente, el señor Morales, pide la palabra para tratar la materia relacionada con los sucesos de Ranquil.
"Una vez que cuente con todos los antecedentes que me están suministrando, daré más detalles; pero, puedo adelantar que estos sangrientos sucesos se deben a que los ocupantes nacionales fueron expulsados de los terrenos fiscales en que estaban ubicados; por esta causa, cincuenta o más familias vagan errantes por esa zona cordillerana, con el hambre producida por la paralización de los trabajos del Túnel de las Raíces y de los lavaderos de oro de Lonquimay".
"Condeno la acción de los Carabineros en estos sucesos y protesto de la persecución de que están siendo objeto los obreros indigentes".
Sus partidarios se pararon y aplaudieron estruendosamente, amplificándose los "vivas" en el gran salón de sesiones.
El señor Salas Romo, pidió la palabra.
—"Tiene la palabra el señor Ministro del Interior, —dijo el Presidente:
"De las palabras pronunciadas por el señor Morales, se desprende que no tiene conocimiento aún de los hechos que se han desarrollado en la región de Lonquimay. No tiene ninguna razón para decir que el gobierno está preocupado

— 202 —


de perseguir a los obreros con metralla, desentendiéndose de los hechos que seguramente están en conocimiento de los honorables Senadores".
"Se trata de un grupo de sujetos que fueron radicados, en calidad de colonos, en una propiedad particular; se encuentran de hecho en ella, sin que se les haya molestado en forma alguna. No existe ninguna orden en contra de ellos y por dificultades de carácter económico, seguramente, y movidos por la agitación y propaganda hecha dentro y fuera del recinto del Senado, resolviendo esos hombres salir de sus parcelas e irse en contra de las pulperías y almacenes que hay en los alrededores. Las asaltaron y en virtud de la resistencia hecha por los propietarios, han sido muertos algunos de estos últimos".
Se trata en consecuencia, de un salteo, de un asalto a mano armada y el Gobierno tiene la obligación de someter a esos delincuentes...
El Ministro fue interrumpido por los aplausos de los senadores de gobierno y parte del público, que se encontraba en las graderías. El entretanto hacía ademanes, pidiendo silencio. Finalmente pudo terminar:
"A esos delincuentes hay que entregarlos a la autoridad correspondiente, para que sean juzgados".
Nuevos aplausos en el hemiciclo.
El señor Mandujano Tobar, Ministro de Tierras, pide una interrupción y se le concede:
"En el fundo Ranquil, la gente ha estado y está en continua posesión del suelo, ya que no han hecho gestiones

— 203 —


para desalojarlos ni el Ministerio ha dado orden de expulsar a ningún obrero".
Uno de los parlamentarios de oposición, pide el tiempo de su partido. El señor Marambio, con voz grave, dice:
—El Honorable senador Puga, tiene la palabra.
El aludido elevando el tono de su voz, atacando la acción del Gobierno. Concluye con las siguientes palabras:
—Son cargos injustos, que, a mi juicio, significan la campaña que se ha emprendido en contra de los parlamentarios de izquierda, porque defienden los intereses de los empleados y obreros y porque abogan para que haya paz y justicia social.
Nuevos palmoteos; pero ahora, mezclados con rechiflas desde las galerías. Los periodistas no esperaron la Orden del Día, donde se debía debatir materias tratadas anteriormente. Salieron rápidamente del edificio del Congreso ...


CAPITULO XXX


El máximo personal de Carabineros, que estaba actuando en la zona, fue citado para las quince horas, de ese día, en el Cuartel de Troyo.
Con tiempo, se afeitaron, lustraron sus polainas y fornituras, cosiendo, además, todas las roturas de sus uniformes; tratando de estar lo más presentable posible para cuando fueran revistados por el Capitán Monreal. Este, a la hora indicada, se presentó ante la tropa formada, haciendo


— 204 —


Salir de la fila a los tres Oficiales y después de los saludos de rigor, se dirigió al personal:
—Los focos están totalmente dominados. Sólo quedan algunos facciosos que están escondidos o han huido al otro lado de la cordillera. Tenemos trabajo aún para algunos días más. Además, hay que poner el mayor interés posible en nuestras funciones, porque está anunciada la visita de mi General Humberto Arriagada.
Se explayó sobre varios tópicos de los sucesos, de los procedimientos. Este último punto, lo trató con algunos detalles.
—Con respecto a los prisioneros, he tenido muchas quejas de parte de ellos. Acusan al personal de flagelaciones; incluso dicen que se ha castigado a miembros de sus familias, sin hacer ¡distingos si son hombres o mujeres, adultos o niños... Si esto ocurrió, se terminó Carabineros. No aceptaré, por ningún motivo, el castigo de nadie... Y si esto llega a suceder en el futuro, el culpable será puesto a disposición de la Justicia Militar. La forma en que concluyó, demostraba que no se trataría de una advertencia en vano. En su rostro, demostraba que se encontraba visiblemente molesto.
El semblante de algunos funcionarios, se coloreó; no se sabía si de culpabilidad1 o de enojo.
Al terminar la reunión, los oficiales de menor graduación tomaron el mando de sus escuadras y dispusieron salir de inmediato a dar otras batidas, con el fin de recuperar las especies o tomar más detenidos. Sabían que, en dos días más, serían conducidos a Lonquimay los que en esos momentos se encontraban presos en el cuartel.


— 205 —


Tres funcionarios de Temuco se hicieron acompañar por el Cabo Brevis, que serviría de guía a los afuerinos. Estaban ensillando para partir, cuando Mariano se acercó a ellos. El muchacho estaba muy excitado:
—Ismael Cárter, traerlo anoche a casa...
—¿Cárter?
—Si, el que disparar señor Reyes y Maldonado.
— ¡Ah...! Ya; conforme. ¿Nos puedes acompañar?, —preguntó el Cabo de Lonquimay al champurria.
El otro, con el rostro iluminado de felicidad, respondió: —Como tú mandes, señor.
Velozmente recorrió el corto trayecto que lo separaba de su bestia y, de un salto, montó, exigiendo a su animal para aparejarlo con los caballos de los policías, quienes ya habían partido.
En contados minutos, Brevis relató a sus compañeros cómo habían caído heridos sus colegas, por las balas 1e Cárter.
Un Cabo de Temuco, de apellido Verdugo, semblanteó a sus camaradas y al civil, proponiéndoles:
—Matemos a ese desgraciado... Brevis los miró y se rió, diciendo:
—Se vé que le hace mérito a su apellido. Estoy de acuerdo con usted mi Cabo.
Todos estuvieron de acuerdo, menos un Carabinero que se limitó a encogerse de hombros, diciendo:


— 206 —


—Usted sabe, mi Cabo; yo sólo acompaño, —lo que quería decir que él deslindaba responsabilidades.
Verdugo le replicó en el acto:
—Puchas que es poco hombre compañero; parece que le hicieron mella las palabras del "Capi".
Durante casi todo el trayecto, molestaron al reticente, hasta que se vio obligado a unirse a los demás en la idea de eliminar a Cárter. El temor que a él también le dieran el "bajo", surtió efecto.
Por diferentes caminos, se dejaron caer a la hijuela Los Guindos, de propiedad del jefe rebelde. En los alrededores no vieron muestras de seres vivientes. Ningún ladrido les salió al paso. Con toda calma, amarraron sus cabalgaduras y, con las carabinas listas para disparar, se dirigieren a la casa. Inesperadamente una figura de mujer se recortó en la puerta. Tenía un niño en sus brazos.
—Buenas tardes, señora, —saludó el Cabo Verdugo.
—Buenas, señores.
—¿Cómo se llama usted, señora?
—Marta.
—Su nombre completo, señora, —insistió el Cabo.
—Marta Rosa Venegas, mi Cabo...
—¿Usted es la señora de Ismael Cárter?
—Si, señor.
—¿El está aquí?

— 207


—No, señor.
—No mienta, mire que sabemos que llegó anoche.
El asombro que mosto en su rostro, traicionó a la mujer. Los policías, presumiendo que no estaban equivocados, pusieron las carabinas en ristre y entraron a la casa. La mujer intentó sujetarlos. Al hacerlo, se le cayó la menor, mostrando, además, un estado de gravidez, de, más o menos, siete meses.
Desde el interior de un cuartucho, un nauseabundo olor hirió las narices de los policías. En un rincón, un bulto que daba lastimeros quejidos, descansaba sobre unos cueros ... Destaparon un pequeño agujero que había en la pared y que hacía las veces de ventana, penetrando una bocanada vivificante de aire. Con linterna se ayudaron para romper la penumbra.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de los uniformados Ahí estaba el "peligroso y criminal" Cárter, a merced de sus manos. Se encontraba desnudo de la cintura para arriba y unas horribles llagas le cubrían el cuerpo, de los cuales se escurría a borbotones el pus y también les pareció ver uno que otro repugnante gusano.
—Bien señora, tenemos que llevarnos detenido a su esposo, por haber participado en la revuelta. Se le acusa de varios delitos de los cuales tiene que responder ante la justicia, —dijo el Cabo temuquense.
La mujer presintiendo el fin que le esperaba a su hombre, le gritó

.— 208 —


—Si lo van a matar, tienen que hacer lo mismo con nosotros, porque no sabremos qué hacer con mi hijita Lucía... Además, estoy esperando otra cría.
El más interesado en hacerlo desaparecer, se apartó con sus colegas y dijo:
—En estas condiciones, no lo podremos llevar ni al río; menos al cuartel...
—Es cierto. Por lo demás, este infeliz se está pudriendo entero y es preferible que se muera solo, —dijo el Cabo Brevis.
—Y así también nuestras conciencias nos dejarán dormir tranquilo, —agregó el Carabinero que no estaba con la muerte de Cárter.
A esa misma hora, otra patrulla que había salido de Troyo con una misión, parecida a la de Brevis llegaba al domicilio de uno de los insurrectos. Recorrieron todas las habitaciones y no encontraron un alma. Los hombres que no habían sido detenidos, habían escapado; y las mujeres, por temor de represalias, se escondieron en otros domiilios o también huían.
A unos metros de la casa, en la cocina-fogón, se escuchaban fuertes gruñidos y ladridos. Los policías de la patrulla, se acercaron. Cuatro grandes chanchos y otros tantos perros. Todos esqueléticos.
—Esta puebla a quedado desocupada, a lo menos, hace seis o siete días y los animales no comen durante todo ese tiempo.

— 209 —


Luchaban entre ellos a muerte. Todos pechaban por meterse en la rancha, donde, en un rincón había algo que las bestias mordían, arrancando pedazos.
—Seguro que se trata de algún animal muerto, —dijo un policía.
Desde el interior, salía un olor putrefacto. Con sus linternas iluminaron el rincón. De la garganta de uno de los presentes, escapó una exclamación de asombro.
Los brutos se peleaban un cuerpo humano. A punta de culatazos, lograron alejarlos. El cuerpo se encontraba totalmente despedazado, y por lo poco que de él quedaba, concluyeron que se trataba de una anciana de más de noventa años. Con un lazo ataron la puerta de la cocina y la otra punta en uno de los caballos, ésta fue arrancada de cuajo; posteriormente la pusieron sobre las vigas del cuartucho y encima de los tablones depositaron los restos de la mujer.
No pudieron darle cristiana sepultura, por ser la autoridad competente la que debía ordenar el levantamiento del cadáver para su autopsia.
AI regresar al cuartel de Troyo, informaron a sus superiores del hecho.
Después de la cena, en el Cuartel de Troyo, los funcionarios y civiles que no habían participado en la revuelta, se reunían para contar las anécdotas que les había tocado vivr. En esos momentos, el relator de turno era el profesor Llanos:

— 210 —


—Cuando mi Capitán Monreal se encontraba en la casa de Ramón González, en Quilleime y me presenté con el salvoconducto que me diera el Teniente Cabrera, me comisionó para que trajera detenido a Florentino Pino a este cuartel, por cuanto no se podía distraer dos funcionarios en casos "de rutina'.
Después de una carraspera satisfactoria, continuó:
—Me dieron a conocer la misión que tendría que cumplir y me armaron con un revólver y la suficiente munición, además, un caballo. Todo eso, tendría que entregar junto con el detenido. Otro salvoconducto, y reinicié la marcha de regreso. A Pino lo llevaba amarrado de las manos y caminaba a pie. Tenía la terminante orden de que, si intentaba escapar, dispararle. Antes de partir, el Capitán, me dijo:
—"Usted me responde con su vida, si se fugara e1 detenido. Por lo tanto, tiene que entregarlo en el cuartel, vivo... o muerto. ¿Entiende señor Llanos? Vivo o muerto".
—Si, señor Capitán", —le respondí. —Durante todo el viaje el rebelde me imploró: —"Señor Llanos, por lo que más quiera, déjeme en libertad".
—Le miraba con lástima, viendo cómo se le había exinguido, tan rápidamente, la soberbia, que, hasta tan sólo tres días atrás mostrara. Ahora venía un suspiro de pena, antes de seguir: —Después de haberlo entregado en Troyo, se me faci...


— 211 —


El relato fue interrumpido por el sonido de un clarín, que indicaba el toque de queda. Todos se encaminaron a sus alojamientos. Al día siguiente, la diana sería a las seis de la mañana.
A la hora indicada, el campamento reinició el movimiento habitual. Ahora, más febril, con los preparativos que se hacían para llevar a los treinta y cinco detenidos a Lonquimay. A cargo de la vigilancia, irían quince policías. Como de costumbre, los detenidos caminaron a pie, no con el ánimo de que padecieran, sino que no habían otros medios, ni caballos, ni otros animales. Además, con caballos habrían intentado una fuga masiva.
Anocheciendo, llegaron a la Sub-comisaría de Lonquimay, donde fueron autorizados para ingerir algunos alimentos calientes. Recibieron atención sanitaria del practicante del pueblo y fueron acomodados en la bodega de forraje. A la mañana siguiente, reiniciaron la-, marcha hacia Boca Norte, distante veintiocho kilómetros.
A las diecinueve horas, arribaron a esa localidad, donde estaba el grueso de los obreros que construían el túnel de Las Raíces. Estos sabían que los campesinos de Ranquil estaban en el camino, próximos a arribar.
El pueblecito contaba con bastantes comodidades, incluso un local que servía de teatro. Allí fueron alojados los prisioneros.
El doctor Hernández que ejercía allí su profesión, les prestó atención médica, ya que algunos venían en mal estado de salud, incluso, muchos tenían completamente des-

— 212 -


trozados los pies. También recibieron comida en abundancia.
Al día siguiente les esperaba otra jornada de cuarenta kilómetros.
En Curacautín, todo el vecindario se volcó a las calles por las cuales tendrían que transitar los presos, hasta el lugar que les serviría para pernoctar, antes de continuar por tren a Temuco.
Cuarenta insurrectos caminaban dificultosamente por el barro que cubría las calles. Algunos asegurados con cadenillas de seguridad en las muñecas; pero la mayoría iba amarrado con cordeles. Tanto los detenidos, como los quince Carabineros, eran irreconocibles, bajo la capa de lodo que los cubría.
En la estación del ferrocarril, fueron ubicados en una gran bodega. Allí iban a descansar antes de seguir viaje a Temuco.
Muchas personas pidieron ver y hablar con los presos; pero fue imposible. Estaban estrictamente incomunicados, todos se encontraban en el centro del amplio galpón, debiendo permanecer apegados al suelo, fueron sentados, acostados o arrodillados. Fueron autorizados para encender fuego. Preparaban bebidas calientes y, a la vez, se temperó el ambiente. Mientras tanto, nuevamente, un practicante de Carabineros curaba las llagas de los pies de los caminantes.
Una guardia permanente rondando por fuera de la bodega. Cerca de las cinco de la madrugada, se iniciaron los movimientos para partir.

— 213 —


La locomotora del tren especial que conduciría a los detenidos, fue alimentada toda la noche. A las seis, todos estaban embarcados en un carro de rejas, que, comúnmente, suelen llevar animales.
Un oficial revisó los candados y selló y dio su conformidad al conductor. Sonó un pito y se inició la marcha, dejando atrás sólo una estela negra, que poco a poco fue disolviéndose.
Los que presos cayeron los trajeron al instante que sin saber la razón muchos pobres ignorantes están a disposición de un Ministro sumariante.


CAPITULO XXXI


El General Director de Carabineros, se encontraba en su sobria oficina en el edificio policial. Se hallaba medio encorvado sobre el escritorio, enfrascado en unos apuntes que hacía.
Una vez terminada la tarea, se incorporó, con alivio y distendió los músculos, se aproximó a los ventanales de su despacho viendo las construcciones vecinas a la Dirección General, encendió un cigarrillo y repasó el escrito. Posteriormente le entregó el borrador a su Mayor —ayudante:


— 214 —


—Redacte, a la brevedad, ese informe, Mayor. —A su orden, mi General. Alguien golpeaba la puerta de la dependencia. —Adelante.
Era un ordenanza. Se cuadró al mismo tiempo que entregaba un documento al General. Se trataba de un radiograma que llegaba de la zona de los sucesos. La mirada del jefe máximo de la policía chilena se iluminó una vez que se impuso del contenido. Parecía que los

acontecimientos marchaban hacia la solución final.
—Cumplida su orden, mi General, —dijo el Mayor-Ayudante, mientras entregaba el trabajo copiado a su jefe.
Este, acomodándose en su sillón; y bajo una brillante luz se puso a leer:
Santiago, ll-VII-1934. Al señor Ministro del Interior. Presente.
Para informar a US. que el día 2 del presente, a las 22.00 horas, recibí orden de S. E. el Presidente de la República de trasladarme con tropa de Carabineros a la ciudad de Mulchén con el fin de impedir el avance sobre dicha ciudad de los bandoleros que actuaron cometiendo toda clase de depredaciones en la región cordillerana de las Provincias de Cautín y Bío-Bío.

— 215 —


A la 1.15 horas del día indicado partí de Santiago en un tres especial, acompañado del Teniente Coronel Jorge Díaz Valderrama, con el siguiente personal:
16? Comisaría del Tránsito. Capitán don Manuel Bordes Bórquez, Teniente don Pablo Tuza Concha, Subteniente señor Armando Salas Acevedo, Brigadier don Hernán Romero Meza y cincuenta hombres de tropa, cada uno con cien tiros. Además se llevaron dos fusiles-ametralladoras, servidos por seis hombres de la 15 Comisaría del Tránsito.
Escuela de Carabineros. Capitán don Ricardo Romero Meza, Tenientes señores Domingo Díaz Silva y Guillermo Sepúlveda Vallejos, con 50 hombres de tropa y con el mismo armamento indicado anteriormente.
A las 17.00 horas del mismo 3 arribé al pueblo de Santa Fe, en donde sostuve una conversación con el Intendente de la Provincia de Bío-Bío, señor Fortunato de la Maza, y me impuse de que no había ningún movimiento organizado por los bandoleros en dirección a Mulchén y todo sólo se reducía a simples conjeturas. Sin embargo, en la posibilidad de que ello pudiera ocurrir, y a fin de cortarles todo paso, envié por ferrocarril a Santa Bar bara al escuadrón del Capitán Romero, con orden de con¬centrar diez hombres en ese pueblo, concentrarse a! propio Capitán con quince hombres en Loncopague y hacer avanzar al Teniente Díaz por el cajón del Bío-Bío e internarse hasta tomar contacto con el Capitán señor Valenzuela. Este Capitán se encontraba con fuerzas a su cargo actuando en esa región desde el sábado 30 de junio

— 316 —


próximo pasado. El Capitán Romero llevó orden de relevar estas fuerzas, llevándoles víveres, forraje y calzado
Yo seguí por ferrocarril con el escuadrón de la 15 Comisaría del Tránsito en dirección a la ciudad de Mulchén, donde llegamos a las 19.00 horas. Allí desembarcamos al personal y el ganado, partiendo al día siguiente (4-VID a las 9.30 horas en dirección al fundo El Morro, acompañados del señor Carlos Altamirano, quien hizo con nosotros toda la expedición. Llegamos a ese punto a las 17.30 horas de ese mismo día. Aquí nos alcanzó el médico 2? de Carabineros don Néstor Flores y el practicante Morelli, que habían partido de Santiago con el nocturno del miércoles 3, llevando consigo los materiales de sanidad necesarios facilitados por la Sanidad del Ejército, por carecer Carabineros en absoluto de ellos.
Al día siguiente (jueves 5, a las 7 horas) partimos en dirección a Pemehue, a donde llegamos a las 17.13 horas.
El día 6-VII, a las 7 horas partimos a Lolco, debiendo atravesar la cordillera de Pemehue por el paso de Chupa, llegando a Bellavista a las 14.00 horas; allí me informé que en Lolco los bandoleros habían sido dominados por los Carabineros y se encontraban dispersos y fugitivos por la montaña. Además, concentrada en ese punto había trupa suficiente de Carabineros, de modo que hice alojar el escuadrón en las casas de Vilicura y seguí acompañado del Comandante señor Díaz y del Médico señor Flores hacia Lolco, a donde llegué a las 16.30 horas, después de haber hecho una jornada de 150 kilómetros en total.

— 217 —


Encontré allí a las siguientes tropas de Carabineros; 22 hombres del Escuadrón Collipulli, a cargo del Teniente Luís Arriagada, y 16 hombres del Escuadrón Mulchén a cargo del Teniente don Manuel Danyau Rivas.
Me impuse personalmente de todos los detalles del salteo verificado en las casas del fundo Lolco, de propiedad de don Juan Olhagaray, y que serán consignados en la cuenta oficial del señor Comandante Délano.
Al día siguiente se me presentó el Comandante señor Fer
nando Délano, acompañado de su Teniente ayudante señor
Rene Sepúlveda y del Teniente señor Luís Cabrera. Dicho
jefe me dio cuenta verbal de la actuación de la tropa en
i -j, les distintos puntos que fueron asaltados por los bandidos,
Le ordené- que se volviera a Contraco, en donde estableció su cuartel, para que siguiera la persecución de los fugitivos, reuniera el mayor número de antecedentes y regresara a su guarnición, a fin de confeccionar el parte con todos los detalles del caso. Le ordené también destacar de su tropa cuatro hombres en Lolco, seis en Guayalí y diez en Contraco.
Al día siguiente (8-VID emprendimos el regreso por la misma ruta.
Mayores detalles relacionado con los sucesos ocurridos no los consigno en el presente Oficio por cuanto es indispensable conocer la cuenta detallada que darán todos los oficiales que actuaron.
Estimo de mi deber dejar constancia del alto espíritu de sacrificio, abnegación y entusiasmo con que actuó el personal de Oficiales y tropa cuando careció de las especies



— 218 —


de absoluta e indispensable necesidad para esta clase de conmociones, que no las tiene el servicio a mis órdenes y que dentro del rigor de las marchas proporcionan una mínima comodidad y un gran alivio, razón por la dial en su oportunidad pediré al señor Ministro se dote a Carabineros de estos elementos indispensables.
HUMBERTO ARRIAGADA VALDIVIESO
General de Carabineros y
DIRECTOR
Repasó la lectura. Al terminar esta vez, tomó la lapicera y mojándola en la tinta, firmó. —Que despachen, de inmediato, este oficio. —A su orden, mi General.


CAPITULO XXXII


Al día siguiente, en la Intendencia de Santiago, el Oficial de Carabineros encargado de revisar la prensa, y recortar todos los artículos relacionados con la Institución, apartó el Mercurio de ese 12 de julio de 1934. Señalándolos con su lápiz el editorial:
"Otra vez el Cuerpo de Carabineros de Chile ha probado con hechos su eficiencia profesional, su disciplina, su alto espíritu de servicio público. Es preciso conocer el territorio en que han debido operar las tropas enviadas contra la revuelta del Alto Bío-Bío, para comprender los sacrificios impuestos a esos hombres. Distancia de que apenas

— 219 —


tenemos una idea en nuestra región central con el valle angosto y la población densa; los mayores ríos de Chile y sus afluentes engrosados por dos meses de incesantes Huvias; senderos, más que caminos, donde hasta se corre el riesgo de que un caballo se ahoge en el barro o en las grandes lagunas improvisadas; ásperos contrafuertes de la cordillera cubiertos de bosques, tras cuyos árboles acecha la carabina del malhechor; clima rudo, frío, en plena temporada de lluvias. La campaña ha sido corta, enérgica; llevada a cabo con entusiasmo, con prudencia, con habilidad. El General Amagada y sus distinguidos oficiales, entre los cuales merece una especial mención el Coman-andante Délano, pueden estar cierto de que el país entero aprecia su labor y les agradece una vez más su obra de defensa del Orden y de las vidas y propiedades".
"Llega el Cuerpo de Carabineros a su grado de perfección en los rasgos esenciales de su organización, que lo hacen un orgullo nacional. Si el distintivo de una nación civilizada es, como tantas veces se ha dicho, una buena policía, podemos afirmar que Chile lo posee. Con razón, aún en los peores momentos de nuestra accidentada vida nacional de estos últimos años, cuando solía haber más motivo para avergonzarnos que para enorgullecemos, los viajeros que pasaban por Chile, si quería cubrir con un manto de decencia el cuadro que se presentaba a sus ojos, observaban que muchas cosas iban mal en este país: pero teníamos uno de los cuerpos de guardianes del orden más admirables del mundo".
"Algunos buenos servidores de Carabineros han caído en esta jornada penosa del sur. Son contingencias de) ofició.


— 220 —


que ellos reciben ya con estoicismo del que está cumpliendo un deber y juega su propia vida en la defensa del orden y del amparo de sus compatriotas. Acaso no pasen muchos días sin que oigamos que en la encrucijada de un camino, en la esquina de una callejuela de arrabal, en una riña de taberna o en un simple tumulto cae un Carabinero por la bala, el puñal o el laque de un malhechor.
"Es menester que los que así arriesgan diariamente su existencia joven y sana por el interés social, sepan, por lo menos, que la gratitud, pública se preocupa de asegurar para los suyos un cierto grado de bienestar, y cuanto se haga en ese sentido será obra de justicia".
"Los apologistas que la revuelta hallan en cuerpos legislativos, prensa y comicios subversivos, lloran a los revoltosos que han perecido en la rápida lucha del sur Y al mismo tiempo prodigan ataque del más absurdo carácter e innoble espíritu a los Carabineros. Ellos querrían que cuando se organizan una banda que incendia casas, destruye haciendas, mata a labriegos que nos se les une y no respetan colonos extranjeros y nacionales que con su esfuerzo de varios años han creado una región agrícola, como los señores Gainza, se les respetará y dejará libres de hacer su voluntad. Se viene a la memoria la socorrida frase con que Alfonso Karr contestaba a los que pedían 3a supresión de la pena de muerte: "Que se suprima; pero que comiencen los asesinos". Que los Carabineros no disparen contra nadie, siempre que nadie dispare contra ellos y contra los ciudadanos pacíficos".

— 221 —


''La represión ha sido hecha, decíamos, en forma prudente. Todos los datos que llegan desde el sur, aún lo que publican, los que en Santiago habían organizado esta sedición, como parte de un vasto programa subversivo, concurren a probar que los Carabineros no usaron sus armas sino en casos extremos. Ni aún fue necesario disparar un tiro para que el gran núcleo de revoltosos se entregara, mientras los demás huían al otro lado da la cordillera. Sólo la mala fe de los que, confortablemente instalados en Santiago, dirigen estas sublevaciones y lanzan al desorden a desgraciados más ignorantes que culpables, ha podido inspirar tales acusaciones de la que la opinión protesta".
Una vez recortado y pegado cuidadosamente ese artículo de la tercera página, el oficial siguió revisando los demás periódicos.

CAPITULO XXXIII


Veinticinco días después de la revuelta, se tuvo ceno-cimiento en Lonquimay, que las autoridades argentinas y chilenas se habían puesto de acuerdo para entregar y recibir a los que habían huido al vecino país y que fueron detenidos por la policía fronteriza.
Para esa misión, fueron designados un oficial y diez hombres de tropa. La entrega se efectuaría en el paso Rahue.
La comisión salió de la Sub-comisaría, pero el mal tiempo arreciaba y habría sido una imprudencia seguir. El


— 222 —


Jefe optó por capear el temporal en el fundo Rahue. donde permanecieron por tres días.
El señor Ackermamn, dueño de la hacienda, sabía que no podrían llegar en esa época a caballo. Dispuso, que durante esas setenta y dos horas que los policías permanecerían allí, sus peones fabricaran chalas de cuero de vacuno y maullos para caminar sobre la nieve, pues llegaría el momento en que se verían obligados a usar esas especies. Al cuarto día, salieron a las 7 horas. Caminaron montados hasta el pie de la montaña. En ese lugar cambiaron los bototos y las polainas, por gruesas medias de lana y las chalas recién fabricadas.
En parte, donde la nieve estaba muy alta, usaban los maullos. Oscureciendo, llegaron a la cima, acampando a un centenar de metros de uno de los hitos demarcado-res de la frontera.
A la mañana siguiente, al reconocer el terreno, so percataron que estaban a pocos metros del lugar de ÍIÍ entrevista. Eran unas ranchas, que en verano eran usadas por colonos nacionales que llevaban sus animales a pastorear y que ahora se encontraban casi tapadas con nieve.
Temiendo que los gendarmes hubiesen llegado antes de la tormenta y se viesen forzados a refugiarse en ellas y que 'ahora estuvieran todos congelados, el oficial mandó despejar las entradas a las chozas.
Ni en el interior, ni a tres mil metros a la redonda, había rastros de seres humanos y como el jefe comprendiera que, en esas condiciones, sería imposible que llegara

— 223 —


gente por el lado argentino, ordenó levantar el campamento.
Cinco Carabineros —los más jóvenes— fueron mandados adelante para que llegaran al fundo y regresaran con las cabalgaduras para poder cargar el equipo.
A los seis días, regresaron a Lonquimay, sin descubrir quien había dado la falsa noticia sobre la entrega de los refugiados.


CAPITULO XXXIV


A la claridad lunar, se distinguía nítidamente 13 casa del encargado de la balsa de Caracoles. Los lamparines de carburo, la música que se evadía por entre las tablas de la rancha y la gran cantidad de caballos que estaban amarrados al varón, indicaban que se trataba de una animada fiesta.
Esta parranda se estaba realizando treinta y cuatro años después de los sucesos relatados hasta aquí. El lanchero revivió a través de la narración los fatídicos acontecimientos, mientras los dos Carabineros escuchaban como si también las hubiesen presenciado en vivo. Mientras tanto, dos invitados dormían la borrachera.
El dueño de casa, apuró el licor que tenía en un vaso
Posteriormente, dio vuelta la cara y, en forma disimulada.
SP pasó un pañuelo por sus ojos.

— 224 —

llamo a su mujer:
—María, tráeme los recortes de diarios que tengo guardados en la caja de zapatos que está en el ropero.
Mientras la mujer salía de la habitación, el hombre dijo al Cabo:
—Aún conservo varios recortes de diarios de esa época y se los mostraré, para que no crea que es mentira lo que le cuento.
—No. De ninguna manera dudaba de usted. Por lo que ya me han contado, es más o menos lo mismo.
En esos momentos, regresó la mujer. En sus manos traía una sola hoja de periódico y su rostro se notaba contrariado:
—¿No habían más hojas? —preguntó el lanchero extrañado.
—Encontré sólo ésta mijito. Tú sabes, los nietos son tan intrusitos.
Al nombrarle a los nietos, el curtido hombre se dulcifico y agregó:
—Total, que más pueden durar esos papeles.
Y alargándole la hoja al policía más interesado en el tema, le indicó con el dedo el párrafo que merecía la atención, aproximándole al mismo tiempo la lámpara al
papel.


--225--

"El Diario Austral".
"Temuco, Viernes 26 de Octubre de 1934". "Sección: De la Región".
"Los Angeles. Aún arroja el río las víctimas de los atroces sucesos de Lonquimay. Ahora ha sido encontrado el cadáver del mayordomo de Guayalí, Teófilo Zapata. Los Angeles. Se había venido comentando animadamente e» los diversos círculos la noticia dada por un colega local en el sentido de que el capataz de la Hacienda Guayalí, Teófilo Zapata, de la noche a la mañana había aparecido súbitamente en el lejano villorrio de Vilicura, enclavado cerca de la cordillera, cuando las versiones dadas por "E Diario Austral", meses atrás sobre los luctuosos su¬cesos del Alto Bío-Bío, confirmaron la alevosa muerte de éste".
"Lo que hay de verdad es que el cadáver da una idea de los instintos verdaderamente salvajes de sus victimarios y del criminal ensañamiento que pusieron en práctica para quitarle la vida. Aparte de las innumerables puñaladas que presenta el cuerpo del occiso, la cabeza le fue aserruchada, separándole parte de la masa craneana".
"El cadáver fue reconocido por los hijos por la vestimenta que todavía conservaba en parte y especialmente por un cinturón que usualmente llevaba Zapata".
"En Mulchén se dio piadosa sepultura al infortunado Zapata, concurriendo a su sepultación sus familiares y una verdadera romería de curiosos"

— 226 —


—¡Eran unas bestias!, esos criminales, —exclamó, con ira, el Cabo Vásquez.
—¿Qué pasó con el cadáver que encontró la hija del alemán en el Tallón?, —consultó el Carabinero Morales al dueño de casa.
—¡Ah! Ese fue un hecho muy comentado. Resulta que cuando fueron a sacar el cuerpo, una vez que pasaron todos los acontecimientos, los Carabineros sacaron al occiso; pero no sólo encontraron un cuerpo, sino que fueron cinco en total, y junto con el otro que hallaron en el camino días antes, aumentaron a seis los muertos O sea, que las primeras conclusiones fallaron en el sentido que habían seis cómplices y una sola víctima, en circunstancias que fue uno sólo el autor de los seis asesinatos y según averiguaciones practicadas posteriormente se descubrió que había un testigo o mejor dicho una testigo, que vio cuando Juan Diablo mató a sus compañeros de faenas, uno por uno, los que a consecuencia de sus borracheras no pudieron defenderse. La mujer, que pertenecía a una familia que les decían "Las Pollas Negras" y se encargaban de llevar licor de contrabando a los minerales, le imploró al asesino que no echara al pozo el cuerpo de la primera víctima que se encontró, por ser hijo de una amiga de la "Polla" y por lo menos que la pobre mujer pudiera darle cristiana sepultura a su único descendiente. Y de Juan Diablo nunca más se supo
Como se trataba de averiguar, Vásquez aprovechó" la ocasión:
—¿Qué suerte corrió el Carabinero San Martín?


— 227 —


—De San Martín, tampoco nunca más se supo. Nadie da una versión exacta de su muerte, ni quienes lo hicieron desaparecer y es por eso mismo que no se legró encontrar su cuerpo, ni a sus asesinos; pero hay una estrofa de la décima, que se acerca más a la realidad.
Y pidiendo la guitarra, entonó la estrofa.
Con una conciencia perra v en un acto cobarde y ruin
a San Martín lo parten en una sierra
y le dan trágico fin
esparciendo sus restos por la tierra
¡ del gran sector de Ranquil.
Junto con entonar las últimas palabras del canto, afuera se escucharon aflautados silbidos. El uniformado miró la esfera luminosa de su reloj.
—Las 0.30 horas... Tienen que ser mis colega' que están tocando "llamada de compañero".
Morales, que también se había percatado de la llegada del personal del Retén Troyo, dijo a su superior:
—Mi Cabo, es preferible que crucemos nosotros. Así la balsa pasará una sola vez.
El lanchero terció en la conversación:
—Sí, creo que el señor Morales tiene toda la razón...
Los tres salieron de la casa. Al frente, en la otra orilla, se recortaban las figuras de dos cabalgaduras con sus

— 228 —

jinetes. Se los reconocía por cinco destellos plateados que nacían de sus guerreras.
Mientras hacían la travesía, Vásquez preguntó al civil, sobre otro personaje de la revuelta:
—¿Y el Capitán Cárter, ¿murió?
—Dicen que la mala yerba nunca muere. Tres o cuatro días atrás, pasó por aquí y siempre está viviendo en Ranquil...
En esos momentos, la balsa había chocado con la ribera contraria y los policías saltaban a tierra.
Después de las presentaciones de rigor e intercambiar las instrucciones que llevaban, conversaron por un cuarto de hora más, sobre la rutina del servicio.
Los de Troyo volvieron inmediatamente y los otros cruzaron de nuevo en la lancha.
Antes de retirarse, fueron invitados a servirse consomé y un tazón de café.
Al despedirse, el Cabo se mostró muy complacido con las atenciones recibidas; hecho no acostumbrado en la capital, y también por el relato del dueño de casa. Para agradecer, en parte, metió una de sus manos al bolsillo y extrajo algunos billetes, al mirarlo Morales, le preguntó:
—Mi Cabo, ¿Qué va a hacer? —Cancelar.
—No, ni lo intente siquiera. Esta gente se puede ofender.

--229 --

—María, María... Los señores se retiran, gritó el hombrón a su mujer.
En los momentos en que la señora estrechaba las manos de las visitas para despedirse, el lanchero dijo a Vásquez:
—Mire mi Cabo: no es que el tiempo me hubiera cambiado o que me haya vuelto comunista. ¡No! Nada de esto. Pero estoy de acuerdo con los movimientos por causas justas. Y seguramente, nosotros tendremos que ver macho más, recuerde lo que le digo: Volverán a caer víctimas inocentes y los verdaderos instigadores se esconderán en las sombras.
—Sí, pero en parte ellos tienen la culpa, porque son agitadores de profesión. Así como usted es obrero y nosotros Carabineros, ellos son perturbadores, por lo cual perciben un sueldo. Los verdaderos incautos son los que les siguen en el juego.
—Así es no más, mi Cabo, —respondió el civil—.
Vásquez le pidió como favor especial, que le repitiera las estrofas de la décima, mientras ensillaban. El otro aceptó de muy buen grado.
Mientras los uniformados se preocupaban del atalaje, el cantor y su guitarra se hacían oír claramente. El Cabo recordaba, cómo a su interlocutor, en muchas partes del relato se le caían francamente las lágrimas, y que en ningún momento, intentó disimular.
Dirigiéndose a su compañero, preguntó:

— 230 —


—¿Será efectivo todo lo que contó este hombre?
—Tiene que ser, mi Cabo, confirmó Morales, al mismo tiempo que hizo él mismo una pregunta:
—Mi Cabo, no preguntó cómo se llamaba el lanchero.
—¡No!... ¿por qué?
—Se llama Mariano Torres Maripil...
Vásquez, que en esos mismos instantes montaba, se desconcertó; quedando a medio camino por una fracción de segundos, hecho que pasó desapercibido para su compañero.
—Ahora vienen las estrofas que no escuchamos anteriormente, —dijo el Carabinero, recordando casi todo.
Efectivamente; la voz de Mariano se escuchaba más sonora y emotiva, y el tono de la guitarra, también...
Leiva Tapia y los Sagredos los que ahí dirigieron en varios tiroteos dirigiendo, ahí murieron.
*
Que en Chile por primera vez este hecho de tal consumación esto se cree tal vez a fuerza de revolución.

— 231 —


Que fue derrotado el León que mandaba a los obreros salvando la situación los aguerridos Carabineros.
La pareja que cabalgaba por el camino, en dirección a Lonquimay, apenas escuchó los últimos versos.


EPILOGO


Sentencia de primera instancia dictada por el Sr. Ministro de la Ilustrísima Corte de Apelaciones de Terouco, don Franklin Quezada Rogers, en el Proceso contra los responsables de los sucesos del Alto Bío-Bío:
Temuco, cinco de marzo de mil novecientos treinta y cinco.
VISTOS:
Se ha instruido este proceso con motivo de los acontecimientos ocurridos en la región del Alto Bío-Bío, comuna de Llonquimay, departamento de Victoria, en los últimos días del mes de junio de 1934.
En los momentos en que se verificaba la reunión el día 26 de Junio de 1934 con asistencia de numerosas personas, a fin de elegir nuevo directorio para un sindicato agrario,


— 232 —


según se hacia saber por los dirigentes en el momento de citar a quienes debían concurrir.
En los momentos en que se verificaba la reunión un grupo de cabecillas dirigidos por Juan Leiva Tapia arengó a la concurrencia diciéndoles que el objeto de la asamblea no era el designar el nuevo directorio del sindicato, sino cooperar a un movimiento revolucionario de carácter político-social que habría estallado en todo Chile, dentro de cuyos fines debían eliminarse ''los burguesas" y apoderarse de sus tierras; que todos los asistentes debían formar en las filas revolucionarias y el que no lo hiciera sería muerto y arrojado al río. Enseguida se pusieron guardias para evitar la huida de los indecisos, y en la madrugada del día 27, Juan Leiva Tapia y un tal Alarcon y los hermanos Simón, y Benito Sagredo, que aparecen en el proceso como los jefes del movimiento, formaron tres grupos de hombres a fin de apoderarse de las pulperías y fundos de la región. Dos de estas partidas se dirigieron al norte y la otra a la pulpería de Juan Zolerzzi, ubicada en el mismo Ranquil.
Como resultado de la acción de estas partidas u otras formadas durante la revuelta, se cometieron numerosos actos cuyo carácter delictuoso ha sido motivo de este proceso.
Por acuerdo extraordinario de I. Corte de Apelaciones de Temuco, de fecha 3 de Julio de 1934, se designó al infrascrito para que en conformidad a la Ley las causas que con motivo de estos hechos debían iniciarse, tanto las que se refieren a delitos comunes, como las que tu-

— 233 —


vieran atingencia con delitos contra la seguridad interior del estado.
En cumplimiento de este acuerdo se constituyó e! Tribunal en el Juzgado de Letras de Victoria, asesorado por el Secretario del Primer Juzgado de Letras de Temuco, en aquella época don Víctor Manuel Rivas del Canto.
La investigación se ha dirigido a establecer la existencia y responsabilidad de los siguientes hechos delictuosos:
a) Alzamiento a mano armada en la Comuna de Lonqui-
may, Departamento de Victoria, a fin de promover la gue
rra civil, provocando violentamente el cambio de la for
ma de Gobierno en la República;
b) Robo con homicidio en las personas de Juan Zolerzzi
y Alfonso Zañartu, en Troyo, zona de Ranquil;
c) Robo con violencia en las personas, en el fundo Con-
traco, en el cual fueron apresados José y Martín Gainza;
d) Robo en la pulpería Frau con homicidio de Pedro
Acuña;
e) Robo con fuerza en las personas en el fundo Lolco;
f) Violencia o maltrato del Cabo de Carabineros Rafael
Bascuñán y soldado Fidel Montoya, encontrándose en actos del servicio, con muerte de los mismos en Nitrito;
g) Oposición a la acción de los Carabineros, cuando és
tos puestos en el ejercicio de sus funciones, llegaron al
puente Ranquil, acción en la cual el Cabo José Reyes Lira
recibió una lesión más o menos grave y el Carabinero Luís
Maldonado una leve;


— 234 —


h) Robo con violencia en las personas, en las casas del fundo Guayalí y en el Retén de Carabineros ubicado en el mismo lugar;
i) Robo con violencia en la pulpería de Bruno Acker-mann;
j) Mantención y repartición de proclamas subversivas;
k) Homicidio de Herminio Campos Pedrasa y Teófilo Zapata González;
I) Homicidio de Víctor Vergara Saavedra, José Gainza
Irigoyen, Manuel Salas, Martín Gainza Irigoyen, Bernardo
San Martín Calderón, Juan Leiva Tapia y Nolasco Sando-
val; y
II) Participación de terceras personas en el suicidio de
Luciano Gainza Irigoyen.
Con motivo de estos sucesos fueron puestos a disposición del Tribunal y encargados reos por los delitos d3 que aparecían responsables los siguientes inculpados: (aquí se enumera la larga lista de inculpados, la que por su extensión omitimos detallar, diciendo solamente que fueron encargados reos 61 hombres y 1 mujer).
Por tratarse de un hecho sin conexión legal con los demás delitos investigados en esta causa, se desglosaron los antecedentes relativos a la mantención y reparto de proclamas subversivas de que aparecía culpable Reginio Godoy Ortega y se formó con ello un proceso aparte.
En seguida, el Sr. Ministro y con motivo de la Ley de Amnistía Nº 5483, enumera a los reos que fueron sobre

— 235 —


seídos definitiva y temporalmente, como también el sobreseimiento de los ciudadanos que hasta la fecha no fueron habidos por la policía.
A continuación se hace una historia detallada de los sucesos, según el testimonio de una cantidad apreciable de testigos, la que también por su extensión omitiremos y porque su contenido aparece en líneas generales en otras partes de esta sección.
TENIENDO PRESENTE
(Aquí el Magistrado en 48 párrafos" importantes fundamenta sus resoluciones respecto de cada uno de los inculpados, como también de las penas a que son acreedores)
Por estos Fundamentos y de Acuerdo con los Prescritos en los Arts. II N<? 6, 14, 15, 28, 29, 68, 391; N9 2, 433 Wv 4, 436, N<? 1 del Código Penal 128, 131, 132, 487, 502, 511, 513, 516, 531, 532 del Código de Procedimiento Penal y Arts. 3? y 5° letra j) del Decreto Ley N? 637 de 21 de septiembre de 1932, SE DECLARA:
a) Que no ha lugar a las tachas deducidas en el oscrito de contestación a la acusación;


— 236 —


b) QUE SE CONDENA:
1) A O. Ortiz S., como jefe de la cuadrilla armada que
efectuó el robo con violencia en las personas en la pul¬
pería de Juan Zolerzzi, a la pena de 10 años de presidio
mayor en su grado mínimo.
2) A J. Orellana B., como autor del mismo delito, pero
sin haber sido jefe de la cuadrilla, a 3 años y un día de
presidio menor en su grado mínimo;
3) A F. Pino V., como jefe de la cuadrilla que cometió
el robo con violencia en las personas en la pulpería de
José Ángel Frau Pujol, a 5 años y un día de presidio ma
yor en su grado mínimo;
4) A J. Valenzuela S., como autor del delito de homicidio
de Rafael Bascuñan Rodríguez, a la peina de 5 años y un
día de presidio mayor en su grado mínimo;
5) A J. Ortiz E., como jefe de la cuadrilla que efectuó
el robo con violencia de las personas en el fundo Contraco,
a la pena de cinco años y un día de presidio mayor en su
grado mínimo.
6) A Ismael Cárter J., como jefe de la cuadrilla que ve
rificó el robo con violencia en las personas en la pulpería
de Bruno Ackermann, cinco años y un día de presidio
mayor en su grado mínimo;
También se condena a los reos O. Ortiz S., Florentino Pino V., J. Valenzuela S. e Ismael Cárter J. a inhabilitación absoluta perpetua para cargos y oficios públicos y derechos políticos e inhabilitación absoluta para profesiones titulares mientras dure la condena.


— 237 —


Al procesado J. Orellana B. se le condena también a la inhabilitación absoluta perpetua para derechos polacos e inhabilitación absoluta para cargos y oficios públicos mien¬tras dure el tiempo de la condena.
Los reos pagarán las costas de la causa.
Las penas de presidio se contarán en la siguiente forma:
Para O. Ortiz, desde el cuatro de julio de 1934; para F. Pino desde el día 1? del mismo mes; para J. Valenzuela, desde el 15 de igual mes; J. Ortiz, desde el 14 de julio del año pasado, para I. Cárter, desde el 19 de septiembre último y para J. Orellana B., desde el cuatro de julio de 1934, fecha en que fueron detenidos cada uno de los reos condenados por estas sentencias.
Anótese y consúltese.
FRANKLIN QUEZADA R.
Pronunciada por el señor Ministro don Franklin Quezada titular de la Ilustrísima Corte de Apelaciones de Temuco.
EFRAIN VASQUEZ J. Sec.

No hay comentarios de clientes por ahora.

Solamente los usuarios registrados pueden introducir comentarios.

Novedades

no hay nuevos productos en este momento

¡Lo más vendido!

No hay productos más vendidos en este momento